La insistencia del marxismo con el totalitarismo

¿Qué hace a los marxistas insistir una y otra vez en fracasados totalitarismos criminales?

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La doctrina detrás de la «dictadura del proletariado» es totalitaria y pseudoracional.
(Foto: Flickr)

El marxismo es la cosmovisión de Marx y Engels, quienes, al igual que sus seguidores, rara vez fueron claros.
Entre esas raras claridades está una carta a J. Weydemeyer en 1852 en la que Marx sostiene que “no soy yo quien merece el mérito por el descubrimiento de la existencia de las clases en la sociedad moderna, al igual que de la lucha que se dedica a ella. Los historiadores burgueses habían puesto delante de mí, el desarrollo histórico de esta lucha de clases y, algunos economistas burgueses me describieron la anatomía económica. Lo que yo aporto es la demostración de que la existencia de las clases sociales sólo va unida a las fases históricas a través del desarrollo de la producción, que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado”.

El marxista más importante –tras el profeta y su patrón– sería el que lograse imponer esa dictadura “del proletariado” sobre una nación, con un totalitarismo que no colapsara tan rápidamente como la reverenciada comuna de París. Y fue el aristócrata Vladimir Ulianov, alias Lenin. Él afirmaba que “la doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta. Es completa y armónica, dando a los hombres una concepción del mundo íntegra, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el sucesor natural de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés”.

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No mencionó Lenin las ciencias naturales, aunque Marx y Engels creían haber establecido ahí avances definitivos. Engels (con «Dialéctica de la Naturaleza y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana» y su crítica a Eugen Duhring) estableció una epistemología “científica” marxista, luego incuestionable dogma soviético para prosperidad de charlatanes como Lysenko (dogma al que rindieron pleitesía retorica físicos autorizados ignorarlo para dotar a la URSS de bombas atómicas).

En 1902 adelantó: “personas verdaderamente convencidas de haber impulsado la ciencia no reclamarían libertad para las nuevas concepciones al lado de las viejas, sino la sustitución de estas últimas por las primeras”.

En 1922 –ya dictador con una brutal policía política– respondió a la exigencia de libertad de crítica en su socialismo: “Permitidnos poneros delante de un pelotón de fusilamiento por decir eso. O bien evitáis expresar vuestros puntos de vista o, si insistís en expresar en público vuestras opiniones políticas (…) seréis los únicos culpables de que os tratemos como a los elementos peores y más perniciosos”.

Es obvio que hablamos de una fe dogmática primitiva, fanática y pseudoracional. Y de una religión que niega serlo. ¿Cuál es el núcleo central de esa cosmovisión que todo marxista compartiría como dogma de indiscutible veracidad? Pues lo que ellos denominan «dialéctica material de la historia». Sin eso no hay marxismo, y para los marxistas fuera de eso no hay explicación de nada.

Marx no sistematizó la terminología sobre dialéctica material de la historia, materialismo dialectico o materialismo histórico. Se refería a su dialéctica marxista como “ciencia”. El marxismo denominará “ciencia” a afirmaciones sin demostración alguna, establecidas por Marx en unas absurdas leyes históricas deducidas de su filosofía dialéctica.

La sistematización en materialismo dialéctico y materialismo histórico es de Georgi Plejánov. Recordemos que contra las profecías de Marx, su revolución llego al poder en la atrasada Rusia, no en capitalismos maduros. El primer dictador de ese primer totalitarismo marxista, Lenin, consideraba a Plejánov el padre del marxismo ruso. Y el segundo, Stalin, partiendo de Engels define el materialismo dialéctico como la aplicación de las leyes dialécticas a la naturaleza y el materialismo histórico como la extensión de las mismas a la historia.

Lo clave del materialismo histórico son los conceptos de “fuerzas materiales de producción” y “relaciones sociales de producción”, la “ciencia” marxista de la historia simplemente afirma que unas misteriosas fuerzas materiales de producción ocasionan unas misteriosas relaciones de producción. ¿Qué son unas y otras? Marx jamás lo aclaró. Únicamente las asoció a la tecnología afirmando cosas como: “al hacerse con nuevas fuerzas productivas, los hombres cambian su modo de producción, y al cambiar su modo de producción, su medio de ganarse la vida, cambian el resto de todas las relaciones sociales, el molino manual te da la sociedad del señor feudal; la máquina de vapor, te da la del capitalista industrial”.

Para los marxistas serían las fuerzas materiales las que determinan las ideas y no al revés. Creen que es la infraestructura material la que origina la superestructura ideológica. No lo contrario. Que las clases dominantes son encarnación de relaciones de producción y su pensamiento únicamente puede ser superestructura ideológica, como si las clases dominantes el lugar de cerebros tuvieran glándulas forzadas a secretar superestructura. También creen que las clases en ascenso revolucionario encarnan –en la misma forma– a fuerzas materiales de producción oprimidas por la superestructura ideológica. Y que tales contradicciones las soluciona la historia con sucesivas revoluciones, hasta la última y definitiva. La de ellos.

Marx pretende encajar ahí toda la historia y profetizar el futuro. La historia real no encaja y el futuro no fue el profetizado. Pero los marxistas siguen adorando lo que llaman “la historia” como al dios de una religión atea. Después de todo, afirman que en cada clase únicamente se pueden “pensar” superestructura. Excepto por el proletariado, la clase elegida del fin de la historia y el advenimiento del socialismo. Lo que no puede explicar Marx –y no llega siquiera a plantearse– es que él mismo, al igual que la casi totalidad de los pensadores marxistas, no fueron proletarios. Eso es el absurdo núcleo central en torno al que giran la infinidad de absurdas variantes ortodoxas, heterodoxas o heréticas de la totalitaria religión marxista. Y es eso, no lo accidental, lo que desde el poder únicamente puede ocasionar destrucción material y moral inconmensurable.

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