Paradojas del capitalismo: ¿por qué vence en un mundo al que no convence?

El capitalismo ha tenido éxito allí donde ha florecido. Sin embargo, aún albergamos en nuestro corazón una enorme antipatía hacia él. ¿Por qué?

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El capitalismo es cambio y en ello reside su antipatía. (Foto: Flickr)

Por Antonini de Jiménez

Cuando comparamos el grado de bienestar de los países capitalistas y socialistas las cifras son concluyentes. La esperanza de vida es claramente superior en los primeros  (80,4 a 64,0); la renta per cápita alcanza un rango medio de 27 000 dólares anuales frente a  los 6000 de los segundos. La pobreza extrema es treinta veces superior en las economías socialistas (30,9 frente a 1,9). Entre los más humildes, son once veces más ricos los que residen en zonas capitalistas (11 000-4700 versus 2118-1080). Y, sin embargo, aún albergamos en nuestro corazón esa antipatía hacia el capitalismo. ¿Por qué?

El economista austriaco Joseph Schumpeter dio en la tecla. El capitalismo funciona a raíz de un inagotable impulso de destrucción creadora. No destruye para aniquilar, como ocurre en la guerra, sino para perfeccionar. Reemplaza lo viejo por lo apropiado gracias al mecanismo de libre competencia. ¿No se parece la lógica del capital a la selección natural donde lo viejo perece para que lo nuevo tenga cabida? ¿No es precisamente esto lo que más nos fastidia del capitalismo, es decir, que nos ponga en nuestro sitio sin pedir permiso? El capitalismo es cambio y en ello reside su antipatía. Nuestra aversión al cambio es total. Preferimos “hacer como sí” para que las cosas no cambien realmente (cambiamos de [email protected] para no cambiar nosotros mismos, y así con todo). El capitalismo es, en este sentido, un refinador de las pasiones humanas. Pero hay más en su intolerable desprecio. Es cambio; pero no de cualquier tipo. En su cambio hay violencia; eso sí, creadora (creación-destrucción-creación). Y eso tampoco le gusta a nuestro cerebro anticapitalista. Más centrado en confirmarse en lo que alguna vez le funcionó, juzga el cambio como amenaza.

“Dentro del sistema nervioso central hay estructuras que rechazan el cambio. Una de ellas es el tronco cerebral, que aparece por primera vez en los reptiles. Dentro del tronco cerebral, formando parte de este sistema reptiliano, están los llamados ganglios de base. Allí se depositan las conductas que hemos aprendido, y una de sus características, es que tienen neofobia, es decir, miedo a lo nuevo”, afirma R. Rosler en entrevista para El Cronista.

Otra fuente de desprecio, esta por su culpa, radica en dejar sus deberes a medias. El capitalismo nos hace más libres; y también más esclavos. La competencia favorece la movilidad entre clases sociales (antes del capitalismo solo existían estamentos), pero en esa horizontalidad entre individuos nos condena a la auto-esclavitud. En el capitalismo nadie manda pero todo el mundo obedece.  Multiplica las oportunidades a la vez que concentra beneficios. A tal fin, aparta de nosotros las jerarquías (eclesiásticas, militares (…)) pero no nos ofrece ninguna fórmula de auto-control. El individuo queda abandonado a su suerte para elegir racionalmente entre alternativas (los menos) o para ser elegido por ellas (los más). Por esta razón el capitalismo hace sentirnos esclavos en un mundo cada vez más libre.

El pensamiento socialista convence porque en su naturaleza no está vencer (la historia es su mejor maestra; de ahí su preferencia por la memoria). Aspira a seducir; nunca a conquistar. Las estadísticas no le acompañan en su dramatismo (¡el capitalismo no aumenta la pobreza sino nuestra preocupación por ella!). El prestigio del socialismo alberga un placebo religioso (chivo expiatorio) que disipa el efecto de la culpa: esa, que se inscribe en forma de desprecio a todo progreso humano (¡quién soy yo para merecer tanto!). Profundicemos un poco más. ¿Y si el socialismo fuera el antídoto que usa el capitalismo para no caer preso del placer que nos provoca las cosas que elegimos? El socialismo encarna, por un lado, la amenaza (ser consumidos por aquello que consumimos) y, por el otro, la distancia (simbólica) que nos mantiene alejados del peligro (intervención estatal, etcétera). Fíjese en cómo el becerro de oro (consumo sin límites) amenazó la estabilidad del pueblo de Israel solo aplacada por la autoridad de la ley de Dios (el gran Estado). Sin el freno ejercido por el pensamiento socialista el capitalismo sería como esos hijos de padres indolentes cuyo comportamiento agravia un espíritu intransigente y acobardado. El socialismo no está en condiciones de realizarse (¡Dios nos salve!) pero no es del todo inútil. Su ventaja radica, en cambio, en servir de contrapunto al único y verdadero enemigo del capitalismo; el sentimiento hedonista que brota de la debilidad humana; ese que dice “consumo, luego existo”.


Antonini de Jiménez es doctor en Economía y profesor de la Universidad Católica de Pereira.

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