La paradójica irracionalidad del racionalismo extremo

Una creencia cultural —y también un prejuicio— en justamente la idea de racionalidad reducida única y exclusivamente al cálculo.

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La idea más extendida de la racionalidad es el cálculo.
(Foto: Flickr)

Pocos discreparían del que la idea más extendida de racionalidad entre nuestros contemporáneos sea sinónimo de cálculo, algo de orígenes razonablemente claros en la historia de la filosofía.
Inmanuel Kant exilió la metafísica al terreno de la creencia, reduciendo el saber racional a la integración copernicana de la matemática y la física, lo que asociamos acertadamente —y para bien— con el surgimiento de la ciencia moderna, pero también —para mal— con el conjunto de prejuicios que resultaron del racionalismo y positivismo llevados a extremos paradójicamente irracionales.

Una creencia cultural —y también un prejuicio— en justamente la idea de racionalidad reducida única y exclusivamente al cálculo. Está entre las causas del desconocimiento de los grandes avances de la economía escolástica tardía por los economistas clásicos británicos, algo que no se corregiría con la revolución marginalista que en el mundo anglosajón se resumió, de Marshall en adelante, en construir la teoría económica desde un agente maximizador racional, que en cuanto racional, tenía que ser reducido única y exclusivamente el cálculo.

Mantener tal concepto de racionalidad en lugar de explicar el proceso de la mente creativa que descubre fines, se redujo al agente que calcula medios y así, en los modelos del paradigma dominante, todo el orden de mercado se intenta explicar desde el supuesto de maximizar utilidad en términos de cálculo matemático, aunque lo que realmente ocurra en los cerebros humanos cuando realizamos intercambios económicos no se pueda reducir exclusivamente a eso.

El esfuerzo neoclásico de imitación de una física reducida a la mecánica clásica pretendió dar apariencia científica a una ciencia económica reducida a la racionalidad instrumental, lo que condujo pronto a no reconocer racionalidad alguna del agente fuera del cálculo. Es la frontera que va de Jevons, Baroni y Paretto, a Marshall y la mayoría del pensamiento económico posterior.

El modelo imitado se les atrasó y todavía no se dan por enterados, el asunto es que en materia de filosofía de la ciencia —que es a lo que el paradigma neokantiano tendería a limitar la filosofía “seria”— el paradigma económico dominante sigue anclado a la imitación de un método de las ciencias naturales cuya demoledora crítica para las propias ciencias naturales fue completada por epistemólogos como Kuhn, Lakatos y Feyerabend, algo que los modeladores neopositivistas prefieren aparentar no tener tener noticia. Craso error, pues entre las salidas a la crisis epistemológica está un irracionalismo e irrealismo más peligroso que ese racionalismo extremo que ya engendró los totalitarios de la modernidad.

Es curioso que mientras más liberal resulte una escuela del pensamiento económico, más tenderá a poner en duda el neopositivismo ingenuo, o en otros términos, y a riesgo de herir susceptibilidades, hay más neopositivismo estrecho en la escuela de Chicago que en la economía liberal alemana, como en esta que en la Escuela Austríaca. Esto lógico porque, en última instancia, el descubridor del valor marginal que no se inclinó a reducir la racionalidad al mero cálculo, manteniendo la visión del hombre como agente activo y creativo, fue Karl Menger.

No es poca la diferencia entre la escuela austríaca y las neoclásicas —y consecuentemente el keynesianismo, neokeynesianismo y síntesis neoclásica— cuando resulta ser nada menos que antropológica y epistemológica.

No es pues la influencia de la teoría económica lo que dificulta la difusión del pensamiento liberal, porque no carece la teoría económica de soporte a las intuiciones morales de las que depende la mejor fundamentación ética de la doctrina liberal. Tampoco es parte del problema que los liberales tiendan comprender mejor la realidad de la economía que los socialistas, como no es problema en absoluto que sean unos u otros, creyentes, agnósticos o ateos.

La envidiosa “moral” socialista y las doctrinas sobre ella construidas han encontrado asidero en occidente en la interpretación herética de la biblia, la extra bíblica proclamada revelación del espíritu santo, textos sagrados y enseñanzas de maestros de religiones orientales, sincretismos neopaganos, iluminismos hermético-gnósticos, racionalismos iluministas, y materialismos proféticos religiosamente ateos. Las fuentes no pueden ser más diversas, pero todas las variantes de socialismo comparten la misma ética impracticable. Son ideologías en el sentido que proponen un modelo de orden social afirmando su superioridad, pese a carecer de asidero alguno en la experiencia milenaria de la evolución social para sustentarlo.

El liberalismo no es en tal sentido una ideología, sino el resultado de la observación, identificación y explicación teórica de aquellas tendencias institucionales que, como producto del orden espontáneo de la civilización, no solo garanticen éxito evolutivo a las sociedades que las adoptan, sino que lo logren ampliando las posibilidades de desarrollo de la vida libre, mediante la valoración moral de la dignidad del individuo.

Lo que subyace tras esas ideas es una antropología filosófica que emerge desde la moral de la civilización en contraposición a la antigua moral tribal, porque va emergiendo muy lentamente de la propia civilización una idea del hombre para la que cada ser humano —en tanto individuo— es un fin en sí mismo y que su plenitud solo puede alcanzarse en la búsqueda racional y prudente de la felicidad en la virtud que le permite descubrir sus propios fines y perseguirlos mediante una espontanea e impersonal cooperación pacífica con infinidad de otros seres humanos a los que ni siquiera llegará jamás a conocer y con cuyos fines coopera tan activa como involuntariamente en el mercado.

El orden social civilizado resultado de la acción pero no de la voluntad humana, puede ser destruido —y lo ha sido en lugares desafortunados— desatando horrores genocidas cuando los absurdos del racionalismo extremo superaron las prevenciones del racionalismo crítico. La paradoja del que todo racionalismo extremo sea profundamente irracional, a su vez nos advierte del que irracionalismos que sí se asuman como tales podrán engendrar equivalentes horrores.

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