Al fallido atentado a Maduro sigue la predecible escalada de represión y propaganda

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(EFE/Cortesía Prensa Miraflores)

Sumando lo que interesa –por legítimos u obscuros motivos ideológicos, políticos y financieros– a dueños, periodistas y analistas de unos y otros medios destacar con lo que interesa a la mayor del público ver –o leer– se obtiene “lo que es noticia”. Lo curioso es que la idiotez y pesimismo de las mayorías incida hoy tanto o más en su voluntaria desinformación que los sesgos de medios, periodistas y fuentes relevantes.

En un gigantesco maremágnum de información –en que navegan mejor que nunca las más diversas fuentes de intencionada desinformación– y aunque parte del mundo todavía está bajo gobiernos totalitarios –o ferozmente autoritarios– donde la censura impera, el interés de la abrumadora mayoría de ciudadanos –con acceso a más y más diversa información que nunca en la historia– en los países más libres se dirige principalmente a “noticias” sin relevancia, económica, política, estratégica, científica o tecnológica. Interesan chismes, tonterías y curiosidades más o menos escandalosas antes que cualquier otra cosa.

Es su derecho. Y si en el mundo imperasen Libertad, propiedad y Derecho no sería problema. Pero no es así. Vivimos en un mundo peligroso en que mayorías intencionalmente desinformadas –y cada vez más inclinadas a los peores sesgos ideológicos– eligen a gobiernos de algunos de los Estados más poderosos de toda la historia humana. Una democracia de idiotas ignorantes voluntarios y feroces resentidos envidiosos suele estar condenada, tarde o temprano, a dejar de serlo cuando la demagogia institucionalice su tiranía.

Tras el confuso a lo visto mal planeado y peor ejecutado intento fallido de atentado contra Nicolás Maduro –con su respectiva estampida de uniformados– la represión acelerada y accidentada de “enemigos del pueblo” a “neutralizar” –tengan o no relación con el fallido intento– sigue el muy fundado temor que veamos el viejo guión soviético con sus conocidos tiempos y técnicas. Primero la condena. Luego la detención con más de secuestro que de arresto e interrogatorio “de sótano de Lubianka” pasando por investigación. Finalmente el teatro del “proceso”. Parte de una escalada de propaganda sirviendo de cobertura a represión accidentada y aleatoria. Pero sobre todo de distracción de las crecientes miserias.

Las señales son de eso y no de otra cosa. Lo que pudiera o no haber pasado me temo que por mucho tiempo quede oculto entre  propaganda, desinformación y mitos. Pero en el terreno de la realidad, un asesinato como evento aislado, de cualquier dictador en funciones difícilmente se traduciría en el colapso de un régimen dictatorial. Más probable sería que se recrudeciera la represión para el cambio de un dictador por otro. Quien se propusiera matar a alguien a la cabeza de un gobierno –especialmente un gobierno autoritario en abierto y rápido avance al totalitarismo– sabría que el resultado más probable del asesinato sería un enfrentamiento entre facciones internas que casi seguramente se resolvería –más o menos violentamente– sin cambio de régimen. Quienes creen que “la serpiente se mata por la cabeza” ignoran que las dictaduras tienen más de la mitológica hidra que del simple ofidio.

Ese y no otro es el principal motivo por el que el atentado aislado rara vez fue medio de una potencia contra la cabeza de un gobierno enemigo. Sería asumir riesgos y costos políticos muy grandes sin otro beneficio que un lance de dados de impredecible resultado. Sin dados cargados no hay potencia que apueste. Excluyendo desequilibrados, han apostado a eso en la historia casi exclusivamente quienes ascenderían al poder tras el asesinato de quien lo ejercía. Con sus aliados internos y externos, claro está. Y siempre involucrando mucho más que el simple evento aislado.

¿Quiénes serían unos y otros en la Venezuela que se desmorona a pedazos en medio de la tiranía socialista que la destruye material y moralmente con velocidad e intensidad inusitadas? Nadie fuera de los cenáculos de ese poder destructor –y de los más altos niveles de sus aliados y enemigos en el mundo– lo sabe realmente. Se pudiera especular partiendo de información parcial, muy limitada. Un ejemplo sería sospechar de quienes ascenderían realmente si algo así tuviera éxito.

Pero la razón por la que empecé con desinformación, propaganda y sesgos de tirios y troyanos, mayorías y minorías, intelectuales y masas, es que el grueso de las especulaciones medio informadas se estrellan contra esos muros. Y caen en lo que en ingles se denomina “wishful thinking” –término de uso frecuente en ese idioma– y entre nosotros “pensamiento desiderativo” termino poco conocido, pero práctica muy habitual y extendida.

Lo cierto es que Venezuela se desmorona material y moralmente. Desde la industria petrolera hasta la moneda. Más que de tercer mundo presentamos estadísticas de cuarto mundo en infinidad de materias. Y como país socialista, es nula la confiabilidad de esas otras optimistas estadísticas que presenta el poder gobernante sobre aquello que logra ocultar y disfrazar. Cierto es que vemos confluencias de una escala nueva entre política, ideología socialista radical y crimen organizado en el mundo. Y que no hay faltado purgas en la revolución chavista.

Como no han faltado –pese a la creciente y cada vez más violenta represión– protestas en sucesivas oleadas. La migración masiva incontrolable. Y una escalada delictiva en medio del desmoronamiento general que incluye desde la más violenta delincuencia común –hoy producto de sospechosa exportación– a la amplia y extendida corrupción política en que se entrecruzan socialismo gobernante y socialismo opositor. De la multimillonaria escasa de “bolichicos” a la más humilde del amplio y diverso mercado negro, natural e inevitable resultado del racionamiento.

Y cierto ha de ser –como cierto es que la mentira es la herramienta principal del socialismo– que todo lo que sirva de distracción –sea lo que sea– a tal efecto será usado por el poder socialista revolucionario para perpetuarse sobre la ruinas arrasadas que serán su único legado.

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