Apelo al estratega del presidente Guaidó

Lo que hace realmente titánica y confusa la lucha existencial de la nación venezolana es un poderoso y resbaladizo enemigo invisible que se mueve como una serpiente etérea

3.199
Venezuela
Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela. (Foto: Twitter Juan Guaidó)

Por Luis Emilio Bruni:

Todo el que comience a leer este articulo probablemente sabe muy bien quien es el estratega nombrado hace pocos meses como asesor ad honorem del presidente Guaidó. Muchos coincidimos en su muy bien ganada reputación de operador sofisticado y articulado a la hora de proyectar e implementar estrategias. No escondo mis intenciones al utilizar este recurso retórico para llamar su atención. Pero es que lo que ha sucedido al cierre del 2019 es casi un colapso estratégico del presidente interino de Venezuela. Por eso, en términos pragmáticos, el interlocutor imaginario más pertinente para analizar tal colapso es el recién nombrado estratega, en quien millones de venezolanos confían sabrá inyectar sentido común y lógica a lo que hasta el momento ha sido un enredo de disonancias e incongruencias estratégicas.

La nación venezolana ha tenido tres momentos estelares en su legado histórico. El primero, su rol en la emancipación de América Latina y en la constitución de sus repúblicas en el siglo XIX. El segundo, el ejemplo y liderazgo de la doctrina Betancourt en la proliferación y defensa de la democracia en Latinoamérica y el mundo. El tercer momento es el actual: dos décadas de lucha heroica e incansable, en pleno inicio del siglo XXI, contra la coalición de enemigos más perversa y poderosa que nunca antes se halla ensañado contra nación alguna en la historia del continente americano.

El enemigo invisible

A pesar de que los enemigos visibles están bien caracterizados (y que quede claro que el estatus de enemigo lo imponen ellos), lo que hace realmente titánica y confusa la lucha existencial de la nación venezolana es un poderoso y resbaladizo enemigo invisible que se mueve como una serpiente etérea de mil cabezas, que aparece y se desvanece delante de nuestros ojos para reaparecer sigilosamente por detrás.

De los visibles ya se ha dicho mucho (aunque si no todo): el teniente coronel y su nueva rica familia, los despiadados y corruptos jerarcas del régimen, los militares traidores, el ignominioso régimen cubano, las guerrillas bandoleras, el Foro de São Paulo, y los aliados internacionales de la dictadura. Una coalición de individuos y regímenes explotadores, violadores de derechos humanos y corruptos que se han agavillado para someter, torturar y saquear a la nación venezolana.

Pero en realidad, es el enemigo invisible el que hace ininteligible esta gesta para los venezolanos, que luchan y siguen luchando con gallardía y valentía desde su espíritu de nación, sin nunca poder comprender los motivos de sus derrotas  —sobre todo las que llegan cuando la victoria se avizora cercana—.

Este enemigo está constituido por una red transnacional que mantiene vasos comunicantes con políticos nacionales y extranjeros, empresarios, banqueros, operadores financieros, bufetes de abogados, ONGs, periodistas, medios de comunicación, y hasta incluso funcionarios de organismos internacionales de la talla de la FAO o de la mismísima Corte Penal Internacional. Para simplificar, de ahora en adelante me referiré a este conglomerado como “la nebulosa”: una entidad de apariencia difusa, sin identidad determinada, capaz de permear y penetrar hasta las rocas. Es una red de redes invisibles, pero al mismo tiempo, es una niebla que obstruye la visión diáfana y el entendimiento. No se trata de una organización jerárquica con relaciones de subordinación (como una burocracia, unas fuerzas armadas, o una organización política). Funciona más bien como una heterarquía en la que predomina una diferenciación de grupos con estructuras similares, pero sin vínculos de subordinación. Es un tipo de clientelismo basado en relaciones de conveniencia que vincula individuos y mafias de cuello blanco en redes muy heterogéneas y a menudo sin valores compartidos (a parte de la voluntad de saquear y el objetivo de monopolizar la mayor cantidad de las inmensas riquezas de la nación venezolana). Esto se logra mediante una vinculación horizontal de socios, «amigos», parientes y testaferros, construyendo sistemas de alianzas y generando vínculos y obligaciones personales no siempre visibles para otros miembros o sectores de la nebulosa misma.

