La contraofensiva del castrochavismo y la ceguera del liberalismo

¿Qué falta para despertar las dormidas conciencias de los Estados Unidos y el Grupo de Lima? No hay peor ciego que el que no quiere ver. La ceguera nos está llevando a la ruina

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El comunismo, nacido en Eurasia, puso su atención en una isla del Caribe. (Foto: Flickr)

Por Antonio Sánchez García

 

Nota: Este artículo fue escrito antes del regreso a las armas de las FARC. Explica el uso combinado de la lucha armada y las elecciones, sin desmedro del terrorismo, como formas de asalto al Poder por parte del castrocomunismo. Con esta decisión de las cúpulas de las FARC se avanza hacia escenarios de guerra que involucran primero a Venezuela y Colombia, pero podrían extenderse a toda la región en un desesperado esfuerzo por impedir la caída del régimen dictatorial en Venezuela. Pretextos mucho menores han desatado grandes conflagraciones bélicas. Es hora de que Occidente tome plena conciencia de las cartas que están sobre la mesa y tome, asimismo, la magna decisión de bloquear una tragedia semejante.

El marxismo-leninismo no solo es voraz y depredador: es imperial y globalizador. Pretende el dominio del planeta y es incansable en su dinámica totalizante, avasallante y globalizadora.  Si bien su centro de nacimiento, expansión y desarrollo es Eurasia, sentó pie hace sesenta años en una pequeña isla del Caribe. Tardó cuarenta en establecer una cabecera de puente en tierra firme para su expansión en el subcontinente y sin despertar alarmas, ya comienza a expandirse por su vecindario. Su primera presa ya firmemente dominada y controlada ha sido Venezuela. El proceso de conquista e implante está en pleno desarrollo.

Ahora el paso siguiente es Colombia, para lo cual ha contado, primero, con la anuencia del expresidente Juan Manuel Santos, ya con las armas en las manos con las narcoguerrillas de las FAN y el ELN. La mancha de petróleo con la que Fidel Castro esperaba conquistar el continente ha comenzado a expandirse por la región, fortalecido su empeño, ya muerto, por la cocaína que financia sus delirios expansionistas. La misma de cuyo comercio culpó al mejor de sus generales –Arnaldo Ochoa Sánchez– y a sus mejores agentes –los hermanos De La Guardia– para impedir que la influencia reformadora de Gobarchov liberalizara su tiranía.

Es tozudo y paciente. Procede desde su nacimiento real, en octubre de 1917, hace más de un siglo, de manera infatigable. Se adaptó a las cambiantes circunstancias, mimetizándose con su entorno y aprovechándose con soberbia y sibilina sabiduría de las contradicciones que paralizan, confunden y extravían a sus enemigos.  Fue el único y verdadero vencedor de la Segunda Guerra Mundial, aliado circunstancial de uno de sus más implacables enemigos, Winston Churchill. Salió de la contienda con media Europa en el bolsillo, convirtiéndose en la segunda gran potencia mundial, hasta conquistar, luego de la revolución campesina en China, la mitad del planeta. Mantuvo en jaque por medio de sus partidos occidentales agentes bajo las órdenes de la Tercera Internacional al resto del mundo aún no comunista. Logró una proeza de avance digno del ajedrez internacional: apoderarse de una isla situada a pocas millas de las costas de Florida, en el extremo sur de los Estados Unidos. Bajo el chantaje de una conflagración nuclear  –la cohetería con ojivas nucleares ya estaba instalada en el extremo norte de Cuba y el sátrapa soñaba con cumplir su sueño de juventud: pulsar el botón rojo y bombardear a los Estados Unidos, sumiéndolos en una espantosa conflagración de incalculables dimensiones–. «Prefiero hundir la isla, que someterme al dominio del imperio», dijo palabras más palabras menos el enfermo de megalomanía y narcisismo, Fidel Castro.

Contando con el amenazante respaldo de Nikita Kruschev, logró la sumisión norteamericana. Kennedy, más preocupado de la seguridad inmediata de su territorio, dejó hacer y abandonó a su suerte al oprimido pueblo cubano. Traicionó incluso a sus combatientes. Como buen demócrata, fue incapaz de comprender los desafíos globales. Obedecía a la lógica estratégica de una guerra asimétrica: el liberalismo democrático confía en el desarrollo natural de las sociedades, sin necesidad de partos violentos. El comunismo solo apuesta a la violencia y la guerra tras del asalto de los Estados a ser conquistados: los corroe por dentro, provoca, alimenta e incentiva sus crisis internas y se sirve de los estados de excepción así creados para terminar por apoderarse del poder.

