La reinvención ideológica de América Latina: una necesidad

La realidad que pocos se atreven a reconocer, es que el mundo ha estado dominado el último siglo por distintos matices de izquierda, y para avanzar es menester reconocerlo: hemos sido derrotados, toca repensar el mundo y América Latina

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Durante el último siglo hemos vivido engañados. Nos han hecho creer que la humanidad se ha partido en una lucha entre izquierda y derecha, cuando lo cierto es que, con la salvedad de Estados Unidos, el mundo ha sido dominado por la izquierda internacional y sus metanarrativas de forma casi absoluta.

El socialismo ha vencido y sigue venciendo en distintas latitudes porque su discurso ha calado hondo y han logrado manejar a su antojo la narrativa mundial con su papel de víctimas en una lucha heroica contra el “malévolo capitalismo”, y nada de esto ha sido casualidad, detrás de esto ha habido escuelas de pensamiento, medios de comunicación, universidades, celebridades, intromisión en todos los recintos culturales de la vida y muchos grupos de interés.

La izquierda de hoy dista mucho de aquella izquierda que se opuso a los poderes monárquicos extremos de la Francia de finales del siglo XVIII, de hecho, si yo hubiese nacido en aquella época, yo hubiese sido de izquierda, pues esa izquierda era la que se oponía al absolutismo de los monarcas y las aristocracias, a las tiranías, y a las nulas condiciones de apalancamiento social que eran secuestradas por lo que aquel entonces se denominaba, la derecha conservadora.

Hoy los papeles se han invertido por completo, hoy es la izquierda la que quiere dominar por completo todos y cada uno de los aspectos de la vida de los individuos, su colectivismo y dominio absoluto de todos los medios de producción, no difiere en lo absoluto de las monarquías de siglos atrás, cuando todo el poder estaba en manos de un pequeño grupo de aristócratas, y el resto de seres humanos debía arrodillarse ante ellos sin la posibilidad de progresar. Es hoy la derecha liberal la que propone Estados más limitados, con poderes más restringidos, con una democratización de los medios de producción a través del florecimiento de la empresa privada y las posibilidades de desarrollo y progreso para todos los individuos; sin embargo, la doctrina socialista ha continuado imponiéndose, y cómo hemos advertido, nada ha sido casualidad.

A lo largo de la historia estos laboratorios de pensamiento han logrado incluso tergiversar los totalitarismos colectivistas para pasarlos a la derecha de la ecuación ideológica, fomentando aún más su discurso de víctimas. Así convirtieron al nacionalsocialismo de Hitler y al fascismo de Mussolini en movimientos de “derecha”, cuando ambos eran socialistas extremos; el propio Hitler en su libro Mein Kampf estableció que su movimiento iba dirigido a captar las juventudes de extrema izquierda, de hecho, para Hitler, él era el auténtico socialista, y Marx no era más que un instrumento del capitalismo judío internacional; y que decir de Mussolini, que militó durante 15 años en el Partido Socialista italiano, antes de ser expulsado por llamar a participar en la guerra que fue cuando formó las milicias fascistas, con las que más adelante se enfrentaría a sus antiguos compañeros de partido.

No obstante, hoy para el mundo Hitler y Mussolini son la más fiel representación de la “derecha”, de hecho, los socialistas del mundo así tildan a todo el que apoye el libre mercado y la democratización del capital, de fascistas y nazis, y esa es precisamente la mayor victoria metanarrativa de la izquierda mundial.

En el mundo lo que ha imperado en el último siglo han sido luchas entre distintas izquierdas, no son enemigos ideológicos, son perros luchando por un mismo pedazo de carne, pasó en la lucha entre los nazis y socialdemócratas alemanes, entre los fascistas y socialistas italianos, entre estalinistas y trotskistas, y sin ir muy lejos, ocurre hoy con el chavismo y la oposición socialista venezolana, conformada por un grupo de cuatro partidos “socialdemócratas y socialcristianos”.

El socialismo a nivel mundial ha ido adoptando diferentes máscaras y facetas para continuar expiando sus pecados y gobernando a sus anchas, por eso surgen tantos partidos y definiciones de “socialismo”, pero todas tienen el mismo fin: monopolizar los medios de producción, adueñarse de las naciones y convertir a los seres humanos en un colectivo que trabaja para los burócratas del Estado. Y es que, el socialismo no solo ha arrodillado y quebrado a los ciudadanos en donde quiera que se haya implantado, es que también han sido los productores de las mayores desgracias mundiales ocurridos durante el último siglo: la hambruna que mató a 40 millones de chinos, el holodomor que mató a diez millones de ucranianos y rusos, la Segunda Guerra Mundial originada por el pacto entre nazis y bolcheviques para repartirse Europa, la catástrofe nuclear de Chernóbil, y hoy, el coronavirus exportado desde China que afecta la salud, la paz y la economía mundial.

Lamentablemente América Latina no está exento de este cáncer ideológico, de hecho, es uno de los portadores más extremos de esta peligrosa enfermedad que ha destruido a países que llegaron a ser infinitamente prósperos como Venezuela y Argentina, y ha sumido a las peores catástrofes a una isla que llegó a ser la más desarrollada del Caribe, como lo fue Cuba.

Sucede que, aunque el socialismo fecundado en Europa llegó un poco tarde a América Latina, en esta región con altas tasas de pobreza y falta de educación ha sido sencillo implementar el sistema social colectivista a través de discursos populistas para el chantajismo electoral, perpetrando así un clientelismo donde el votante es comprado con dádivas estatales, mientras continua empobreciéndose y necesitando cada vez más del Estado; es por esto que lo que predomina en la región son los partidos socialistas con sus distintas máscaras y grados de extremismo. El resultado en el continente es la multiplicación de la pobreza, el subdesarrollo, la proliferación de las injusticias, complejos de inferioridad y totalitarismos.

La realidad que pocos se atreven a reconocer, es que con excepción de los Estados Unidos, el mundo ha estado dominado el último siglo por distintos matices de la izquierda internacional, y para avanzar es menester reconocerlo: hemos sido derrotados, toca repensar el mundo y América Latina, y de eso es lo que trata este libro, de repensar el continente y el mundo.

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