El arma más preciada para mantener el equilibrio es simultáneamente la información y la desinformación que tienen unos de otros para una eventual guerra de dossiers. El poderío económico y los intrincados patrones de infiltración de esta red es lo que hace imposible para un ciudadano común poder ni siquiera imaginar los conflictos de intereses y vasos comunicantes que puede haber entre determinados sectores de la nebulosa y prominentes personajes nacionales e internacionales, bien sean pro-régimen o de la oposición.

Las grietas estratégicas de una esquizofrenia estructural

Uno de los resultados de esa influencia en las filas de la oposición que hoy conforma el Gobierno interino, son las incomprensibles e ininteligibles incongruencias estratégicas que desafían cualquier análisis lógico, y que son frecuentemente justificadas con el eslogan de que “hay que jugar en todos los tableros”. Es difícil explicar que no se logren jerarquizar las prioridades de una estrategia. El rescate de la soberanía es de un nivel lógico superior al rescate del Estado de derecho, y el rescate del Estado de derecho es de un nivel lógico superior a una contienda electoral. Quien se diga dirigente político en Venezuela y finja no entender esta obviedad, o responde solo a intereses partidistas o puede que esté de algún modo ofuscado por la nebulosa.

Es así como la estrategia de la oposición oscila esquizofrénicamente entre la promoción del TIAR por parte de los representantes internacionales del presidente, y los interminables debates, diálogos y apologías a la conformación de un CNE «incluyente y balanceado» con representantes de los saqueadores y de los violadores de derechos humanos, para ir a unas elecciones presidenciales (o legislativas) con el régimen y los invasores en control del Estado y del territorio venezolano.

Es también evidente que estas dos «estrategias» no se comunican entre sí. No se oye a los promotores de elecciones presidenciales, o de diálogos nórdico-caribeños mencionar en sus discursos el restablecimiento de la soberanía nacional o la expulsión de los agentes extranjeros. Algunos prominentes dirigentes se desgastan apasionadamente en frecuentes alocuciones parlamentarias para explicar a los diputados del régimen lo que ellos mismos saben son obviedades (que si porque son inconstitucionales sus actuaciones, que si porque el pueblo no los quiere, que si como articular un comité de postulaciones del CNE). Al mismo tiempo estos discursos pretendidamente sofisticados, lamentablemente terminan igualándose al envilecimiento de la política promovida por el régimen, combinando insultos vernáculos con amigable condescendencia, dirigiéndose reiteradamente a quienes cínica y sistemáticamente niegan lo obvio y están en grado de recibir los insultos hasta con perverso placer.

En mi opinión, este fútil ejercicio puede solo tener alguno de los siguientes objetivos pragmáticos: 1) satisfacer las ansias de catarsis de la platea popular; 2) convencer al régimen, sus diputados y a la nebulosa, de que existe un sector de la oposición que sí está genuinamente comprometido a liderar una transición que considere una cohabitación con la red de depredadores; 3) evitar focalizar la acción de la Asamblea Nacional en donde debe estar: el cese de la usurpación, la recuperación de la soberanía, el restablecimiento del estado de derecho y la necesaria cooperación internacional para lograrlo. Estos discursos tienden a banalizar la cooperación y los instrumentos jurídicos y diplomáticos internacionales invocando el espantapájaros de la guerra civil, la invasión extranjera o el golpe de Estado militar. Con esta falacia del “muñeco de paja” se invierten las causas con los efectos, y se postula que la vía para el cese de la usurpación y la transición son, de hecho, unas elecciones presidenciales.

El síndrome del rey Salomón

El denominado G4 de la oposición venezolana sobrevive en medio de una paradoja interna. Por motivos difíciles de comprender a primera vista, después de cada gesta de rebelión y/o de consenso nacional (2014, 2016, 2017, 2019), los líderes de esta alianza se unen para inexplicablemente frenar la gesta en curso. La paradoja reside en el hecho de que esa tenue unión se erosiona de nuevo cuando comienzan las pugnas internas y las posiciones adelantadas por las codiciadas candidaturas unitarias o por los cargos internacionales. Vista la improbabilidad pragmática de que por esta vía se produzca la alternancia en el manejo del poder ejecutivo (para no hablar de la soberanía y del Estado de derecho), este tipo de liderazgo termina actuando como una de las dos mujeres en el famoso juicio salomónico. Se comporta como la mujer que prefiere ver al niño partido en dos antes de que se lo cedan a otra. Si se llegan a evidenciar sus conflictos de intereses, son incapaces de hacerse a un lado, como haría cualquier político genuinamente demócrata.

