Qué hace de un gobernante un tirano, según Juan de Mariana

"Un tirano disfruta del poder no por sus méritos sino por la fuerza", explicaba Juan de Mariana. Sus acotaciones y observaciones siguen lastimosamente vigentes.

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«Un tirano se apodera de todo sin respeto por las leyes», afirmaba Juan de Mariana. (Foto: Flickr)

Esta columna será remotamente similar a la incompleta reseña de un libro que no se ha escrito —porque lo estoy escribiendo—. Aunque encuentro lejos de concluir, quise compartir un par de cosas que pudieran resultar sorprendentes, y espero interesantes, sobre la asombrosa actualidad que tiene para nuestro tiempo y circunstancia la voz de un teólogo español de siglo XVII al que hoy denominamos con más frecuencia «economista» que «teólogo». Los problemas morales que estudió a la luz de la teología, lo llevaron por el camino que, para nosotros, resulta ser —siempre que tengamos conocimiento del contexto histórico y la terminología que entonces prevalecía— el de la teoría de la ciencia económica y la teoría política contemporáneas.

Alguna vez cité a Mariana sobre derechos humanos en una conferencia. En ciclo de preguntas, un idiota ilustrado tomó la palabra y nada preguntó, se limitó a afirmar que no existían «derechos humanos» en el siglo XVII. Le pregunté si acaso no es «derechos humanos» como habría que traducir «Iura humanitatis (per quam homines sumus)» en un contexto como: «así, pues, los derechos humanos que nos constituyen como hombres, y la sociedad civil en que gozamos de tantos bienes y de tanta paz, deben atribuirse a la carencia de muchas cosas necesarias para la vida, al temor y a la conciencia de nuestra debilidad. (…) Y es así como el hombre, que en un principio se veía privado de todo, sin tener siquiera armas con que defenderse ni un hogar en que protegerse, está hoy rodeado de bienes por el esfuerzo realizado en sociedad con otros, y dispone de mayores recursos que todos los demás animales, que desde su origen parecían dotados de mejores medios de conservación y de defensa».

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«Pero no son los derechos humanos de la declaración de la ONU«, me insistía. Respondí que estaba de acuerdo. Y no lo eran por lo mismo que los de la declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789 tampoco lo eran. Claro, yo mismo cometía una idiotez. Carece de objeto discutir algo así con quien cree que los derechos «se crean» al «decretarlos» porque en la universidad le «enseñaron» que eso era «derecho». Sería imposible que comprendiera que lo que considera «la teoría jurídica» no es la única, sino un paradigma teórico en competencia con otros, cuya existencia e influencia en derecho, jurisprudencia y legislación, de gran parte de la humanidad actual decidió ignorar en su propio perjuicio intelectual. Quien actúa caprichosamente en su propio perjuicio evidente, por el placer subjetivo que de ello obtiene es, por definición, un idiota. No hay mayor idiotez que discutir con idiotas.

Mariana es de asombrosa actualidad en su teoría económica, lo que no es un fenómeno aislado. Hay una teoría económica de valor subjetivo, precios de mercado y competencia como proceso creativo, que se extiende desde Diego de Covarrubias a Juan de Marina. También otros que, como ellos, para responder aquella pregunta clave de la filosofía de la antigüedad clásica (a saber, ¿qué es lo justo?, lo que a la luz del cristianismo reconsideró el pensamiento occidental hasta hace poco) llegaron a lo que hoy denominamos economía.

Ella nos explica el problema inflacionario desde una teoría que nos resulta perfectamente conocida. Explica la inflación como la entendemos hoy, como un fenómeno producto de excesos monetarios con los que se pretende financiar excesos fiscales imponiendo un «impuesto» subrepticio y empobrecedor. Sí, califica a la inflación de impuesto oculto (y quien infla la moneda, pasa a ser un tirano). Pero es en la definición del tirano (sus fines, sus vicios, sus ambiciones y sus resultados) en donde su voz parece hablar a nuestros tiempos y a nuestras preocupaciones.

«Un tirano (…) manchado con todo género de vicios (…) disfruta del poder no por sus méritos ni por concesión del pueblo, sino por la fuerza (…) Y aun cuando haya accedido al poder por voluntad del pueblo, lo ejerce con violencia y no lo acomoda a la utilidad pública, sino a sus placeres, a sus vicios (…) se esfuerzan por expulsar de la república a los mejores. Caiga lo que está más alto en el reino (…) atacan directamente o bien apelan a calumnias y secretas acusaciones (…) para impedir que los ciudadanos se puedan sublevar, procura arruinarlos imponiendo cada día nuevos tributos, sembrando pleitos entre los ciudadanos y enlazando una guerra con otra (…) teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos (…) suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas (…) para (…) desmoronar su confianza en sí mismos (…) Teme el tirano (….) a los propios súbditos, que, convertidos en sus propios enemigos, pueden arrebatarle el poder (…) les prohíbe hablar de los negocios públicos y se vale de espías para que no se informen ni hablen libremente, que es el mayor limite a que puede llegar la servidumbre, y no permite que nadie proteste de los males que les afectan (…) subvierte todo el Estado, se apodera de todo por medios y sin respeto alguno por las leyes, porque estima que está exento de la ley (…) obra de tal manera que todos los ciudadanos se sientan oprimidos por toda clase de males con una vida miserable, y les despoja de su patrimonio para dominar él solo en los destinos de todos», reza Mariana.

¿Le suena conocido? ¿De libros de historia contemporánea? ¿De prensa de actualidad? ¿Notó que a quienes propagandistas de esos tiranos acusan de ser «los verdaderos tiranos» no llenan el retrato que del tirano hace Mariana? ¿Notó quiénes lo llenan y quienes no? Porque, al respecto, les citaría encantado a Mariana sobre aduladores del poder. Si no desperté ya su curiosidad sobre un economista del siglo XVII tan sorprendentemente actual, sería inútil. Y si la desperté, es porque era innecesario.

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