Las razones del divorcio en la oposición venezolana

Miembros del Gobierno (e) acusan, sin ningún tipo de pruebas, a ciudadanos venezolanos de ser parte de campañas financiadas por el G2 cubano

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A la izquierda los líderes opositores que permanecen aliados a las decisiones de Guaidó, y a la derecha, los que se han ido distanciando. (Fotomontaje: PanAm Post)

El 23 de enero del presente año me encontraba en la oficina de mi antiguo trabajo en Bogotá. Me había marchado a una de la salas de conferencia para poder estar solo y hacer seguimiento a lo que ocurría en Caracas. Trabajaba en J. Walter Thompson con puros colombianos, era evidente que nadie iba a entender que estuviese pegado al Twitter.

Durante las dos semanas anteriores me la había pasado escribiendo todos los días sobre la necesidad de que Juan Guaidó se juramentara. En lo emocional habían sido días muy tensos: mi mamá me escribía a cada rato a pedirme información, porque en Venezuela no se podía enterar de lo que estaba ocurriendo, y a mí no me quedaba cabeza para mi “trabajo”.

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Estaba esperando la juramentación de Guaidó como si fuera el momento que finalmente le daría sentido a mi vida. Lo analizaba casi como el inicio de una nueva era, quedaría atrás la oscuridad para darle paso a la luz; ingenuamente volví a ver el final de la dictadura muy cerca. Cuando Guaidó levantó su mano y juró ante los venezolanos fungir como presidente (e) para salir de Maduro, no pude evitar llorar. En ese momento me sorprendieron unos compañeros de trabajo y me vi en la obligación de explicarles, estaba llegando el momento de volver a casa (o al menos eso pensaba).

Recuerdo esa tarde al salir del trabajo, iba pensando en lo extraño que sería que mi país ya no estuviese gobernado por el chavismo. En el trayecto en bus hasta mi apartamento en Cedritos, estuve pensando en todo lo que haría al regresar a Venezuela, en los proyectos que habían quedado incompletos, en las empresas en ruinas de mi papá, y en lo diversos eventos culturales que quería promover. Esa misma noche, Antonio Ledezma se pronunció diciendo que iría al día siguiente al Senado de España, a pedir el reconocimiento formal a la figura del presidente (e) Juan Guaidó.

La mañana siguiente me desperté con una sensación extraña. Se me hacía tan inminente la salida de Maduro del poder, que era extraño, siempre imaginé que la salida del chavismo se daría por la madrugada mientras yo dormía, despertaría con la sorpresa; pero nunca había imaginado que el chavismo saldría a plena luz del día de una forma tan evidente.

Creo que el país nunca había estado tan unido. Quizás desde el 2013 en aquella campaña presidencial de Capriles, no se sentía tanta esperanza en los venezolanos, tanto fervor, tanta alegría. Tanto así fue, que cuando Diosdado acusó a Guaidó de reunirse con él clandestinamente en un hotel de Caracas para «negociar» y tratar de desprestigiarlo, no recibió la etiqueta de colaborador, sino la de héroe, por burlar al capo del Cartel de los soles y a Jorge Rodríguez con el famoso video del hombre encapuchado.

Los días comenzaron a pasar. Cada vez más países se sumaban al reconocimiento del Gobierno interino de Guaidó. El régimen hacía aguas y el presidente (e) lanzó la estrategia que movilizó a todos un país:

Acompañando a las declaraciones de cumplir con los tres pasos establecidos, el presidente interino constantemente hacía referencia a que no se sentaría a negociar con dictadores, ya que el único camino posible hacia la libertad iniciaba con el cese de la usurpación. Esto claramente rompía con los modelos de liderazgo anteriores, tan difamados en Venezuela por ser dóciles ante la dictadura, por promover diálogos en los puntos más álgidos y de inestabilidad para el régimen, por retroceder marchas a última hora, por no defender resultados electorales. La aparición de Guaidó en el movimiento opositor había caído como anillo al dedo.

Ese primer mes todo iba in crescendo, se anunció una ley de amnistía para los militares que abandonaran el régimen y se pusieran del lado de la Constitución, incluso se hizo el anuncio de la entrada de la ayuda humanitaria, para lo cual alentaban a los soldados venezolanos a abandonar a Maduro. También se organizó el famoso concierto Venezuela Live Aid, cuyos fondos irían a parar en ayudas a los venezolanos más necesitados. Era todo una fiesta, una fiesta de esperanzas. Y la oposición estaba más unida que nunca.

