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El socialismo chavista encuentra su nuevo disfraz ante el colapso inminente

Por: Guillermo Rodríguez González - Jul 18, 2016, 11:15 am
(La Tercera) socialismo
En Venezuela y Colombia debió importar el asunto a quienes no apoyan al socialismo del siglo XXI. (La Tercera)

Algo que tal vez decidió el destino del continente para las próximas décadas pasó ante nuestros ojos recientemente en Guatemala; pocos notaron que mientras el promedio de políticos chapines miraban a otro lado, el Departamento de Estado sometía la justicia guatemalteca a través del embajador norteamericano y el Alto Comisionado de la Naciones Unidas, con aplauso de periodistas, intelectuales y artistas de la izquierda globalizada.

El experimento pretendió entregar el país –o al menos parte del mismo– a quienes iniciaron y perdieron la guerra civil, para tras firmar la paz no ganar elección alguna. Pocos quieren ver que ciertos grupos de “defensores de derechos humanos” son mafias de ex guerrilleros dedicados a la extorsión y manipulación de campesinos para su nueva agenda política. Mafiosos que controlaron territorios, protegidos por la embajada americana, la fiscalía general de Claudia Paz y Paz Bailey, y el alto comisionado de las Naciones Unidas para los derechos humanos en Guatemala.

Condenar a la fuerza a Rios Mont por un genocidio, que sería cualquier delito menos ese, fue la justificación publicitaria del control supranacional del poder judicial que impondría, contra los tratados de paz y el derecho, la venganza contra quien los derrotó por las armas y los votos. Pero el  control supranacional era el objetivo en sí mismo, no para tomar el poder sino para recibirlo poco a poco de sus aliados en Bruselas, Oslo, Nueva York y Washington. Lograron la venganza y la buena prensa global, así como la impunidad de sus mafias, aunque el poder, todavía no.

 

Fuera de Guatemala, los próximos objetivos de la nueva estrategia no se enteraron de nada, excepto de la propaganda que encubrió el esfuerzo por imponer desde fuera a quienes adentro no pueden ganar una elección para impulsar la constituyente que elimine la división de poderes en la práctica. Los exguerrilleros no capitalizaron electoralmente la crisis de legitimidad política que existió en Guatemala, pero encontraron otras vías para alcanzar cierto poder, sin armas ni votos. Y mientras experimentaban en Guatemala la estrategia alternativa que debían implementar en Colombia, el ocaso electoral del Foro de Sao Paulo se acercaba, y lo alternativo podía pasar a principal, de ser necesario. En Venezuela y Colombia debió importar el asunto a quienes no apoyan al socialismo del siglo XXI. No fue así. En Venezuela los socialistas en el poder sabían de qué lado estaban, con el terrorismo disfrazado que aspiraba a recibir el poder de manos del odiado Departamento de Estado, cuando lo dirigía la hoy candidata presidencial demócrata Hillary Clinton. ¡Qué escándalo para los ex guerrilleros fallidos y sus aliados en el poder en Caracas, la Habana, Managua, La Paz y Quito! Pero en política el apoyo se toma de donde venga. Los socialistas opositores en Venezuela hasta se dedicaron a repetir convencidos la propaganda de sus enemigos. Lo de Guatemala les mostró la nueva estrategia para Colombia; los términos del acuerdo que se negociaría en La Habana y lo que con ello buscarían las FARC.

FARC que pretenden impunidad y amnistía por secuestros, asesinatos, torturas y el resto de delitos contra civiles y militares. Amnistía para ellos, pero no para militares, policías u otros agentes del Estado que los combatieran.

No importa lo que se firme, de sus aliados externos pretenden lograr no sólo su impunidad, sino la persecución judicial de quienes los derrotaron. Quieren retener sus armas, confirmar “de derecho” su control de hecho sobre territorios y poblaciones, y para la agenda política del socialismo del siglo XXI –el camino a la constituyente, y demás– aspiran a un buen número de diputados y senadores propios; parlamentarios que sean nombrados sin la molestia de someterse a elección.

El proyecto electoral del Foro de Sao Paulo vive su peor momento; pierde una elección tras otras, incluso en Venezuela, antes su fuerte electoral y donde ahora resiste por medio de la represión y el control político del Tribunal Supremo contra una Asamblea de mayoría opositora. Socialista pero opositora. Maduro publicita la entrega del control del racionamiento de alimentos a los militares que ya lo controlaban, asciende al generalato a cientos de oficiales formados en la doctrina neocomunista, militarizando así su gobierno y su discurso. Arriesgado, pero lógico; el tutelaje militar neocomunista sobre un eventual poder civil contrario sería la última defensa de una plaza que quieren sostener a toda costa.

En Guatemala los neocomunistas en medio de las protestas callejeras y sin esperanza de ganar una elección que elevó a otro tipo de outsider –ahora presidente–, pretendieron promover la suspensión de elecciones y un “acuerdo nacional” teledirigido por la oficina del Alto Comisionado de la ONU, para un prologado gobierno de transición, previo a una Asamblea Constituyente a su imagen, pero fallaron. La violencia en Guatemala no es política sino criminal y se alimenta de la fracasada “guerra a las drogas” de los EE.UU. La única violencia política significativa es de grupos de exguerrilleros derrotados, que se escudan tras la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) para operar como mafias político-criminales.

Guatemala fue terreno de experimentación, el objetivo es Colombia. Ahí pretenden un Estado dentro de Estado para unas FARC que son una de las mayores transnacionales del narcotráfico, multimillonaria en dólares, con feudos territoriales, poder de fuego propio y tentáculos garantizados en los poderes del Estado. El peligro es obvio. Adicionalmente, los gobiernos neocomunistas latinoamericanos armaron e ideologizaron delincuentes creando sus Tonton Macoutes rojos. Perdiendo el poder les serviría mantenerlos como Estados dentro de Estados, disfrazados de ONG´s “defensoras de derechos sociales” apoyadas desde Europa y los EE.UU.

Gane quien gane las elecciones en los EE.UU. la estrategia de repliegue y disfraz aplica. Clinton es su vieja aliada del experimento Guatemalteco, poco confiable pero útil. Trump sería su enemigo, pero uno capaz de crear crisis adecuadas para que, por una u otra vía, lleguen nuevamente al poder, donde lo pierdan, o justifiquen la represión donde lo sostengan. Replegarse a reductos inexpugnables es una clave, otra es la destrucción de quienes defendieron al Estado de sus intentos de tomarlo por la fuerza, de eso hemos visto ejemplos desde Guatemala hasta Argentina y me temo que veremos más en Colombia y el resto del Continente. Es el nuevo ropaje del enemigo.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.

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