La democracia, un rehén en Latinoamérica

El sistema de gobierno democrático tiene poco que ver con la satisfacción de las necesidades de la población. ¿Cuál es, entonces, el objetivo de la democracia?

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La palabra “democracia” alude al gobierno del pueblo, pero ¿quién es el pueblo? (Foto: Flickr)

Por Asier Morales

Democracia” es uno de esos términos que se utilizan en cualquier contexto para intentar acumular retazos de legitimidad política. Se supone que quien la defiende evidencia su rechazo al fenómeno aledaño más peligroso: una dictadura.

El primer problema, sin que mayores análisis sean necesarios, es que debemos confiar en la honestidad de quien asegura preservar la democracia, dado que puede tener intenciones opuestas a las que enuncia. El segundo, es que debemos saber si nos referimos a lo mismo.

Existen suficientes trabajos que abordan en detalle la caracterización e historia de la democracia. En esta ocasión solo me referiré a algunas nociones informales del término, para denunciar un evidente afán por tergiversar su sentido.

Resolución de conflictos

A diferencia de lo que ofrecen algunos anuncios, el sistema de gobierno democrático tiene poco que ver con la satisfacción de las necesidades de la población. Parece extraño hacer esa aclaratoria, pero las muchas maromas a las que estamos expuestos recientemente para torcer las palabras me obligan a subrayar algunos detalles.

Como sistema de gobierno y siendo excesivamente sintéticos, podemos decir que la democracia es un conjunto de procedimientos que tiene por objetivo resolver pacíficamente conflictos, intentando asegurar la participación o representación de “todos”.

La prevalencia de la mayoría luce como una perfecta solución de compromiso entre dos bandos en guerra que asumen que, en igualdad de todas las otras condiciones y ante la posibilidad de un enfrentamiento armado, ganaría aquel que concentrase la mayor cantidad de personas en su bando. Visto así, mejor nos contamos, evitamos el enfrentamiento y que la mayoría decida por los demás.

Muchos dirían que esta imagen es una exageración, pero el simbolismo implícito no es del todo descartable. Las minorías consiguen formas de protección y representación haciendo pactos o acumulando militantes a toda costa, es decir, tratando de ser lo menos minoría que le sea posible.

Cuando el dispositivo utilizado mecánicamente para decidir asuntos importantes son las elecciones, si la mayoría desea ir en el camino opuesto al bienestar colectivo, la sobrevivencia o la paz, la democracia en sí misma no cuenta con demasiados dispositivos para evitarlo. Una ilustración nos ayudará a entender este punto: si los que son más desean hundirse en el mar, el resto no tendrá demasiadas alternativas a hacerlo también -o abandonar el barco emigrando-.

Uno diría que las sociedades habrían de optar por alternativas que le beneficien realmente, distintas a simplemente hundirse en el mar, pero volvemos al dilema de la honestidad: ¿por qué le interesaría al candidato político exponer los aspectos destructivos o criminales de su propio plan de gobierno?

Administración de la alteridad

Una aproximación que me interesa mucho más es la democracia como actitud, que supone el respeto a quien opina diferente. No hablo de que no se critique lo que dice o piensa alguien más, sino que se respeten los derechos elementales de quien expresa ideas diametralmente opuestas a las dominantes o a las mías.

Es este el factor clave de una convivencia democrática en mi opinión. Si debemos aterrizar esta noción en algo concreto, vemos que se asocia más a libertad de prensa, opinión, expresión y cultos, que a algún proceso burocrático realmente controlable. Hablamos de una cualidad en las personas que les hace capaces de relacionarse con alguien distinto sin aniquilarlo.

Quedarnos en las palabras

La tercera faceta a la que haré referencia me parece la más simple, reductiva y engañosa de todas. La palabra “democracia” alude al gobierno del pueblo, pero ¿quién es el pueblo? Sin demasiada imaginación caemos en una variación del dilema orwelliano: todos somos pueblo, pero algunos lo somos un poco más que otros.

Cuando esto sucede, el juego consiste en identificar a un sector con esa categoría e ir desplazando otros. Con lo que queda trastocada la primera concepción que se limitaba a establecer procedimientos para la resolución de conflictos, conjurando la participación o representación de todos. Adicionalmente, ahora la democracia está abocada a la satisfacción de las necesidades de la gente, pues ¿para qué gobernaría “el pueblo” si no es para beneficiarse a sí mismo?

Ninguno de estos dilemas es particularmente novedoso. Griegos, romanos y todos tras ellos han tenido que atender el real problema de fondo que es la concentración de poder y las aberraciones que trae consigo.

Se puede usar cualquier excusa para asaltar -paulatina o drásticamente- a los separados poderes propios de las democracias. Las justificaciones más comunes incluyen la libertad, la igualdad, la soberanía, la protección de los más débiles, la seguridad nacional, los pobres, el calentamiento global y el pueblo.

Explotando al pueblo

Por lo que hemos visto últimamente, hacen falta dos condiciones para concretar el asalto que comentamos: un grupo amplio de simpatizantes que parezcan ser “todos” -o casi-, junto a una herramienta violenta con la que sea posible apuntar a la cabeza de los demás.

Esta dinámica es la de un secuestro, la conocemos en Latinoamérica porque tiene varios años activada, en clave de conquista napoleónica. Su última fase ha hecho evidente el pacto entre un sector notablemente criminal, dispuesto a empuñar la violencia -casi contentos de hacerlo- al lado de un sector socialista que inflama la falacia de la desigualdad para conseguir recursos emocionales y publicitarios que justifiquen o acompañen el asalto.

Tal movimiento es catalogado como liberación, soberanía, independencia y similares. Pero solo intenta lavarle la cara a elementos criminales arribando a posiciones de poder, dispuestos a utilizar cualquier recurso legal o no, para conservarlo como herramienta de tortura, que es el verdadero fin último del criminal.

Recordemos por un segundo que el psicópata no solo desea la incontestable satisfacción.


Asier Morales Rasquin es psicólogo clínico, psicoterapeuta, egresado de la doble diplomatura en Economía de la Escuela Austríaca de la Universidad Monteávila de Caracas e investigador del Centro Juan de Mariana de Venezuela.

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