El terrorismo del siglo XXI

Resulta muy difícil escapar de esta mentalidad tercermundista que considera toda realidad “injusta”

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Lo primero que hay que hacer es desmitificar la “desigualdad social” para que deje de ser el caballito de batalla de la izquierda. (Efe)

Por Dante Bobadilla Ramírez

La violencia social desatada en Chile por jóvenes y adolescentes ha motivado una serie de comentarios que caen, mayormente, en el mismo lugar común de culpar a la supuesta “desigualdad social”. Es decir, una perspectiva netamente marxista. Eso es lo que abunda en la prensa de nuestros países. Resulta muy difícil escapar de esta mentalidad tercermundista que considera toda realidad “injusta” y termina idealizando la violencia como respuesta.

No es retórica decir que el socialismo es una enfermedad mental, pues se trata de una interpretación arbitraria y equivocada de la realidad, que promueve una conducta desadaptada, violenta y contraproducente. En eso consiste la patología de izquierdas. Y si además tomamos en cuenta las últimas manifestaciones feministas, hay suficiente material para ampliar los tratados de patología mental. El socialismo hace efecto rápido en el cerebro de los jóvenes porque tienen los componentes necesarios para la germinación de esta patología: idealismo, ignorancia de la realidad y emociones descontroladas. Además atraviesan una etapa natural de rebeldía contra la autoridad. Todo eso facilita que una ideología tan perversa como el socialismo prenda fuego rápida y fácilmente en la juventud.

No hace falta mucho esfuerzo para convencer a los jóvenes de que son víctimas de un mundo injusto, manejado por una confabulación oscura y malévola a la que deben destruir para liberarse. Solo es una variante política de un viejo cuento infantil. Sus expresiones intelectualizadas pueden utilizar subterfugios teóricos y conceptos misteriosos, pero básicamente es el mismo cuento. La desigualdad se ha convertido así en el cliché favorito de quienes justifican la violencia social. La Comisión de la Verdad y Reconciliación en el Perú, integrada por intelectuales de izquierda, también justificó el terrorismo genocida de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) como producto de la marginación y la pobreza andina, aunque sus líderes eran maestros universitarios costeños y sus huestes, alumnos universitarios.

Por desgracia, nadie hace frente a la andanada de retórica socialista que se desatada desde los medios de prensa. Todos agachan la cabeza cuando se pone sobre la mesa el ídolo de barro de la “desigualdad social”. Se ha llegado al ridículo de usar ese concepto bobo para explicar el estallido de violencia juvenil en Chile, un país que tiene (o tenía) los más altos estándares de vida de la región y donde la pobreza se había reducido a un dígito. La ignorancia o cobardía intelectual de muchos hace que la izquierda gane terreno con el viejo disfraz de luchadores sociales. Todo vale cuando se pone a la desigualdad como argumento. Incluso el terrorismo.

Lo primero que hay que hacer es desmitificar la “desigualdad social” para que deje de ser el caballito de batalla de la izquierda. Las sociedades humanas son desiguales por naturaleza. Está en la esencia de la humanidad generar desigualdades sociales debido a las diferencias individuales. Solo podemos impedir esto imponiendo un brutal totalitarismo que empiece por eliminar la libertad individual y la propiedad privada como fruto del trabajo. Es decir, lo que se implantó en Cuba hace seis décadas con los resultados penosos que todos vemos. Se ha explicado ya que el comunismo fracasó en el siglo XX porque ignoró la naturaleza humana. ¿Cómo entonces hoy seguimos dando cabida a los mismos conceptos trasnochados y fracasados del comunismo el siglo pasado?

Convertir la indignación contra la miseria humana en herramienta política es el truco de la izquierda y de todo buen demagogo que quiere treparse al pedestal de la fama, asumiendo la pose del defensor de los más necesitados. El problema es que nadie, ni todo el socialismo marxista en su amplia y frondosa literatura, tiene solución alguna a los males de la propia naturaleza humana. No se trata de ningún “sistema” ni político ni económico. Son males de la naturaleza humana imperfecta. Así de simple. Proponer la violencia revolucionaria nunca sirvió de nada. Los intelectuales justificaron la cruel y sangrienta masacre de la Revolución francesa con las poéticas palabras “libertad, igualdad y fraternidad”, pero no pasó de ser el primer gran genocidio de la historia moderna. En Francia todavía hoy siguen las barricadas.

Lo que tenemos ahora en Chile es el terrorismo del siglo XXI. Ya no necesitan armas ni coches bomba, solo el accionar masivo y simultaneo de jóvenes y adolescentes adoctrinados en el odio que atacan sus blancos como enjambres de abejas asesinas mientras vandalizan todo a su paso. Es la revolución más barata, incruenta, rápida y efectiva de la historia. No busca la toma del poder, sino la simple destrucción de un país exitoso para que no siga siendo ejemplo ni contraste con el fracasado socialismo del siglo XXI.

El Gobierno democrático chileno carece de respuesta, como suele ocurrir. Tal vez aparezca un Napoleón o un Pinochet que ponga orden, si tienen uno por allí. Pero lo que nos toca a los demás es no admitir y callar ante la demagogia de los intelectuales de izquierda que siguen vendiendo el humo de la desigualdad social como excusa del terrorismo. Detrás de esta y de toda forma de violencia terrorista no hay ninguna desigualdad social, sino una ideología del terror y el odio que se ampara en la cobardía y el anonimato utilizando a la juventud.


Dante Bobadilla Ramírez es psicólogo y docente universitario.

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