La vía para poner fin a la pobreza es capitalista

No hay forma sensata de debatirlo: solo el capitalismo ha sido capaz de sacar a millones de personas de la pobreza

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Singapur rechazó el socialismo y adoptó el capitalismo. (Foto: Flickr)

Algo indiscutible en la ciencia económica –teórica e históricamente– es que la vía para poner fin a la pobreza es capitalista. Y no hay otra. Sociedades pre-capitalistas, con amplia gama de arreglos institucionales, únicamente lograron –en sus mejores momentos– un crecimiento económico ínfimo, de la mano de una acumulación de capital lenta, apenas superando ocasionalmente al mantenimiento y reposición del existente.

No obstante, en la antigüedad –de Oriente y Occidente– hubo algunos destellos de innovación tecnológica y comercial casi logran cambiarlo todo. La Política, la guerra, el clima, tragedias naturales, la enfermedad, la hambruna y barbarie se impusieron. Todo, o casi todo, se perdió. Sería redescubierto –junto a nuevo conocimiento original– una y otra vez. Todavía subsisten sociedades pre-capitalistas tradicionales, como siempre muy pobres, aunque hoy llenas de productos de la tecnología y gestión capitalista, que serán incapaces de dominar –o crear– sin cambiar radicalmente sus primitivas instituciones.

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El socialismo, idea antiquísima y supersticiosa que en entre los siglos XVIII y XIX se disfraza de novedosa y científica, prometió al siglo XX una vía rápida al desarrollo –y fin de la pobreza– contraria al capitalismo. Pero es inviable en una economía avanzada y compleja. Obtiene, por medio de la centralización impuesta, desperdicio y brutal explotación, símbolos de poder como los que, tras lograrlos por idénticos medios, exhibían totalitarismos de la antigüedad, hoy como ayer, a costa de perpetuar la pobreza material y moral.

La pobreza cayó rápidamente mientras crecía la población por primera vez en incipientes economías capitalistas occidentales. Algo nunca visto. Incluso Marx –profeta del socialismo «científico» que pretendió desentrañar las leyes de la historia obteniendo la llave del futuro, para fallar todas y cada una de sus predicciones– admitía la novedad absoluta de aquello. El historiador Paul Johnson explica que antes del siglo XVIII era raro –incluso en economías relativamente avanzadas– un crecimiento anual del 1 %. A partir de 1780, Inglaterra logra el insólito crecimiento anual del 2 %. En diez años salta al 4 %. Este fenómeno es sostenido por medio siglo. Los salarios reales se duplicaron entre 1800 y 1850. Y volvieron a duplicarse entre 1850 y 1900, incluso cuando la población crecía como nunca antes y la fuerza laboral se multiplicaba en 400 % entre 1800 y 1850.

Las sociedades aferradas a instituciones pre-capitalistas siguen en la pobreza –atenuada por comercio, transferencia de capital, tecnología y gestión de vecinos capitalistas– ante la creciente riqueza de economías que institucionalizaron su propio capitalismo.

Por el contrario, sociedades pobres, atrasadas, corruptas, o destruidas y agotadas por guerras perdidas, aferrándose al capitalismo, emergen en un par de generaciones entre las más ricas del mundo. La Alemania Federal –milagro económico de manual, ante el miserable fracaso socialista de Alemania de Este– y el luminoso desarrollo y prosperidad de Corea del Sur, ante la oscura pobreza, hambruna y brutal totalitarismo socialista norcoreano, son ejemplos de ello.

Singapur, minúsculo Estado sin recurso natural alguno, hundido en pobreza, corrupción y violencia, abrazó desde su independencia al capitalismo contra la corriente socialista prevaleciente entre recién independizadas colonias. Se transformó en una de las economías más ricas y avanzadas del planeta en un par de generaciones. Los del camino contrario, se hundieron en la pobreza. Los habitantes, no los políticos socialistas, esos y sus aliados se enriquecieron, mucho y muy fácilmente.

El socialismo fracasó en todas las versiones posibles. Del colapsado imperio soviético marxista a la fabiana India. Tanto, que incluso totalitarismos establecidos mediante el socialismo adoptan soluciones capitalistas restringidas –reinventan al mercantilismo, sistema mediocre pero mucho más productivo que cualquier socialismo– para generar riqueza que evite un colapso. Por su parte, la República Popular China, salida de las grandes hambrunas de Mao, es el máximo ejemplo de esa paradoja.

Esa es la verdad. Hay causas y consecuencias observables en la realidad histórica, plenamente explicadas por la teoría económica. El capitalismo es la única vía para poner fin a la pobreza. Y las peores mentiras con que pretenden ocultarla o negarla los socialistas son:

  • Que estamos peor que nunca. Que cada generación es más pobre que la anterior. Que nos hundimos en la miseria mientras la riqueza se concentra. Que vivimos en creciente pobreza y escandalosa desigualdad –pobreza y desigualdad son temas distintos y distantes que los socialistas amalgaman para manipular estadísticas y excitar la envidia– en el capitalismo. Que a más capitalismo, más pobreza. En fin, que pese a la evidencia de más de dos siglos probando que el capitalismo reduce la pobreza hasta desaparecerla (tras lo que los socialistas la redefinen estadísticamente para «resucitarla» con envidiosa urgencia). Y aunque el socialismo multiplica y profundiza la pobreza y crea mayor desigualdad mal escondida tras manipuladas estadísticas, la verdad sería lo que ellos quieran creer contra toda evidencia. Van de la negación de la realidad a su creativa interpretación «critica». Los tontos se limitan a mentir. Los astutos sostienen que la reducción de la pobreza en el capitalismo fue un «accidente temporal» y que ya se estaría revirtiendo. Que ahora sí, veremos finalmente pobreza masiva y concentración de riqueza en cada vez menos manos. Piketty es el más sagaz –y exitoso– ahí.
  • La otra empieza admitiendo la verdad: el capitalismo crea riqueza. Mucha. Muchísima. Como nunca antes y de forma sostenida. Pero introduce su propia mentira contra toda evidencia: que esa riqueza se concentró en cada vez menos manos –algo que es falso– pero no vimos general depauperación únicamente porque al capitalismo le aplicaron «correctivos» socialistas, es decir, la gran mentira socialdemócrata del Estado del bienestar y la redistribución. La de bolsones de pobreza, dependencia y clientelismo creados y eternizados, de generación en generación, por su política «social». La verdadera trampa de la pobreza, la que colocó a Escandinavia al borde del colapso financiero. La que se concentra en la envidia –preocupada por la desigualdad e indiferente a la pobreza–. La que aleja de los países más pobres, desde su propio ahorro interno hasta el capital externo que tanto necesitan. La que abre camino a los totalitarismos socialistas futuros.

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