América Latina enfrenta una guerra híbrida, la región está en riesgo

La región está al borde de caer frente a los grupos anarquistas, la izquierda quiere incendiarlo todo para gobernar sobre cenizas, ¿hasta dónde se debe extender la desgracia para decididamente frenarla?

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SANTIAGO (CHILE), 26/11/2019.- Miles de personas protestan este martes en la céntrica Plaza Italia, rebautizada popularmente como «Plaza Dignidad», durante una nueva jornada de protestas en Santiago (Chile). EFE/Alberto Valdés

El continente nunca había enfrentado un ataque sistemático tan brutal como el que actualmente hacen frente las instituciones de los países democráticos. Lo que viene aconteciendo, lejos de ser simples actos de rebeldía de facciones políticas, es una guerra con todas sus letras. Los señores que representan a la izquierda en América Latina, comandados por el castrismo cubano y el chavismo venezolano, han emprendido una cruzada para recuperar el poder perdido. Y lejos de recurrir a los mecanismos que establecen las constituciones de cada país, han decidido quebrantar el orden establecido, incendiar los principales sistemas de transporte en las capitales de América, destruir edificios, vandalizar comercios, saquear mercados, enfrentar a civiles con los cuerpos de seguridad, destruir las economías y, en definitiva, ver el mundo arder.

Para nadie es un secreto que en la década anterior América Latina se tiñó de rojo, con gobiernos socialistas electos gracias a la influencia de los petrodólares que Chávez inyectó en la región. Si bien tras el triunfo de Chávez comenzaron a verse mecanismos autoritarios e injerencistas, nadie puede negar que su llegada al poder fue democrática, así como lo fue la de Lula, Evo, Kirchner, Bachelet, Correa, entre otros. Pero el tiempo siempre es testigo de los fracasos, y estos señores sostuvieron una falacia socialista mantenida por las reservas existentes en sus respectivas naciones, y al financiamiento concedido el fallecido expresidente venezolano, para consolidar su modelo autoritario, ineficaz y expansionista. No en vano el país que sostuvo las economías de media América Latina en la década anterior (Venezuela), es quien hoy sufre la peor crisis económica de la historia moderna.

Una década fue suficiente para que los pueblos medio despertaran del hechizo producido por el populismo. Basta con que el dinero en el que se apoya el enorme gasto público de estos sistemas se agote para que las naciones toquen fondo y vuelvan a la realidad. El socialismo no es tan difícil de explicar, es exactamente lo mismo que hace un adolescente encaprichado e inconsciente al recibir una gran herencia: lo primero que hace es irse de fiesta con sus amigos, emborracharse, comprarse un carro de lujo, presumir del mismo, continuar con la fiesta, hacer una que otra obra de caridad para justificar su propio derroche, y así, hasta que el dinero se acabe y deba empezar a culpar a los demás de su propia estupidez.

Si bien en la década anterior el continente se tiñó de rojo, lo que ocurre actualmente es mucho más grave, puesto que, agotadas las falacias y mentiras, a sabiendas que difícilmente podrán volver a engañar al electorado, la izquierda ha optado por desestabilizar a los países de la región para imponer sus agendas. Sin el respaldo económico de Chávez y el petróleo venezolano, tendrán que acudir una vez más a las viejas prácticas de las guerras no convencionales, las guerras asimétricas y lo que hoy se denomina guerra híbrida.

Que el socialismo no funciona y que los izquierdistas intentan imponerlo a la fuerza no es una opinión, son hechos, es data científica, está pasando frente a nuestras narices. El socialismo ha sido un fracaso donde quiera que haya sido aplicado. Lo demuestran los números y por eso siempre terminan recurriendo a la fuerza, al resentimiento, al odio, a la mentira, al adoctrinamiento, al populismo. Porque para ellos la verdad y los hechos nunca estarán de su lado.

