La crisis de credibilidad y la vacuna de la COVID-19

La credibilidad es la certidumbre de que las promesas se cumplirán

En la carrera por el podio del prestigio mundial no es alocado pensar que China, Estados Unidos u otro país entre los 200 proyectos inmunológicos, busque acortar irresponsablemente el camino a la línea de llegada. (Efe)

Por Mookie Tenembaum

La crisis del coronavirus mató a centenares de miles, pero el peor daño lo hizo en la credibilidad. Un caso entre muchos es la telenovela global sobre el uso de barbijos protagonizada por Tedros Ghebreyesus, director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la que intermitentemente recomienda el uso de tapabocas para luego desdecirse y, finalmente, des-desdecirse.

De hecho, si hubiera una profilaxis contra el coronavirus hoy un 27 % de los estadounidenses no la aceptaría, según concluyó el Pew Research Center. Eso es peligrosamente cercano al 40 % necesario para descarrilarla. Es decir, si no se inocula al menos al 60 % de una población, no se alcanza la inmunidad de rebaño y, por ende, aunque sea la mejor vacuna del mundo, no protegerá a nadie.

Si bien no se conocen todavía cifras globales de aversión a la inmunidad, ya hubo pequeñas manifestaciones contra una hipotética vacuna de la COVID-19 en varios países de Europa, incluyendo Alemania y Francia.

Con políticos populistas y figuras asociándose a perspectivas pseudocientíficas y sectores antivacunas, queda preguntarse qué respuesta habría ante el desarrollo acelerado de una profilaxis —el caso más emblemático e irónico lo protagonizó Novak Djokovic recientemente—.

De todas maneras, sobre esto hay tres puntos para pensar.

El primero es por la extrema celeridad, habrá preocupación por la confiabilidad de una vacuna que tomó un décimo del tiempo habitual de desarrollo, con un virus del que se sabe muy poco y ante la posibilidad de pertenecer a la enorme mayoría que padece un COVID-19 leve y sin consecuencias.

Arriesgarse a recibir una vacuna poco estudiada versus la probabilidad cierta de sobrevivir a lo que en la mayoría de los casos sea un resfrío fuerte, será una decisión difícil para quienes tienen menores chances de presentar casos graves.

La segunda línea de análisis acentúa las dudas del punto anterior. Los proyectos de vacunas más probados, baratos y simples son los que menos atención reciben. Los intentos con tecnologías desconocidas, novedosas y cuyos resultados están menos estudiados son los que tienen más titulares. Esto hará las dosis más caras y dará más elementos para el necio argumento antivacunas.

En tercer lugar está el escenario más catastrófico. Ante una población mundial cada vez menos crédula, ¿qué pasaría si un gobierno comete un error para aprobar rápido la primera vacuna? En la carrera por el podio del prestigio mundial no es alocado pensar que China, Estados Unidos, Nigeria, España u otro país entre los 200 proyectos inmunológicos, busque acortar irresponsablemente el camino a la línea de llegada.

¿Y si la vacuna genera un efecto colateral mortífero? Ya pasó en el caso del dengue y se atribuye la muerte de decenas de niños en Filipinas a una inmunización mal evaluada. En el caso de la COVID-19 este sería el peor golpe a la credibilidad en los sistemas de salud y la prevención inmune.

Estas tres líneas argumentales refuerzan la idea que una inoculación tiene pocas oportunidades de ser un éxito inmediato. Esto es parte de un problema mucho más serio a nivel internacional y es la generalizada falta de credibilidad en todo —incluyendo las ciencias de salud—.

¿Por qué es importante que cada uno viva en un mundo en el que confía? La credibilidad es la certidumbre de que las promesas se cumplirán. “Te prometo que si esta sustancia entra en tu cuerpo vas a sanar”, reza el contrato implícito con la industria farmacéutica. Lamentablemente, el mundo tiene una creciente falta de credibilidad en las ciencias. Y, para peor, la próxima decisión —»¿me vacuno o no me vacuno contra el coronavirus?»— viene sin referencias del pasado.

La credibilidad informa las decisiones, y así aminora las chances de sufrir ante una equivocación, como lo plantea la filosofía desilusionista. Decidir duele, y ahora los humanos optan entre cuestiones importantes sin el sucedáneo psicológico de la certidumbre. Por ende, la mejor opción para evitar cualquier remordimiento es no decidir, o sea, no vacunarse.

Por otro lado, el mundo verá que es más pobre como consecuencia económica directa del aislamiento social y la muerte de sectores enteros de las economías del mundo, desde la ingeniería aeronáutica hasta las heladerías. En ese contexto se espera una ola de descontento y ¿serán los populistas pseudocientíficos nuevamente los ganadores de la protesta?

Las implicancias políticas y sociales del desmoronamiento generalizado de la credibilidad se expresan en el movimiento antivacunas. En caso que la inoculación esté mal desarrollada el daño sería incalculable. El sistema global, maltrecho como está, no toleraría otro golpe.


Mookie Tenembaum es filósofo y analista internacional, autor de «Desilusionismo», ed. Planeta.

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