El 22 de febrero se dieron cita en Cúcuta una gran mayoría de políticos de oposición. Hasta Diego Arria viajó a la frontera con Colombia para abrazarse con Guaidó, quien estaba acompañado de una gran comitiva. Ese día se corría con la incógnita de si el presidente (e) sería capaz de burlar a los soldados del régimen para cruzar la frontera, y así fue, dando una “aparente demostración” de que los filtros de seguridad de Maduro se habían roto.

Ese 22 de febrero fue un día de fiesta en Venezuela, Colombia y el continente. Muchos llegaron a augurar que al día siguiente Maduro anunciaría la rendición (yo ya empezaba a ser un poco más escéptico).

El 23 de febrero se produjo el primer gran fracaso de Guaidó, pues no solo la ayuda humanitaria no entró a Venezuela, sino que, además, gran parte de su improvisación sería pagada por los militares que escucharon su llamado de abandonar el régimen.

Ese 23 de febrero el chavismo sacó a los presos a proteger las fronteras, quemaron dos camiones con ayuda humanitaria, dispararon contra los manifestantes del otro lado de la frontera y se afianzaron al poder por la fuerza. Esa fue la primera demostración durante el ciclo Guaidó, en la que apuntalaban que no se les ocurriría salir de Miraflores por las buenas, tal como ya lo habían demostrado en años anteriores.

Los días siguientes una nube gris volvió a apoderarse del ánimo del país. Volvió el escepticismo sobre la eventual salida de Maduro y hubo mucho silencio de las autoridades sobre la realidad de la ayuda humanitaria. Durante esos días, el Gobierno (e) intentó vender los acontecimientos del 23 de febrero como un triunfo. Muchos esperaban que el actuar agresivo de los esbirros de Maduro sería el antecedente ideal para que Guaidó pidiera ayuda militar externa, habían usado convictos para reprimir ciudadanos, y a los ojos de cualquier organismo internacional sería una causa más que justa. Sin embargo, nunca se dijo nada, jamás se mencionó la idea si quiera por parte del gobierno (e) y, poco a poco, se fue perdiendo la esperanza.

Semanas después del fatídico 23 de febrero, había recibido informaciones de que los militares que habían viajado para apoyar a Guaidó estaban en pésimas condiciones en Cúcuta. Por tanto, viajé para entrevistarme con ellos, y lo que me narraron fue sumamente desalentador: dirigentes de Voluntad Popular les pidieron que fueran a la frontera para ingresar la ayuda humanitaria y posteriormente avanzar hasta derrocar a Maduro, y de los pasos establecidos, no se dio ni el primero; un trasfondo muy grande hubo detrás de esto.

En primer lugar, los dirigentes políticos cercanos al Gobierno (e) no realizaron ningún tipo de gestión previa de identificación con el Gobierno colombiano. Esto quiere decir que cada vez que un militar venezolano cruzaba la frontera, era tomado por migración y llevado a las oficinas para realizar un proceso de verificación a su entrada al país. Una gran parte de los militares estuvo en dichas oficinas hasta el día siguiente. En otras palabras, nunca pudieron actuar. Por si fuera poco, pasado el día del entusiasmo, el Gobierno (e) se olvidó de ellos. No tenían ningún estatus migratorio, ni dinero, ni dónde hospedarse. A duras penas el Gobierno de Colombia se encargó de ellos, pero los hombres que los estimularon a abandonar a Maduro, luego del 23 de febrero, los olvidaron por completo.

Las semanas pasaban y el discurso de Guaidó no cambiaba. Una parte del país y líderes de la oposición le comenzaron a pedir que activara el artículo 187 #11, y el R2P. A estas solicitudes el presidente (e) hizo oídos sordos y fue entonces cuando comenzaron a aparecer los quiebres.

El 30 de abril hubo un nuevo intento por, aparentemente, retomar la democracia. Leopoldo López fue liberado y Guaidó se presentó en las calles de Caracas en compañía de militares venezolanos; sin embargo, desde el punto de vista estratégico, una vez más la operación fue un desastre. El grupo que pretendía expulsar a Maduro no tomó los medios de comunicación, hicieron llamados exclusivamente por redes sociales y la pequeña llama se apagó.

En los días posteriores al evento se dio a conocer que el exjefe del Sebin, Cristopher Figuera, en compañía del empresario bolichico César Omaña, Maikel Moreno y Vladimir Padrino, habían acordado establecer un Gobierno de transición, donde ellos fueran la cabeza del mismo. Esto dio a entender que la presunta operación consistía en sacar a Maduro, pero dejar al chavismo intacto. Fue ese el momento lapidario, la credibilidad de Guaidó se terminó de hundir.