La guerra, la lucha por la verdad está en sus horas más oscuras, pues además de la evidente desestabilización que anuncian desde Caracas con bombos y platillos, el adoctrinamiento y la propaganda comunista, los mensajes contra el “sistema”, contra el capital y la economía, son cada vez más latentes.

En las últimas semanas he estado en Santiago de Chile y Buenos Aires, donde abunda la propaganda roja. Paredes llenas de grafitis que piden muerte al neoliberalismo, el boicot a la economía, la vuelta a los sistemas de organización social por comunas. Es una amenaza latente y constante para llevarnos a todos de vuelta a la edad de las tinieblas, al oscurantismo, a la miseria, al hambre, tal como ocurre en mi país natal: Venezuela.

En Chile han pasado más de 40 días y la ciudad capital sigue en caos, en llamas. Los enfrentamientos entre civiles y policías siguen ocurriendo, a pesar o quizás porque Piñera ha sido sumamente endeble y permisivo con los delincuentes que han destruido la capital de todos los chilenos. En Colombia hoy ocurre algo similar. Estaciones del Transmilenio, el sistema de transporte masivo más importante de Bogotá, ha sido atacado y quebrantado por delincuentes, que incluso se han atrevido a filmarse haciéndolo para llamar a la continuación del caos, argumentando que el Estado debe pagar por sus destrucciones; dañando a sus conciudadanos, dañándose a ellos mismos. Todo gracias a la subversión, a la mentira, a la infiltración de agentes del caos y a la propagación del odio y el resentimiento como bandera política.

Si los buenos se acobardan ante los malos, entonces tendremos que permanecer arrodillados por siempre ante la instauración de los sistemas de distribución de miseria que los mismos pretenden establecer. Lo más grave no es estar siendo asediados por los enviados del mal, lo más grave es lo permisivos que están siendo quienes tienen el poder para hacerle frente a esta gran tragedia. Cuando los factores democráticos de una región o país pretenden hacerle frente a los ataques subversivos y tiránicos de grupos rebeldes con acciones conciliadoras, empiezan a perder todos y pierde terreno la democracia, porque quien irrespeta el derecho de los demás para imponer su agenda, no está enmarcado dentro de la Constitución, y no puede ser tratado con caricias y diálogos. El único destino para todo subversivo debe ser la prisión. Y si ese subversivo se sale de control, conforma un Estado, y un grupo terrorista para atacar los demás territorios, entonces eso se sale de toda lógica democrática y entra al campo de la guerra. Allí no queda de otra: hay que luchar, sacar las armas, disparar o de lo contrario ser cómplice de cómo se derrumban de a poco los sistemas democráticos y claudicamos por cobardía ante el mal.

Es momento de hablar fuerte y claro. Individuos como Nicolás Maduro y Diosdado Cabello no pueden ni deben tener derechos humanos. Individuos que infiltran células del mal para destruir las democracias no son corderitos de buena luz. Los sistemas y las mafias criminales son precisamente eso, sin una letra menos, mafias criminales, y estas nunca, jamás en la historia de la humanidad, han sido derrotadas con diálogos, con razones, con apaciguamiento. Todos los engendros del mal han sido derrotados exclusivamente con un elemento: la fuerza, y en este caso, o imponemos la fuerza del bien, o nos dejamos apabullar por las más grandes lacras de América Latina.

Las cabezas que lideran la guerra no convencional de la región deben caer. Hasta que esto no ocurra, en América Latina jamás volverán a existir garantías democráticas, seguridad jurídica ni crecimiento económico. Continuará proliferando la pobreza, y seguiremos en este círculo vicioso de inestabilidad política y subdesarrollo.

Los Castro tienen más de 60 años en Cuba, los remanentes de Chávez tienen más de 20 años en Venezuela. ¿Cuántos años más tienen que pasar? ¿Cuántas desgracias más deben suceder hasta que los líderes de la región comprendan que estos sistemas criminales no saldrán nunca por las buenas? ¿Hasta dónde se deberá extender esta desgracia para decididamente ponerle un parado?

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