El agua y la Coca Cola

Las elecciones con un único partido no tienen legitimidad ni validez en el juego limpio de las democracias contemporáneas

Venezuela
¿En qué se parecen las elecciones en Venezuela a el agua y la Coca Cola? (Foto: Flickr)

Por Andrés Villota

En medio de una clase le preguntaron al profesor Miguel Gomis Balestreri por el momento en el que Venezuela había dejado de ser una democracia y se había convertido en una dictadura. Para contestar, planteó un experimento. A un vaso con agua pura, agréguele gotas de Coca-Cola. Desde la primera gota de Coca-Cola, el agua dejó de ser pura. Y con el tiempo se convierte en un líquido que no se sabe bien lo que termina siendo.

En medio de los delirios del dictador Nicolás Maduro, la última gota de agua que le queda a Venezuela son las votaciones. Por eso las promueve y, a pesar de la quiebra técnica de la economía venezolana, prefirió comprar máquinas para que los venezolanos puedan votar, antes que adquirir medicinas, alimentos o gasolina. Con sus días contados en el poder, la dictadura trata afanosamente de mostrarse como una “democracia” para que la traten como tal, reconozcan su gobierno, le levanten las sanciones y le quiten el precio a la cabeza de los altos jerarcas de la narco dictadura. Pretensiones, por demás, bastante ambiciosas, absurdas y tardías.

En un mundo gobernado por la democracia y el libre mercado, los pocos regímenes comunistas que se niegan a desaparecer, tratan de ser aceptados en la comunidad internacional promoviendo votaciones, pues desde su visión totalitaria, se trata del elemento por excelencia que utiliza la extrema izquierda para “legitimar” su permanencia en el poder de manera vitalicia.

En el año 2019, Cuba proclamó una nueva Constitución que, como gran logro, integró derechos y libertades que desde el siglo XIX existían en las democracias liberales del mundo libre, a la vez que aceptó que existan votaciones. Pero esos derechos civiles y políticos fueron anulados al interior de la misma Carta Magna, porque ratificó la existencia de un único partido. El Partido Comunista de Cuba (PCC) es el único al que pueden “votar” los cubanos.

Así como no puede existir subastas con un único postor, las elecciones con un único partido no tienen legitimidad ni validez en el juego limpio de las democracias contemporáneas. Aunque desde la visión totalitaria de una dictadura comunista asumen que, ante los ojos del sistema internacional, dejan de ser percibidos como dictaduras, por tener votaciones. Votaciones, no elecciones libres, porque no tienen la diversidad de candidatos y partidos políticos, necesaria para poder elegir y ser elegidos.

Por eso Nicolás Maduro convoca a la oposición a que se presente a las elecciones parlamentarias del próximo 6 de diciembre del 2020. La nueva presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE), Indira Alfonzo, anunció que el número de diputados fue incrementado de 167 a 277 escaños. A pesar del cambio en la cabeza del desacreditado CNE, las autoridades electorales venezolanas dejaron de tener, hace mucho, algún nivel de credibilidad o confianza en Venezuela y en el mundo por lo que no son consideradas como un validador legítimo para los resultados que se produzcan.

Jean-Bédel Bokassa le da a Maduro dos ideas de lo que podría hacer. La primera, es que se puede convertir al islam, como lo hizo el dictador de la República Centroafricana (RCA) que dejó al catolicismo para congraciarse con el dictador libio Muamar Gadafi. Su conversión duró desde septiembre hasta diciembre de 1976. Los meses que necesitó para pedirle ayuda a Libia dada su situación económica calamitosa.

La República Islámica de Irán es, en este momento, el único gran auxiliador de la dictadura venezolana. Por eso, en gesto de agradecimiento, Nicolás Maduro izó la bandera de Irán en las emblemáticas Torres del Silencio en Caracas. Y le entregó a la dictadura islámica, una cadena de supermercados franco-colombiana (Casino-Éxito) que había sido expropiada por Hugo Chávez en el año 2010. Convertir a Venezuela al islam, podría facilitar esa “cooperación”.

La otra decisión que puede tomar Maduro que hizo Jean-Bédel Bokassa para que no lo calificaran de dictador sanguinario en la comunidad internacional, fue autoproclamarse como el “emperador de África Central por la voluntad del pueblo centroafricano, unido al partido político nacional, el MESAN” y pasó a llamarse el emperador Bokassa I. Dejó de ser dictador para pasar a ser emperador, pero ni eso lo salvó de su caída en 1979.

Nicolás Maduro con esa votación parlamentaria en diciembre y su resultado, delira con volver a Venezuela, otra vez, una “democracia”. O por lo menos, darle algún grado de legitimidad a un régimen que pasó de la democracia a la tiranía desde hace muchos años. De agua, ya nada le queda en el vaso.

Hacer lo que hizo Jean-Bédel Bokassa puede no sonar descabellado para un dictador desesperado que se enfrenta a una presión cada vez más creciente en lo interno, por la crisis sanitaria y económica que se agudiza con el paso de las horas, y en lo externo, con una orden de captura por narcotráfico y lavado de activos, y con una comunidad internacional nada tolerante con las violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Ser emperador le dio a Bokassa I tres años más en el poder. A Maduro I  ¿cuántos años más le podría dar en Miraflores, si se autoproclama emperador?


Andrés Villota Gómez es consultor en temas de inversión responsable y sostenible, y es excorredor de bolsa con más de 20 años de experiencia en el mercado bursátil colombiano.

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