Habiendo pasado un par de meses desde la juramentación de Guaidó, y una falta evidente de articulación efectiva para sacar a Maduro del poder, la presión ciudadana comenzó a aumentar. Por primera vez se puso en tela de juicio la batuta del presidente (e) por la falta de voluntad para activar mecanismos de fuerza y un discurso que en vez de invitar a los aliados a articular una ayuda militar, los alejaba. Además, salió a relucir el caso de desvío de fondos destinados a la ayuda humanitaria por parte de miembros de Voluntad Popular y, aunque Guaidó dijo que designarían un contralor para investigar, esto nunca ocurrió.

Diputados de la Asamblea Nacional comenzaron a cambiar su discurso: ahora todo pensamiento contrario, y toda exigencia de cuentas a las autoridades legítimas del país se consideraba una afrenta, de la que siempre responsabilizarían al G2 cubano. Y así, por medio del lenguaje, convirtieron a todo el que sospechara o se atreviera a cuestionar a Juan Guaidó, en un supuesto agente de Cuba.

La opinión unánime comenzó a quebrarse, y los miembros cercanos del Gobierno interino, lejos de intentar conciliar y conversar con los que pensaban que era necesaria la ayuda militar, comenzaron a tildar de traidores, G2 cubanos y divisionistas a quienes estuvieran en desacuerdo con el planteamiento del presidente interino. Fue inmediata la exclusión a los que presentaban un pensamiento distinto, y así lo expresó Diego Arria:

El desafortunado evento que terminó de romper el matrimonio entre Guaidó y gran parte de los venezolanos fue cuando, tras tanto insistirle, un domingo por la mañana anunció que activaría el TIAR, tan solo para anunciar, un par de horas después, que enviaría una delegación a Barbados a negociar con la dictadura. Rompiendo así su propio esquema y dando por entendido que el anuncio anterior era tan solo un caramelo que había lanzado para apaciguar el repudio de su última decisión.

Los meses posteriores la disputa opositora ha ido en aumento. De lado y lado los improperios son cada vez más frecuentes y ya no se guardan las formas. Todo esto desencadenó en unas declaraciones lamentables del excandidato presidencial, Henrique Capriles, en las que llamó “Boltonistas” a quienes piden a las autoridades hacer lobby ante la comunidad internacional para ir conformando un grupo militar y, además, tildó de “loca” a María Corina Machado.

A estas alturas el divorcio es inminente, no solo entre los líderes de oposición, sino entre la sociedad civil, aunque periodistas afectos a Guaidó intenten hacer ver lo contrario; como es el caso de Ibeyise Pacheco, quien suele referirse a los que no concuerdan con el desempeño del Gobierno (e) como una pequeña minoría y además hace referencia a que esa opinión es creada en laboratorios rusos. Estas fantasías no hacen más que evidenciar que esa Mesa de Unidad tan disconforme hoy, cada día actúa de formas más similares a los que decían combatir, se expresan con improperios públicamente ante quienes piensan distinto y acusan sin ningún tipo de pruebas a ciudadanos venezolanos de ser parte de campañas financiadas por el G2 cubano, o laboratorios rusos, por el simple hecho de no estar de acuerdo con Guaidó.

Antes de culminar, es importante resaltar lo siguiente: solo quien tiene el poder de tomar decisiones, es quien tiene el poder de dividir a la sociedad, y ese sujeto es hoy en día el presidente (e).

A Guaidó me gustaría recordarle, con mucho respeto, que él es un presidente accidental, pues no fue electo por el voto popular; fueron las circunstancias y no el voto consciente de los ciudadanos, quienes lo llevaron a ocupar la posición que hoy ejerce, por lo que sacar pecho de su condición ante periodistas venezolanos e intentar disminuir a John Bolton, como hizo hace un par de días, no es adecuado.

La función del presidente interino era la de finalizar con el cese de la usurpación y llevarnos a unas elecciones libres, no estar haciendo campaña en el país para consolidar una posición política. Si el presidente (e) quiere volver a unir a la oposición, es prudente que convoque a todos los líderes políticos a participar y debatir ideas para acabar con la usurpación de Maduro.

Aprovecho para recordar que fue él mismo quien en el 2014 afirmó que no podían haber diálogos con la dictadura mientras hubiese presos políticos, estudiantes imputados, asesinos sueltos y la Constitución estuviese secuestrada.

Es un buen momento para preguntarle: ¿qué ha cambiado en estos cinco años?, ¿qué ha mejorado?, ¿por qué ahora sí es un buen momento para dialogar cuándo no lo era el 2014?, ¿qué pasó con ese Juan Guaidó?, ¿dónde está?

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