Argentina: ¿cómo fue que llegamos a esto? – Parte II

El presidente saliente de Argentina, Mauricio Macri, parece, al final de cinco años, no tener mucho de qué jactarse

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Mauricio Macri, presidente saliente de Argentina. (Foto: Flickr)

Por Cristian Vasylenko

Si ha de insistirse con los «logros» argumentados por la administración Macri, nos veremos obligados a señalar lo que se encuentra escondido a plena vista de todo el país.

  • Las «arcas de la administración nacional» no contienen otra cosa que nuestro dinero, el que nos es continuamente depredado de forma coactiva por el Leviathan.
  • Que esta administración sea capaz de exhibir abundante obra pública, no justifica su pertinencia ni su oportunidad.
  • En cuanto a su oportunidad, la ejecución por parte del Estado de semejante volumen de obra pública en corto tiempo, implica que con nuestro dinero se hace exactamente aquello imprescindible que no debió ser hecho en este momento. Al decir de la oposición, «el cemento no se come».
  • En cuanto a su pertinencia, en lugar de reducir drásticamente el gasto y aliviar la sofocante exacción fiscal, para así bajar rápidamente el costo del capital y convertir a la inversión privada en un atractivo irresistible para, entre otras cosas, construir obras de infraestructura sin la injerencia del Estado, el Leviathan nos mantiene con tal nivel de inflación —brutal impuesto de facto— que en los últimos 12 meses, ha sido casi de 54 %, y está proyectada para los próximos 12 meses de más de 40 %.
  • Provocar esta espiral destructiva para la economía y no reducir el gasto, perpetra una brutal transferencia de riqueza desde el sector privado productivo, hacia la casta política y su elite clientelar. A esto se aplica el eufemismo «redistribución del ingreso».

Desde un principio, prontamente el «plan de gobierno» del presidente Macri evidenció ser la encuesta permanente. Señor, usted buscó ser investido de —y la ciudadanía le impuso— la responsabilidad fiduciaria como capitán de un buque que desplaza a 45 millones de personas, y en esa situación usted no abandona permanentemente el puente de mando para preguntarle al pasaje si les gusta su maniobra. Usted estudió, se capacitó y entrenó para desempeñar semejante responsabilidad, y es un líder, con confianza en sí mismo, con maestría en el diseño de la navegación marítima, y en la ejecución de la maniobra. Y sepa usted que cuando la situación empeora —créame que eso inevitablemente ocurre en algún momento—, cuando 45 millones de pasajeros lo buscan angustiados en busca de «salvación» (porque, entienda que esa es la expectativa cifrada en el presidente de cualquier país hiper-presidencialista como el nuestro), no pueden encontrarlo a usted buscando la opinión de ellos, porque como mínimo obtendrá así 45 millones que saltan a los botes o se suicidan.

A modo de «relato» para ilustrar este punto, recurro al auxilio de la ficción cinematográfica. Marko Ramius (interpretado por Sean Connery), capitán del submarino nuclear más moderno de la Unión Soviética, Octubre rojo, está intentando desertar de la armada soviética. El mando de la marina soviética despacha a gran parte de su flota para cazarlo, hasta que el submarino V.K. Konovalov, al mando del capitán Viktor Tupolev (interpretado por Stellan Skarsgård), localiza al Octubre Rojo. Al tercer torpedo que Tupolev dispara contra Ramius, ordena una maniobra defensiva conocida como «Iván el loco»: coloca al Octubre Rojo exactamente en el mismo curso que el Konovalov, pero en dirección opuesta. Mientras ese torpedo lo persigue ya de cerca, Ramius se dirige aparentemente a colisionar de frente con su agresor. Sin embargo, Tupolev no advierte la táctica, y no ordena ninguna maniobra evasiva. Ya muy próximo al Konovalov, y cuando su expertise le indica el momento preciso, Ramius ordena la maniobra para evitar la colisión. Ahora, el torpedo que ya estaba por alcanzar al Octubre Rojo por su popa, impacta de frente contra la proa del Konovalov, el que explota. Y he aquí lo relevante: en el instante previo al impacto de su propio torpedo contra su submarino, y al comprender súbitamente las terribles consecuencias de sus actos, Tupolev se vocifera a sí mismo: «¡Maldito soberbio imbécil, nos has matado a todos!»

Señor presidente Macri, la responsabilidad de habernos enviado a embestir los escollos es suya y solamente suya, puesto que usted es en quien la ciudadanía impuso la responsabilidad máxima —el resto, son todos inimputables— puesto que la responsabilidad de su elección y nombramiento recae también sobre usted.

 


Cristian Vasylenko es magíster en Finanzas Corporativas, investigador y analista político y económico, y asesor de empresas.

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