El Estado ladrón, parte I

Las barreras entre conquistados y conquistadores se desvanecieron, algo que hoy, muy correctamente sería denominado síndrome de Estocolmo

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El Estado comenzó a otorgar libertades limitados a cambio de un impuesto a la producción. (Foto: Flickr)

Por Cristian Vasylenko

Muchos investigadores han recurrido a la historia en busca de pruebas sobre el origen del Estado, y han desarrollado lo que se denomina «teoría sociológica del Estado», que Frank Chodorov explicó de forma impecable.

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Los registros muestran que todos los pueblos primitivos se ganaban la vida con la agricultura o con la ganadería. La caza y la pesca parecen haber estado inicialmente al margen en ambas economías. Los requisitos de estas dos ocupaciones desarrollaron hábitos y habilidades claramente definidos y diferenciados. La rutina de la agricultura requería bajo nivel de organización y de empresa. En cambio, el asunto de la búsqueda de pasturas apropiadas y agua, requería de una organización de emprendedores. La docilidad flemática de los agricultores dispersos los convirtió en presa fácil para los envalentonados pastores de las colinas. A la codicia, sucedió el ataque.

Al principio, el objeto del robo eran las mujeres. Esto fue naturalmente seguido por el robo de bienes muebles. Ambos fueron acompañados por la matanza de hombres y mujeres no deseados. Sin embargo, estos merodeadores cayeron en la cuenta del hecho económico de que los muertos no producen, y de esa observación surgió la institución de la esclavitud. Los pastores asaltantes mejoraron su negocio llevando cautivos y asignándoles tareas serviles. Esta economía amo-esclavo es la primera manifestación del Estado. Así, la premisa del Estado es la explotación de los productores mediante el uso de la violencia coactiva («el poder»), de la que se reserva el monopolio.

Cuando la creciente cantidad de esclavos comenzó a plantear una amenaza para los asaltantes, comenzaron a otorgarles libertades restringidas y limitadas a cambio de un impuesto proporcional a lo que cada uno producía.
Pronto aprendieron los asaltantes que el botín es abundante cuando la producción también lo es, y para fomentar la producción, se comprometieron a mantener «la ley y el orden». Con esta medida,  no solo vigilaron al pueblo conquistado (como siempre les había sido habitual) sino que ahora también lo protegieron de otras tribus merodeadoras. Ahora los esclavos pasaron a ser súbditos. No era raro entonces que una comunidad acosada invitara a una tribu belicosa a ingresar en su medio y hacer guardia por un precio, dando inicio al concepto de mercenario. Estos asaltantes venían no solo de las colinas: también había «pastores del mar», tribus cuya peligrosa ocupación los hacía particularmente atrevidos y esforzados en el ataque.

Así, los conquistadores comenzaron a mantenerse alejados de sus conquistados, disfrutando de lo que más tarde se conoció como extraterritorialidad. Mantuvieron vínculos culturales y políticos con su patria, conservaron su propio idioma, religión y costumbres y, en la mayoría de los casos, no perturbaron las costumbres de sus súbditos mientras que se les pagaran los exigidos tributos.

Con el tiempo, las barreras entre conquistados y conquistadores se desvanecieron, estableciéndose un proceso de amalgama —lo que muy correctamente hoy sería denominado síndrome de Estocolmo—. El proceso a veces se aceleraba con la ruptura de los lazos con la patria, como cuando el cacique local se sentía lo suficientemente fuerte en su nuevo entorno como para desafiar a su señor, y dejar de dividir el botín con él, o cuando una insurrección exitosa en casa lo apartaba del mismo.

El contacto más estrecho entre conquistadores y conquistados resultó en una mezcla de idiomas, religiones y costumbres. Aunque el matrimonio mixto estaba mal visto por razones económicas y sociales, la atracción sexual no podía ser desanimada por la dictadura, y una nueva generación cerró la brecha con lazos de sangre. Las empresas militares, como la defensa de la patria ahora común, ayudaron a la amalgama.