Ni siquiera el derrumbe de la Unión Soviética y el exponencial desarrollo económico de China con su particular forma de capitalismo de Estado han paralizado la voracidad depredadora y expansiva del marxismo-leninismo, la ideología solo comparable al cristianismo que les otorga identidad existencial. Infiltrados en las filas del islamismo talibán y el ISIS, han encontrado los aliados perfectos para poner en jaque a Occidente. Para Rusia y China, como para el ISIS, el principal enemigo no son los Estados Unidos, apenas un país: es Occidente, una forma de existencia, una cultura, una civilización. Uno de los máximos jefes musulmanes le confesó a la afamada periodista italiana Oriana Fallaci: «nuestro enemigo es Occidente, lo estamos enfrentando y lo venceremos. No será ahora, pero lo será en algunas décadas. El Vaticano será el centro de la civilización islámica».

No cuenta Occidente con una claridad estratégica y objetivos tácticos más claros y definidos. No piensa ni actúa en forma unitaria, como un solo bloque ideológico y cultural. Está minado en su interior por su propio liberalismo, que alimenta las contradicciones internas y legitima su parálisis ante los embates del islamismo, y el comunismo marxista en nombre del respeto de sus principios constitucionales. Ni actúa, por lo tanto, en consonancia con la amenaza global que lo acecha, siempre afectado por sus principios humanitarios, su respeto a la institucionalidad y su trayectoria histórica de respeto a los derechos humanos. Está sumido en el inmediatismo de enfrentar puntualmente los ataques, aparentemente también puntuales, de un combinado asalto que hoy se expresa de manera arquetípica en Venezuela.

Tras de un trabajo de zapa e infiltración de sus partidos, su sociedad y su superestructura –universidades y medios culturales y comunicacionales, hasta conquistar la hegemonía espiritual– creó el castromarxismo, en todas sus vertientes, la crisis orgánica y el estado de excepción, antesalas de la conquista del Poder. Penetró y pervirtió a su élite política y sus fuerzas armadas, sometiendo a la población con un desaforado populismo, y envileciendo la estructura institucional del país por medio de un proceso constituyente. Provocó una devastación sistemática tras de un proyecto de dominación sistémico. Simultáneamente, convirtió a su territorio primero en refugio de las narcoguerrillas colombianas, a la espera de iniciar la conquista de Colombia, y permitía el acceso masivo de militantes islámicos que hoy copan algunos territorios emblemáticos, como la isla de Margarita y proceden a crear un gigantesco centro de infiltración y expansión en las cercanías de la ciudad de Valencia. El proceso de islamización de Venezuela está en pleno desarrollo. El poder político y militar ya está en manos del castrocomunismo.

Nada de todo esto es desconocido por los servicios de inteligencia norteamericanos y los altos gobiernos de la región. Cumplida la función de paralizar las extraordinarias y muy exitosas medidas tomadas por el gobierno de Álvaro Uribe para enfrentar y derrotar a las guerrillas, los acuerdos de paz yacen por los suelos y el gobierno de Iván Duque se ve obligado a intentar recuperar el inmenso terreno perdido, retomando la política de paz del anterior gobernante. Mientras, en Venezuela, un gobierno interino sin ningún poder real, salvo el de las ficciones diplomáticas, insiste por enésima vez en dialogar con el tirano. Y aunque altos funcionarios del gobierno norteamericano recomiendan abstenerse de volver a cometer una vez más los mismos errores del pasado, insisten en tratar el caso venezolano como un mal menor, prometiendo para fuera del cerco de los dientes que «todas las medidas están sobre la mesa», pero insistiendo simultáneamente que no desean intervenir militarmente para desalojar el tumor cancerígeno que ya hace metástasis en Colombia. Simplemente esquizofrénico.

La grave amenaza que se yergue sobre la Argentina, sumada a la que está en curso en México, anuncian sin ambages la contraofensiva castro comunista en el hemisferio. En uso magistral de la tenaza elecciones-lucha armada que jamás fuera abandonada por el castro comunismo regional, se preparan a reinstalar al peronismo de los Kirchner en el gobierno, a la espera de hacerlo en Chile y Brasil, mientras ordena retomar las armas en Colombia. ¿Qué falta para despertar las dormidas conciencias de los Estados Unidos y el Grupo de Lima? ¿Nadar en las mazmorras de las tiranías?  No hay peor ciego que el que no quiere ver. La ceguera nos está llevando a la ruina.


Antonio Sánchez García es filósofo, historiador y ensayista

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