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España, en las puertas del infierno

Por: Eduardo Castillo - Nov 6, 2014, 12:26 pm

Una descarga eléctrica que se inicia, una explosión química, y respuestas involuntarias dicen presente. Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas de España (CIS) han aparecido, el Barómetro de Octubre nos muestra una España que cada vez más le da la espalda a los partidos tradicionales y parece refugiarse en el nuevo Robin Hood rojo de moda: Pablo Iglesias y su partido Podemos, de nombre empalagoso y astuto.

El CIS es un centro adscrito al Ministerio de la Presidencia. Durante años, sus estudios han sido notablemente certeros y de referencia obligatoria para cualquier análisis profundo de la coyuntura española. Se entiende entonces por qué tanta expectativa generada en los medios y los analistas españoles.

Como boy scouts alrededor de la fogata, esperamos la nueva historia que el CIS contará. Los analistas, la prensa, los medios en general, expectantes, especulaban con la demora. Al fin, este 5 de noviembre salió en la web, y los análisis confirmaban lo que se preveía en otras tribunas: Podemos se ha instalado en el electorado.


Pero ¿qué más nos ha dicho el último informe del CIS sobre la realidad española?

El CIS ha encontrado un incremento en la preocupación por la corrupción. Se trata de un problema que corroe la confianza de los españoles en el sistema. La España de hoy está inconforme con su Gobierno y partidos. Además, parece exigir la profundización del Estado de bienestar, no su adelgazamiento, como sucedió en otras latitudes. El español promedio reclama mejores servicios públicos, en casi todo, y el discurso progresista de Podemos cuadra perfectamente en estos reclamos.

El empalme entre la agenda particular, la pública y la de los medios se convierte en caldo de cultivo de las opciones personalistas. De la inconformidad con los procesos y decisiones institucionales, al reclamo de firmeza y velocidad en el accionar, hay poco trecho. Muchos países han degenerado democráticamente por esta vía.

Aquí entra en acción el partido relámpago que ha sido Podemos. Con menos de un año, la agrupación que dirige Pablo Iglesias, se ha colado entre las principales opciones electorales, poniendo en peligro el bipartidismo que se había establecido en España a principios de los 90, y aún más grave, la democracia y sus instituciones. Esto lo ha logrado de forma peculiar, conectando los problemas a un mismo concepto que lo explica todo: la casta.

Denunciando a diestra y siniestra, arremetiendo con el concepto de “casta”, como si de martillar las mentes españolas se tratase, Podemos ha sido muy efectivo en adaptar transversalmente un concepto que se presta a la libre interpretación de cualquier inconforme con la situación actual.

Casta es quien posee dos o tres autos; casta son los ejecutivos que ganan más de 3 salarios mínimos; casta son todos los “hijos” de la Constitución española de 1978; casta son los políticos populares y socialistas (no sus votantes, por ahora), los enriquecidos y los cómplices. La casta será lo que Pablo Iglesias quiera.

La casta será siempre aquel grupo de personas que se apropian de los impuestos del colectivo, pero no porque se denuncie lo injusto de los impuestos, sino el destino que se les da. Resulta que a la mayoría de los españoles no les molesta el nivel de impuestos, sino el hecho de que no se refleje en servicios. Así, la casta es culpable de “embolsillarse” la educación, la sanidad, y la prestación por desempleo.

No es extraño leer en todo esto un “no se salvará nadie”, que recuerda a las proclamas de los revolucionarios chavistas y su venganza con el pasado. Ese nadie es absoluto, pero a la vez difuso, no se sabe con exactitud quienes son. Las voces de Podemos responden: la casta.

Se puede especular todo lo que queramos, pero los resultados adelantan que PSOE y Podemos serían mayoría. Noticias agrias para el Partido Popular, pero que se edulcoran un poco al estar prácticamente cerrada la posibilidad de una alianza entre ambas agrupaciones.

Podemos quiere barrerlo todo, acabar el Estado actual, que aún no llaman burgués porque quieren gobernar, y eso requiere aparentar “centrismo”. En las europeas denunciaron a la UE, proponiendo la salida del euro y el rechazo al pago de la deuda española. Claro, ambas situaciones son camisas de fuerza para el socialismo desbocado, como el que Podemos aspiraría construir en España.

Son evidentes las coincidencias entre las promesas que hacía el chavismo en Venezuela en su fase electoral de los 90 y las que hace hoy Podemos. El chavismo de entonces prometía acabar con los políticos y la corrupción, aunque era menos incendiario con organismos internacionales de lo que es Podemos. A fin de cuentas el escenario ha cambiado, y el régimen bolivariano se ha convertido en modelo a seguir para Iglesias.

No puede pasarse por alto la colaboración de los dos cabezas de Podemos con el proceso venezolano. Admiradores y asesores de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, los defienden y propugnan como alternativa al neoliberalismo y a la casta que, según ellos, predomina en tierras ibéricas. Nunca está de más recordar los nexos comprobados entre Iglesias, Juan Carlos Monedero y el Gobierno bolivariano.

Casta es el equivalente a la “oligarquía”, que tanto utilizó Chávez. Su objetivo es el mismo, colocar a tirios y troyanos en un mismo paquete. Ambas fórmulas parecen encerrar la clave del éxito. El cóctel sociológico que presenta España con su descontento masivo frente a la política se asemeja al venezolano de finales de los 90. Ninguna democracia está a salvo.

En este contexto, son típicas las victimizaciones. Si hay agrupaciones que se han beneficiado de la ola de interés que la crisis española ha desatado en los medios de comunicación, tanto en Venezuela como en España, son el chavismo y Podemos. Parte de la estrategia consiste en denunciar los malos tratos de los medios, para así, una vez utilizados, puedan avanzar hacia su expropiación y censura. Yerran gravemente los intereses que creen que pueden controlar al populismo.

Como Dante, en las puertas de Europa, se podría escribir: “Abandonen toda esperanza”.

Editado por Elisa Vásquez