90 millas hacia la libertad

Detrás del ron y su música alegre, Cuba esconde, casi sin éxito, un malestar latente que añora la libertad perdida hace ya 61 años

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Cuba
Los cubanos insisten con la libertad. (Foto: Flickr)

Por Richard Eduardo Salvatierra Ube

La semana pasada tuve la grata experiencia de visitar Cuba, paraíso mayor del Caribe. Realmente fue una experiencia inigualable y en mi caso más aun ya que desde muy temprana edad estuve relacionado con los ideales de Revolución. Desde el primer momento al llegar al país noté un aire muy distinto a lo que esperaba. El aeropuerto era un lugar muy silencioso respecto a lo que yo hubiera imaginado. La verdad era mi primera salida al exterior y supuse que llegar a las oficinas de la aduana cubana sería una experiencia de otras características.

La emoción de llegar se potenció más aún al saber que la primera persona con quien estuve charlando en el avión. Era un profesor que participó en una misión de enseñanza del idioma ruso en la isla de Granada, lugar que lo cautivo y enamoró tanto que era ahora su nueva residencia desde hacían ya 10 años. La primera impresión en el aeropuerto fue tal como lo había leído en las reseñas publicadas en la web, un lugar bastante calmado y de cierto modo algo lúgubre; no obstante, algo muy agradable para mi vista fue que pude notar un intenso color rojo que bañaba toda la infraestructura aeroportuaria y al ser este color mi preferido lo demás era poco importante.

Ya en migración los correspondientes trámites de rigor, 15 minutos y ya me encontraba en frente del oficial de esta dependencia; una agradable señorita lista para cumplir con sus tareas. Ella debía tomarme una foto a mi llegada al país. Una anécdota que me parece digna de destacar fue que al momento de la realización de dicha fotografía me indicó que mirara a la cámara directamente. Procedí a sonreír cuando escuché una enérgica voz que me indicó «no le he dicho que se ría, solo que mire hacia la cámara». Ese fue para empezar la aventura una de las rarezas que encontré en el lugar.

Luego de aquel suceso, cambié mis euros (decidí llevar euros porque me indicaron que el dólar estadounidense tiene una penalidad al momento de cambiarse y perdería cerca del trece por ciento de mi valor en esa moneda). Mucho después, un agradable caballero me recibió para trasladarme rumbo al hotel en el que me alojaría durante los siguientes tres días. Fue así como me dispuse a tomar un taxi bastante cómodo aunque sin aire acondicionado para aplacar en alguna medida el fuerte calor húmedo que se percibía en el ambiente. El calor literalmente nos dio la bienvenida, el termómetro marcaba 35 grados celsius que fácilmente pudieron ser 40.

Sin nada fuera de lo común llegué al hotel que a grandes rasgos se notaba como si se hubiera congelado el tiempo. Se observaba mucho alboroto en las calles y me indicaron que estaban celebrando una conmemoración más del aniversario a la toma del Cuartel Moncada,  poco sabía yo del suceso. No obstante, luego pude constatar que al parecer fue el inicio de los primeros atisbos de revolución que culminaría con la victoria el uno de enero de 1959. Ya en el hotel me sentí literalmente en el pasado, más precisamente alrededor de los años sesenta. Luego lo confirmé al verificar los vetustos utensilios que decoraban la habitación que me acogería durante esos días: una puerta con cerradura al borde de zafarse y la pintura que la cubría dejando entrever las infinitas capas utilizadas para ocultar el paso del tiempo en ese lugar.

Esa noche no hubo más que decir, luego de las casi seis horas de vuelo desde mi país, el cansancio cumplió su trabajo logrando aletargar mi humanidad y convirtiéndome en una pila de huesos deseosos de recobrar la fuerzas perdidas en ese periplo. Caí de bruces en el colchón que cobijo mis sueños hasta el día siguiente.

Ya al amanecer noté que eran alrededor de las nueve de la mañana y la pequeña diferencia de uso horario respecto de mi país me tomó por sorpresa, puesto que el horario de desayuno estaba por fenecer. La pereza de una larga noche hacía de las suyas en mis ánimos; bajé raudo a compensar mi deficiencia de energía con lo que sería un desayuno bastante inusual para mi gusto. Los comensales en el restaurante se cuidaban de elegir bien cada plato y luego entendí a que se debía esa cautela marcada en cada cucharada que llevaban a sus platos.

Los sabores no eran lo suficientemente agradables para mi gusto, para clarificar mi experiencia gastronómica con valores numéricos ese desayuno calificaría con un valor de seis sobre diez; debido principalmente al jugo algo descompuesto y a los sustitutos de la carne de res que la verdad nunca logré identificar.

