La ciencia económica requiere una macroeconomía del capital desde la Escuela Austríaca

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El gran problema de la macroeconomía al uso es que carece de conexión real entre el corto y el largo plazo. (iv)

Mi amigo el filosofo Gabriel Zanotti aclara que, aunque “no es lo mismo la moneda en la antigua Roma y en el Washington actual […] Cuando Mises define moneda como una mercancía que demandamos no para consumo directo, sino para intercambiar por otras mercancías que sí demandamos directamente consumir, está haciendo una definición fenomenológica, universal, de la relación intersubjetiva que llamamos “cambio indirecto”.

O en otras palabras, de la evolución del intercambio, surgió una categoría de relación que se institucionalizó como dinero. Explicando al  fenómeno, la teoría del dinero da cuenta de lo común al dinero de la antigua Roma, el Washington actual. Y a todo dinero.

Porque tenemos teoría monetaria podemos afirmar que, tal como en la interferencia sobre el sistema de precios, el sostenimiento de un precio regulado exige la regulación de otros hasta que todos los precios queden regulados.

La interferencia arbitraria del poder político sobre cualquier característica del dinero que evolucionó como medio de intercambio indirecto de general aceptación, conduce fatalmente a interferencias sobre todas sus características. Y a la interferencia creciente en todo lo relacionado al dinero. Creando infinidad de distorsiones que se traducen en escenarios de oportunidad artificiales. Escenarios en que se desperdicia inevitablemente capital.

El gran problema de la macroeconomía al uso —de Keynes en adelante— es que, como señaló Robert Solow (prestigioso economista tan distante de la Escuela Austríaca como de otra galaxia) carece de conexión real entre el corto y el largo plazo. La ausencia de anclaje microeconómico coherente es el problema. Eso se ha evidenciado en los estériles intentos de desarrollarlo dentro del paradigma macroeconómico dominante. Esfuerzos que inevitablemente sacrifican la aplicabilidad de la teoría para conservar una cierta rigurosidad. Signo de la crisis del paradigma.

Explicó en La Teoría del Dinero y el Crédito Mises que: “no existe relación aritmética directa entre un aumento o una disminución en la emisión de medios fiduciarios, por una parte, y el aumento o disminución del tipo de interés que esto ocasiona de forma indirecta a través de sus efectos sobre la distribución social de la riqueza […] La redistribución de la propiedad hace que los agentes económicos individuales tomen decisiones distintas de las que en otro caso hubieran tomado.

Tratan a los bienes de que disponen de manera diferente; los asignan de modo diferente entre el empleo presente (consuntivo) y el empleo futuro (productivo). […] De hecho es indudable que, por muy grande que sea el aumento en la cantidad de dinero en el sentido amplio, ya se origine en un aumento de los medios fiduciarios o en el aumento en la cantidad de dinero en sentido estricto, el tipo de interés nunca podrá reducirse a 0.

Y también como “Nada ha sido más fácil que burlar las medidas legislativas encaminadas a la protección del patrón monetario. Todos los gobiernos, incluso los más débiles e incapaces, lo han hecho sin dificultad. Su política bancaria les ha permitido crear una situación que el patrón oro estaba destinado a evitar: el sometimiento del valor del dinero a las fuerzas políticas. Y, habiéndose arrogado este poder, lo gobiernos lo han empleado del peor modo posible”.

El problema es que la estructura dinámica del capital tiende a reequilibrarse a través del proceso de mercado. De lo que se pudieran suponer interrelaciones causales de ciertos resultados agregados con otros agregados. Algo sin sentido en tanto haga abstracción del proceso por el que aquello en realidad ocurre. Lo que efectivamente hizo la macroeconomía al uso desde finales del primer tercio del siglo pasado.

En Tiempo y Dinero, Garrison actualiza y “traduce” la teoría austríaca del capital a los términos de la macroeconomía post Keynes, para proponer una macroeconomía de la estructura de capital de la Escuela Austríaca –Teoría Austriaca del Capital y Teoría Austríaca del Ciclo– como el camino de solución a la fundamentación microeconómica de la teoría macroeconómica.

Tarea pendiente para  economistas de la Escuela Austríaca desde que Hayek pasa de La Teoría Monetaria y el Ciclo Económico y Precios y Producción a una inconclusa Teoría Pura del Capital. Y lo deja ahí, dedicándose a otras líneas de investigación. Su investigación es una vía para retomarlo, y Garrison la resumió en Tiempo u Dinero. Aunque no fuera el único economista de la Escuela Austriaca que se ocupase del problema. Fue el que más profundizó esa línea de investigación, desde lo que distingue a la Escuela Austriaca, pero en términos compresibles para economistas formados en otros paradigmas.

Garrison afirma que “En respuesta a la cuestión ¿De que tratan las expectativas tenemos la teoría de malas percepciones monetarias de los Nuevos Clásicos, la teoría del ciclo económico real, y la nueva teoría keynesiana. Este es el estado de la moderna macroeconomía. Mientras cada una de estas teorías contiene demostraciones rigurosas de que los supuestos sobre expectativas son coherentes con la teoría misma, ninguna va acompañada de razones convincentes para creer que hay una conexión entre la construcción teórica y la verdadera actividad económica en una secuencia de expansiones y depresiones. La aplicabilidad ha sido sacrificada al rigor. La proyección keynesiana nos ha llevado a este final estéril”.

Y lo cierto es que la teoría de la estructura del capital sí conecta razonablemente el corto y largo plazo. Está lejos de explicar todo, pero es la que más explica de lo que realmente ocurre. Considera el tiempo transcurrido entre que el ahorro se invierte en la compleja estructura del capital para iniciar la producción —lo que implica invertir en etapas alejadas e incluso extender la estructura— y que los bienes de primer orden llegan a sus demandantes finales.Para ser consumidos.

Y considera que las distorsiones de origen monetario pueden inducir errores sistémicos en los agentes. Errores generalizados que ocasionan alargamientos insostenibles de la estructura del capital hacia los bienes de orden superior en etapas de auge. Errores que se saldan en cada crisis cíclica, con el doloroso ajuste posterior.

 

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