La humanidad tendrá un futuro de libertad, o no tendrá futuro

Cuando los marxistas afirman que su utopía requiere un “hombre nuevo” al servicio del colectivo admiten involuntariamente que necesitarían hombres con cerebro de hormiga

La humanidad tendrá un futuro de libertad, o no tendrá futuro. (Az)

Es importante que cada quién planifique su propiedad y su vida porque los iluminados que pretenden tomar la propiedad y planificar la vida de todos no conocerán jamás las circunstancias de cada uno. Al centralizar la economía el socialismo impide la formación de precios sin los que es imposible el cálculo económico.

De hecho, la información que permite una sociedad compleja y diversa a gran escala ni siquiera habría surgido en una economía planificada centralmente. Tal economía se mantendría únicamente en condiciones completo aislamiento, totalitaria represión, estacionario atraso y pobreza masiva. Cuando los marxistas afirman que su utopía requiere un “hombre nuevo” al servicio del colectivo admiten involuntariamente que necesitarían hombres con cerebro de hormiga.

Las sociedades civilizadas a gran escala difieren de una colmena de insectos “sociales”. Son infinitamente más complejas porque son resultado evolutivo involuntario de la identificación y aprovechamiento de oportunidades por individuos que buscaban sus propios fines. Los insectos de colmena carecen de tal diversidad de objetivos individuales. Y los hombres primitivos pudieron mantener cierta comunidad de fines únicamente en grupos pequeños. Primitivas tribus similares a jaurías. La coexistencia pacífica de humanos en grandes números únicamente fue posible superando aquél orden atávico.

La clave de la civilización es lo que en economía se define como función empresarial. El identificar y aprovechar oportunidades. Descubrir y emplear medios útiles para fines subjetivos. Hacer ganancias. Aunque la ganancia que se busca al identificar y aprovechar oportunidades es tan subjetiva como los fines individuales. Quien descubre nuevo conocimiento científico, antes que otros, puede ver o no su éxito recompensado. Pero de verlo será en prestigio más que en dinero.

Aunque luego pudiera traducir lo primero en lo segundo, para ello debería identificar primero una serie de oportunidades completamente nuevas. Pero quién identifica y aprovecha una oportunidad mercantil, verá su éxito traducido en más capital. Que únicamente se traducirá en prestigio si identifica para su capital –como medio–  nuevas oportunidades que le conduzcan a tal fin.

La innovación siempre es descubrimiento de nuevos medios para alcanzar fines subjetivos. Y todos los grupos humanos son –en mayor o menor grado– hostiles a la innovación. La innovación tiende a devaluar la experiencia, el conocimiento y la tradición de las que dependen las personas. La innovación productiva siempre es disruptiva. Y ocasionalmente puede poner en duda la legitimidad del poder establecido.

Mantener libertad económica con autoritarismo político es una posibilidad temporal que resulta insostenible a largo plazo. O la corrupción da al traste con el estado Derecho y la libertad económica retrocede. O aspiraciones cada vez más diversas en poblaciones cada vez más prósperas dan al traste con el autoritarismo.

La disrupción improductiva termina en sistemas totalitarios muy conservadores. El marxismo ya instauró su primera dinastía hereditaria estable en Corea del Norte. Y adoptó soluciones parcialmente capitalistas –capitalismo sojuzgado y corrompido para mantener un totalitarismo socialista sangriento– en la República Popular China para estabilizar la dictadura del partido y prevenir un colapso. Con su “capitalismo” tutelado en enclaves –que incluso así de limitado ha sacado de la pobreza secular a cientos de millones– el totalitarismo socialista pudiera institucionalizar dinastías y aristocracias mercantilistas sobre economías menos débiles que las del socialismo del siglo XX.

En occidente el socialismo “blando” y la zapa intelectual de la civilización de la libertad son parásitos de economías capitalistas y democracias liberales a las que enferman. Y pueden matar. Necesitamos nuevas soluciones políticas liberales para reformar instituciones que ya no son capaces de evitar el despotismo. La democracia que practicamos ya no es una barrera al despotismo. Es el mejor mecanismo para establecerlo.

Pero no es lo único que puede ser. En “Derecho Legislación y Libertad” anticipaba Hayek lo que vemos hoy. Y aclaraba:

“No es razonable esperar que en los miembros de asamblea parlamentaria sensibilizada a la idea de que deben velar por los intereses de sus electores vayan a coincidir las cualidades humanas que los teóricos de la democracia atribuían a quienes debieran representar una muestra fidedigna de la opinión popular. Tal realidad, sin embargo, en modo alguno implica que, en la medida se le solicite a las masas la elección de representantes a quienes les esté vedada la posibilidad de otorgar concretos favores o prebendas, no vayan aquéllas a ser capaces de seleccionar a hombres cuyo buen criterio merezca su confianza, sobre todo si la elección se realiza entre personas que, en el desarrollo del cotidiano quehacer, hayan alcanzado buena reputación. Parece, pues, conveniente encomendar la labor legislativa propiamente dicha a una asamblea de hombres y mujeres elegidos para la función pública a una edad relativamente madura y por un período de tiempo suficientemente dilatado”.

Vivimos el mayor crecimiento económico global de toda la historia humana. Todo condicionado a muy limitadas y frágiles concesiones a la libertad económica en totalitarismos temerosos. Al mismo tiempo se degrada la cultura occidental de cuya institucionalidad emergió y sigue dependiendo la libertad y prosperidad que la parte más rica del mundo disfruta. Y en buena parte del tercer mundo amenaza con extenderse nuevamente el socialismo revolucionario más brutal con nuevos aliados. Ésta prosperidad global extraordinaria es todavía muy frágil.

Únicamente con una evolución cultural e institucional que garantice el desarrollo libre de los individuos en grandes sociedades, la tradición institucionalizada dará soporte a la disrupción productiva y contendrá la disrupción improductiva. Pero todo depende del resultado de una guerra cultural que definirá si ha de prevalecer el individualismo en sociedades libres, o la esclavitud colectivista en sociedades totalitarias. Sin olvidar que llevado a sus últimas consecuencias, lo única que garantiza el colectivismo totalitario es el colapso de la civilización. Y tal vez incluso la extinción de la especie humana. Así que el asunto es que la humanidad tendrá un futuro de libertad, o no tendrá futuro.

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