La mezcla de las dos culturas dio lugar a una nueva, cuya característica más importante fue un conjunto de costumbres y leyes que regularizó el albergue de la clase que pagaba impuestos a sus amos. Necesariamente, estas convenciones fueron formuladas por los amos, con la intención de congelar su ventaja económica en un legado para su descendencia. El pueblo dominado, que al principio se había resistido a las exacciones, hacía tiempo que estaba agotado por la lucha desigual, y se había resignado a un sistema de impuestos, alquileres, peajes, y otras formas de exacción. Este ajuste fue facilitado por la inclusión de algunas de las «clases bajas» en el esquema, como capataces, alguaciles y sirvientes, y el servicio militar bajo el mando de los amos, que era una forma de admiración mutua, si no de respeto. Finalmente, la codificación de las exacciones acabó por borrar de la memoria la arbitrariedad con la que habían sido introducidas, y las cubrió con un aura de corrección. Las leyes fijaban límites a las exacciones, hacían que los excesos fueran irregulares y sancionables, y así establecían «derechos» para la clase explotada.

Defensivamente, los explotadores protegieron estos «derechos» contra la intrusión de sus propios miembros más avaros, mientras que los explotados, habiendo hecho un ajuste cómodo al sistema de exacciones —del que algunos de ellos mismos se beneficiaron con frecuencia—, lograron un sentido de seguridad y autoestima en esta doctrina de los «derechos». De modo que, mediante procesos psicológicos y legales, quedó definida la estratificación de la sociedad: el estado es la clase que goza de preferencia económica a través de su control de los mecanismos de ejecución.

La teoría sociológica del Estado se basa no solo en la evidencia de la historia, sino también en el hecho de que hay dos maneras en que los hombres pueden adquirir bienes económicos: la producción y la depredación. La primera implica la aplicación de trabajo a las materias primas; la otra, el uso de la fuerza. El saqueo, la esclavitud y la conquista son las formas primitivas de depredación. Pero el efecto económico es el mismo cuando se utiliza la coacción política para privar al productor de su producto, incluso cuando se le sustrae su propiedad como precio del permiso para vivir. Tampoco se cambia la depredación por otra cosa cuando se hace en nombre de la caridad: la fórmula de Robin Hood. En cualquier caso, el depredador disfruta de lo que otro ha producido. En la medida de la depredación, los derechos del productor deben quedar insatisfechos, y su trabajo, no correspondido.

En su aspecto moral, la teoría sociológica del Estado se apoya en la doctrina de la propiedad privada, el derecho inalienable del individuo al producto de su trabajo, y sostiene que cualquier tipo de coerción, ejercida con cualquier fin, no enajena ese derecho, aunque lo conculca.

La teoría sociológica del Estado —o la teoría de la conquista— sostiene que el Estado —independientemente de su composición— es una institución explotadora y no puede ser otra cosa, ya sea que se apodere de la propiedad del salario o del capital, el principio ético es el mismo. Si el Estado sustrae al capitalista para dar al obrero, o del mecánico para dar al campesino, o roba a todos para sí mismo, se ha utilizado la fuerza para privar a alguien de su legítima propiedad, con lo que acciona en el espíritu de la conquista original.

Por lo tanto, aunque la historia de un Estado no comience con conquistadores que trajeron al Estado depredador con ellos, sigue el mismo patrón, porque sus instituciones y prácticas continúan la tradición de los Estados que han pasado por este proceso histórico.

Así, toda elección de vida debe tener en cuenta la distinción entre ganarse la vida mediante la producción, o mediante la depredación. Es decir, en una actividad económica o con el componente disfuncional de la sociedad: la casta política.

 


Cristian Vasylenko es Magíster en Finanzas Corporativas, investigador, analista político y económico, y asesor de empresas.

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