Luego de eso decidimos junto a mi tío recorrer la ciudad y así lo hicimos. Una larga y calurosa caminata desde el casco “Comercial” de la Habana, en el barrio del Vedado, nos permitió admirar la gran vista desde el Malecón habanero luego de recorrer con mucha emoción y curiosidad cada una de las calles. El calor comenzó a hacer mella en nuestros cuerpos y rápidamente conseguí comprar una gaseosa evidentemente con el desconocimiento que la situación ameritaba, ya que hasta el momento las marcas que para mí eran de orden regular estaban prohibidas en la isla (Fanta, Sprite, Coca Cola, sabores muy reconocidos en todo el mundo, eran poco comerciales en cada lugar donde estuvimos). Luego me enteré de que solo en lugares específicos se podría encontrar una lata de gaseosa. Al fin logré comprar una gaseosa de la marca “Ciego Montero” sabor a limón lo más cercano a una Sprite o Seven UP. La curiosidad de los sistemas de precios utilizados en la isla me hicieron escudriñar sin miramientos los valores que refería cada dependiente, algo curioso al momento de adquirir la bebida antes mencionada fue el poco interés del dependiente de la tienda donde la compré.

Impetuoso como siempre abordé con mucha efusividad y cordialidad mis interlocuciones hacia el vendedor. Sin embargo, este personaje se tomó todo el tiempo del mundo, es decir, no prestó atención, ya que demoró cerca de cinco minutos desde que terminó de contar unas monedas hasta que al fin logró despachar mi refresco. Luego de este episodio, vinieron a mi mente pensamientos acerca de la gran cantidad de desincentivos que de seguro tenía este “trabajador” para actuar de esa manera frente a un cliente.

Por un lado, el simple hecho de saber que da lo mismo que esperen los clientes una hora o dos, ya que no posee una competencia cercana para lograr incrementar los niveles de eficiencia en su actuar; y por otro, la certeza de que a pesar de que se incremente su nivel de ventas nunca podrá incrementar su nivel de ingresos, ya que su sueldo está en el rango de doscientos a trescientos pesos cubanos (entre 10.41 a 12.50 dólares por mes).

Pero no todo es deplorable e invivible en Cuba, nunca falta el buen ritmo de un son o una guaracha en cada esquina, el ambiente festivo a pesar de las adversidades es una característica que mantiene vivos o al menos superviviendo a cada individuo en esta isla.

Luego de una larga caminata de alrededor de tres kilómetros llegamos por el malecón al sector denominado Centro Habana, un sitio turístico muy acogedor a pesar de la insistente cantidad de preguntas por parte de los lugareños acerca de los lugareños (“¿Qué necesitas: comida, tragos, mujeres para pasar un rato alegre, Habano Cohíba o Ron Havana Club? ”). Se ofrece una lista interminable de bienes y servicios de la más diversa índole que en muchos momentos del viaje se convirtieron en un elemento de recordatorio para entender los niveles de desesperación existentes en toda la isla por adquirir una parte de los recursos monetarios traídos por los turistas que visitan este maravilloso paraje.

Ya en una parte del centro de La Habana empezamos a recorrer sus calles, tratando de tomar la mayor cantidad de fotos y divertirnos por cada nueva persona que veíamos: es maravilloso encontrar la gran cantidad de turistas de todos los países imaginables. Escuchar conversaciones en inglés, francés, alemán, portugués y muchos otros idiomas que no pude identificar fue un elemento catalizador para comprender que es imprescindible adquirir la destreza de hablar más de dos idiomas para intentar comunicar las ideas que se poseen en la cabeza. Al ir descubriendo las calles y sus particulares ciudadanos dentro de La Habana vieja, intenté desentrañar la suspicacia de cada cubano al preguntarte cada cosa, la hora, la nacionalidad, el lugar de alojamiento, si ya había almorzado o cenado o desayunado. Cualquier cosa era válida con tal de escuchar una frase de tu boca y tratar de descubrir en esa frase el acento que tenías para de ese modo entablar una conversación más duradera para de ese modo tratar de obtener algún tipo de ventaja monetaria en sus acciones, es decir, tratar de venderte algo o, si fuera posible, intentar aprovecharse del desconocimiento del caso, y de ese modo sobrevivir un día más con los exiguos ingresos que se obtienen en ese país.

En las noches sentado en el malecón de La Habana entendí por qué esas 90 millas marítimas esconden tanta esperanza y sueños en cada ciudadano habanero; con solo esas 90 millas la luz de los callos de la Florida no se terminan de ocultar y en la penumbra se distinguen leves destellos, destellos que alimentan esa luz de esperanza a quienes todos los días se desalientan por saber que en la Habana socialista-comunista aún se recuerda con añoranza la libertad que se vivió alguna vez la Cuba. Esa libertad está escondida entre los gritos silenciosos de todos los cubanos “Abajo Fidel, abajo el socialismo”. Esa libertad que ahora está condimentada con la rumba y el son cubano en lejanos recuerdos de canciones de antaño, esperando todos los días (sin prisa, pero con mucha esperanza) la tan anhelada libertad que se perdió después del uno de enero 1959.


Richard Eduardo Salvatierra Ube  es economista y consultor en IT & Trader

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