Perú: profetas del odio

Vargas Llosa es el sumo sacerdote de una secta intelectual que vive empeñada en estigmatizar y marginar al fujimorismo de la política peruana

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El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL), Perú. (Foto: EFE)

Por Dante Bobadilla Ramírez

Mario Vargas Llosa inauguró la Feria Internacional del Libro (FIL), en Lima, y ofreció una versión actualizada de sus acostumbrados discursos de odio contra Alberto Fujimori y su hija Keiko. Flanqueado por Andrés Oppenheimer y Carlos Alberto Montaner, el Nobel trató de explicar así su errática conducta política en el Perú, durante los últimos 19 años, en los que no dudó en avalar y recomendar a cada uno de los corruptos que han pasado por la presidencia del Perú.

La FIL es un evento que suele convocar a lo más graneado del progresismo limeño, por lo que no faltaron los aplausos cada vez que Vargas Llosa insultaba a Fujimori, llamándolo “corrupto y ladrón”. De su hija Keiko dijo que era «la continuación de la putrefacción», causando nutridos aplausos de la concurrencia. Nada nuevo en la ya conocida actitud hepática de Mario frente al fujimorismo, aunque contrariamente, solo lamentó la suerte de sus recomendados Toledo y Humala, quienes también esperan juicios por corrupción. De Pedro Pablo Kuczynski solo dijo que nunca pensó que le abriría las puertas de la cárcel a Fujimori.

Vargas Llosa dedicó casi toda su intervención a balbucear explicaciones de su proceder electoral en el Perú, donde, a diferencia de lo que hace en el resto de Latinoamérica, nunca ha dudado en apoyar candidatos de izquierda solo para impedir que gane el fujimorismo. En tal sentido, sostuvo «¿quién iba a pensar que Toledo iba a robar?», afirmando que no se podía seguir votando por el corrupto Fujimori. Justificación que no se ajusta a la verdad histórica, ya que no había candidato fujimorista en el 2001. Las opciones frente a Toledo eran Alan García (Apra) y la candidata de derecha y liberal Lourdes Flores (PPC). Pero ya se sabía mucho sobre Alejandro Toledo, un personaje salido de los bajos fondos, donde ejerció como pirañita (jovenzuelo marginal que sobrevive del hurto menor en las calles), hasta que fue rescatado por un misionero norteamericano que le dio educación en Stanford.

Toledo era un embustero que tenía la mentira a flor de labios, un trepador sin escrúpulos conocido por borracho y mujeriego, con un vocabulario propio de arrabales. Sus escándalos de francachelas de varios días habían ya trascendido en la prensa. Se supo además que tenía una hija negada, a la cual siguió negando con total descaro, hasta admitirlo siendo ya presidente. El apoyo que recibió de Mario Vargas Llosa abonó bastante a su triunfo, el cual se debió única y exclusivamente a que Alejandro Toledo encarnaba el antifujimorismo radical.

De hecho, bajo su presidencia, Toledo le abrió las puertas a la izquierda caviar (intelectuales snobs dueños de oenegés) y crearon la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), que solo sirvió para mentir y dividir más a los peruanos. Su informe exculpó a la izquierda de su papel en el origen del terrorismo y convirtió al Estado en agente terrorista, casi al mismo nivel de Sendero Luminoso. De paso creó el antifujimorismo como doctrina oficial del Estado.

A casi dos décadas de la caída de Fujimori, el Perú sigue no solo dividido sino enfrentado con enconos cada vez más encendidos. Cada retorno de Mario Vargas Llosa con su discurso de odio al fujimorismo, atiza esos enconos.  Vargas Llosa es el sumo sacerdote de una secta intelectual que vive empeñada en estigmatizar y marginar al fujimorismo de la política peruana, pese a que la gran mayoría de integrantes del partido de Keiko Fujimori (Fuerza Popular) son ajenos totalmente a lo acontecido en los noventas, y nunca han ejercido cargo público alguno, salvo ser congresistas en este momento. Pero son igualmente estigmatizadas y denigradas sin pudor ni tregua por la gran prensa, controlada por el Gobierno y los sectores progresistas.

Después de la CVR, lo políticamente correcto en el Perú era ser antifujimorista. Cualquier periodista, intelectual o aspirante político que quisiera posar como defensor de la moral y la democracia, tenía que exhibir un furioso y radical antifujimorismo para ser aceptado. Fue así como se configuró gran parte de lo que hoy es la prensa peruana, y ese adoctrinamiento se extendió rápidamente a los jóvenes gracias a las redes sociales, también dominadas por el progresismo a través de sus plataformas virtuales.

Pese a todo este panorama, en las últimas elecciones generales del 2016, la mitad del Perú votó por Keiko Fujimori, quien perdió la presidencia frente a Pedro Pablo Kuczynski por un puñado de votos, debido básicamente a la guerra sucia de la prensa días antes de las elecciones, vinculando a Keiko al narcotráfico. No obstante, su partido ganó mayoría absoluta en el Congreso, por lo que no tardó en aparecer una feroz campaña de medios contra el Congreso, y se echó a funcionar una perversa maquinaria fiscal para perseguir a Keiko Fujimori, su partido y sus dirigentes, logrando finalmente apresarlos “preventivamente” por tres años, con burdas artimañas legales.

La pregunta que Mario Vargas Llosa y su corte de intelectuales habituados a posar como adalides de la democracia en el Perú, deberían responder, es si es posible hablar de democracia en el Perú marginando al fujimorismo. ¿Qué clase de democracia propone el Nobel pensador liberal para el Perú, donde el partido más grande y mejor organizado es estigmatizado, perseguido, encarcelado y marginado, por odios que se relacionan a eventos de hace dos décadas, en los cuales no tuvo participación alguna? ¿Puede Mario Vargas Llosa seguir viniendo al Perú para incendiar la pradera con sus odios, y luego irse con la imagen de un demócrata predicador de las libertades?


Dante Bobadilla Ramírez es psicólogo y docente universitario

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