La “nueva normalidad” no es lo que quieren que te creas

Si queremos encontrar sentido al concepto de “nueva normalidad”, considerémoslo como un eufemismo que en realidad supone un juego de propaganda

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nueva normalidad
¿Qué supone la nueva normalidad? (Foto: Flickr)

Por Ángel Manuel García Carmona

En algunos países occidentales (principalmente europeos), en teoría, las cuarentenas masivas forzosas han ido llegando a su fin (por lo general, en base a procesos de “desescalada”). Se supone, atendiendo a datos oficiales, que la incidencia del coronavirus, codificado como COVID-19, es mucho menor que a comienzos de la pasada primavera.

Lo normal es que tras la tormenta u otra tempestad, llegue la calma (bueno, por poner otro ejemplo, también es obvio que cuando alguien se recupera de una intervención quirúrgica cardíaca recupere su actividad normal). Pero en este caso, parece que buscan una serie de aditivos de perspectiva psicológica.

En exclusiva, a la par que nos informan de rebrotes puntuales con un sesgo de amenaza condicionada de restablecimiento del secuestro político (confinamiento), nos hablan de una “nueva normalidad”. Puede sonar como algo redundante o como una burda cursilada pero, ¿cuál es el trasfondo verdadero?

Por “prevención”, nos exigen combinar nuestra rutina con distanciamiento y uso de mascarillas

Ya sea a la espera de una vacuna (un asunto que abre una discusión paralela, pero no por los motivos generales del movimiento antivacunas, que hace una combinación de infundios antimercado y juegos de selección natural darwiniana) o a fin de “contener rebrotes”, nuestro retorno a la normalidad no está siendo tan “libre”.

Por decisión de nuestros burócratas de turno, siempre tan interesados en planificar toda la dinámica espontánea social desde un punto concéntrico, tenemos que salir a la puerta de la calle con la boca y la nariz tapadas literalmente (hablando con rigor, piensan en que utilicemos algún utensilio sanitario de protección).

Hablamos de las llamadas “mascarillas” o, en algunos países hispanoamericanos, “tapabocas”. Sí, y les da igual la que vayamos a utilizar (hay quienes se han atrevido a reconocer, con criterio sanitario, su inefectividad, ya que concentran dióxido de carbono y otros microorganismos). No tienen por qué ser las “más efectivas” FFP-2 y FFP-3.

Al mismo tiempo, nos imponen una “distancia social” (con pretexto de seguridad inmunológica) de entre uno y tres metros de longitud (ya sea en la calle, en los salones de actos o en los lugares de culto), aunque, por cuestiones lógicas, en una terraza o en una mesa de restaurante, es imposible hacerlo si vas con tu pareja, tus amigos o tu familia.

La adaptación a la crisis y los avances tecnológicos

Independientemente de la interferencia en la discusión del apartado anterior, resulta innegable que ciertas tendencias tecnológicas (con sus correspondientes aplicaciones) han visto su proceso de permeabilidad considerablemente acelerado, como consecuencia de esta “crisis”.

Ya sea para intentar mitigar los efectos del estrangulamiento económico y las modalidades de bloqueo económico, para no mermar demasiado la formación académica (no necesariamente la que es obligatoria o está reglada considerablemente) o para mantener el contacto social (aunque virtualizado), Internet ha sido clave.

El teletrabajo era, hasta ahora, una especie de beneficio social que concedían las empresas, para determinados días de la semana, con la mera intención de facilitar la conciliación personal y/o familiar del trabajador (igual que se puede proporcionar un ticket de restaurante o un seguro de vida).

No obstante, en cuestión de semanas, las empresas han tenido que adaptarse al mismo a una velocidad astronómica, sin haber tenido demasiados problemas de productividad. De hecho, consideran que puede ayudar a reducir costes de infraestructura, y se resalta en actuales ofertas de trabajo. Por ello, puede decirse que ha venido para quedarse.

Lo mismo ocurre con el e-learning, que si bien estaba cobrando su popularidad en el ámbito universitario y del área extracurricular (no necesariamente mediante plataformas como edX y Udemy), está generando un impulso de mercado que lleva a las unidades presenciales a reinventarse para sobrevivir de cara a futuro.

Por otro lado, para bien y para mal, contando con las aplicaciones previamente mencionadas, uno puede corroborar que cuatro tendencias serán clave: el Big Data, la computación en la nube, el blockchain y la inteligencia artificial. Estaban avanzando y adquiriendo relevancia en el mercado y el tejido productivo, pero esto las impulsa. 

Ni orden espontáneo ni seguridad sanitaria

Como se ha indicado antes, la clase política (con la correspondiente colaboración de una prensa determinada) tiene interés en que asumamos la nueva normalidad como una temporada de precaución sanitaria. Aunque si pensamos en los avances tecnológicos, mejor para ellos, dentro de su interesada anestesiología.

Ahora bien, la “nueva normalidad” que, en colaboración con los ideólogos, otros burócratas, ciertas élites, las Big Tech y varias unidades de agit-prop viene a ser un avance en el ordenamiento político que ellos pretenden, basado en la quinta fase revolucionaria (queramos llamarlo o no “criterio del NOM”).

Sin discutir la incidencia sanitaria (así como tampoco su posible resultado de la acción humana en un laboratorio que ya debería de ser bastante conocido), cierto es que esta situación ha sido vista como una oportunidad para realizar uno de los mayores ensayos sociales contemporáneos, jugando con la “psicosis colectiva” y el síndrome de Estocolmo.

Los decretos de “estado de alarma” o “estado de emergencia” han reforzado los resortes de poder de no pocos gobernantes (España es un ejemplo considerable de ello, así como un ejemplo de dictadura posmoderna, al mando de socialistas y comunistas como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias). Véase como una aplicación de las leyes marciales.

Al mismo tiempo, advirtiendo de caos descoordinado cuando ha correspondido, se ha procurado incidir la “necesidad” de avanzar hacia el Estado único global (nula descentralización), que basado en una falsa religión artificial, también apostará por un férreo intervencionismo económico.

Por otro lado, en materia económica, aparte de cuestionar la poca libertad que en general aseguran muchos de estos Estados modernos, se busca reforzar el papel de unos bancos centrales que crean masas crediticias muy artificiales. Pero es que se está tratando de acostumbrar a la gente a no pagar en metálico.

El problema que tienen con el dinero en efectivo no es de “obsolescencia” ni de “salud”. Básicamente aprovechan el paso del Pisuerga por Pucela para que ninguna transacción económica se escape del control estatal (de esta forma, pueden expoliar más aún), con el cual colaboran muy estrechamente los big businesses del sector financiero.

Asimismo, al control de las transacciones financieras se suma la amenaza mayor sobre nuestra privacidad, por medio de las cámaras térmicas, ciertos sistemas de videovigilancia y las llamadas apps anti-COVID19, con las que, en realidad, se busca monitorizar el más mínimo movimiento del ciudadano.

Por lo tanto, ya finalizando, si queremos encontrar sentido al concepto de “nueva normalidad”, considerémoslo como un eufemismo que en realidad supone un juego con la propaganda y la “falsa inseguridad” para estrangular a la sociedad y anular sus libertades, vulnerando la libertad de mercado, la subsidiariedad y otros patrones naturales.


García Carmona es ingeniero de software y reside en Madrid, España.

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