Cuando se quiere resolver un crimen, aparte del cuerpo del occiso y el arma del delito se necesita entender el leitmotiv, en este caso las motivaciones detrás de los objetivos estratégicos. Analicemos entonces las siguientes puertas lógicas.

El reto del presidente y sus estrategas

No es solo el presidente Guaidó el que debe desprenderse de su disciplina partidista tal como lo ha anunciado oportunamente. Es cada uno de los valientes diputados comprometidos con la liberación de Venezuela los que deberían hacerlo. Lo que urge existencialmente es una verdadera diplomacia de Estado coherente y profesional. No una bochornosa repartición partidista de cargos y polímeros. Venezuela está en el ojo del huracán de un conflicto global de impredecibles consecuencias. La nación esta desguarnecida y secuestrada por un Estado proxy.

A este punto, con el convulsionado comienzo del 2020, y valientemente ratificado el presidente Guaidó en su cargo, mis preguntas y comentarios a nuestro interlocutor imaginario serían los siguientes:

  • Los tropiezos de la oposición en el 2019 lamentablemente no fueron solo errores. Son parte de la esquizofrenia estructural dictada por la naturaleza de la base de legitimación constitucional del gobierno interino. ¿Cómo se puede “liberar a Willy”?
  • ¿Cómo se puede contrarrestar el síndrome del rey Salomón?
  • En tiempos de guerra y de invasión (como los que afligen a la nación venezolana), en el Bushido no existen las tonalidades de gris en lo que se refiere a honradez y justicia. Solo existe lo correcto y lo incorrecto. El enemigo más difícil de combatir será la nebulosa.
  • ¿Cómo se podría neutralizar diplomáticamente la parcializada hegemonía española respecto a los asuntos venezolanos en el seno de la Comisión Europea?
  • ¿Cómo alinear a la UE con los aliados de las Américas, el grupo de Lima, la OEA y el TIAR?
  • ¿Cómo combinar efectivamente todos los instrumentos internacionales compatibles y relevantes? (TIAR, R2P, Convención de Palermo, Consejo de Seguridad ONU, Cascos Azules y misiones de paz)
  • ¿Cómo presentar coherentemente el caso venezolano en las Naciones Unidas y lograr suficiente apoyo para enfrentar un eventual veto de Rusia y/o China sobre cualquier iniciativa de cooperación militar y/o policial internacional que el gobierno interino logre articular?

Cualquier nuevo diálogo o tratativa que vuelva a surgir con fines electorales (presidenciales o parlamentarios) —pasándole por encima al rescate de la soberanía y al restablecimiento del estado de derecho— no puede seguir siendo considerado como error estratégico. Quienes de nuevo nos quieran convencer de que esta es la vía, van a tener que explicar con lujos de detalles cuál es, según ellos, la secuencia causal con la cual supuestamente este camino nos llevará al rescate de la soberanía y al restablecimiento del Estado de derecho, de manera que la nación venezolana pueda defenderse, no solo del régimen y de los invasores, sino también de la nebulosa.


Luis Emilio Bruni es profesor de la Universidad de Aalborg (Dinamarca). Ingeniero ambiental egresado de la Penn State University, con maestría en relaciones internacionales de la Universidad Central de Venezuela y PhD. en semiótica y teoría de la ciencia de la Universidad de Copenhague. Entre 2011 y 2017 fue elegido presidente de la Asociación Nórdica de Estudios Semióticos por tres periodos consecutivos y actualmente dirige un laboratorio de semiótica cognitiva en la Universidad de Aalborg.

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

¡Forma parte de la misión de difundir la verdad! Ayúdenos a combatir los intentos de silenciar las voces disidentes y contribuye hoy.

Contribuya hoy al PanAm Post con su donación

Suscríbase gratis a nuestro boletín diario
Suscríbase aquí a nuestro boletín diario y nunca se pierda otra noticia
Puede salirse de la lista de suscriptores en cualquier momento