El socialismo es la fe ciega en las bondades del genocidio

En las muchas variantes del marxismo hay una fe común incuestionable y dogmas comunes centrales

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socialismo
Karl Marx dio un aspecto religioso a la ideología que apadrinó. (Foto: Flickr)

Que todo socialismo tenga como axioma moral al atavismo ancestral de la envidia explicaría la supervivencia de la aspiración atávica a la que se reduce. Pero si únicamente dependiera de ello, observaríamos que, tras fracasar, la idea reaparecería bien oculta en novedosos disfraces. Pero lo nuevo son sus tácticas, mientras que apenas disimulan la repetición dogmática de lo ya ampliamente refutado en teoría y experiencia histórica. Y eso, como he comentado antes, no se explica exclusivamente por su torcida “moral” envidiosa.

Que el socialismo en su sentido amplio subsista tras cada fracaso no explica por qué subsiste el marxismo como doctrina prevaleciente entre los socialistas. Tenemos que comprender que una doctrina capaz de sobrevivir y prosperar tras la refutación teórica y el colapso histórico de la teoría marxista y el imperio soviético, se explica únicamente cuando admitimos que es una religión, una inconsistente y totalitaria religión atea y genocida. Es la quintaesencia de lo más oscuro del fenómeno religioso, sin nada de lo luminoso. Porque solo exprimiéndole justificaciones a una doctrina religiosa puede el hombre civilizado racionalizar realmente ante sí mismo el brutal sometimiento o exterminio de infinidad de inocentes. Una racionalización utilitarista de eso es posible, pero endeble. Sólida será únicamente anclada a una profunda e irrenunciable creencia transcendente.

En las muchas variantes del marxismo hay una fe común incuestionable, dogmas comunes centrales, rastreables a teorías y prácticas de socialistas que Marx denominó utópicos. Tomó el profeta de los marxistas las doctrinas mesiánicas de sectas heréticas milenaristas, activas entre Medioevo y Renacimiento, y las puso a tono con la edad de la razón, aislándolas de su contexto teológico cristiano. Así le dio alcance universal a su falsa revelación en una nueva religión que proclama, no una religiosidad no deísta tradicional, sino la novedad del ateísmo militante como parte de una concepción totalitaria –por definición absolutamente intolerante– entre cuyos dogmas incorporó el de negar su naturaleza religiosa, para imponer por la fuerza su grandilocuente misticismo como única e incuestionable verdad “científica” –extraordinaria paradoja– proscribiendo todo lo demás.

El marxismo no solo se parece a ciertas religiones. Incluye en sí lo común a todas las religiones. Y de hecho es una variante no deísta, universalista, totalitaria y genocida de las doctrinas escatológicas de ciertas herejías colectivistas cristianas. Su grado de fanatismo es fácil de ver: Lenin en 1902 ya afirmaba: “La libertad es una gran palabra; pero bajo la bandera de la libertad de industria se han hecho las guerras más rapaces, y bajo la bandera de la libertad de trabajo se ha expoliado a los trabajadores. La misma falsedad intrínseca lleva implícito el empleo actual de la expresión ‘libertad de crítica’. Personas verdaderamente convencidas de haber impulsado la ciencia no reclamarían libertad para las nuevas concepciones al lado de las viejas, sino la sustitución de estas últimas por las primeras”. Es la definición misma del fanatismo dogmático creer que las personas demuestren estar “científicamente” convencidas de la veracidad de su posición en la precisa medida que aspiren a no permitir que otras posiciones se expresen libremente.

Ya con una policía política a sus disposición para materializar su teoría totalitaria, respondió a la pretensión de otros marxistas de criticar el menor detalle de su dogma oficial marxista en el poder “nosotros respondemos: Permitidnos poneros delante de un pelotón de fusilamiento por decir eso”. El marxismo se hizo religión de Estado –y de Estado totalitario–. Marx nunca logró ser un profeta armado, pero el centro de su doctrina es el llamado a la acción revolucionaria mediante la destrucción sin límites, ni atadura moral alguna, en nombre de su atea y seudocientífica versión de la escatología herética comunista de los elegidos estableciendo el reino de dios en la tierra por la fuerza de la revolución armada y la dictadura totalitaria. El primero en materializarlo, en esos nuevos términos, fue el aristócrata ruso Vladimir I. Ulianov, alias Lenin, así, incluso tras el colapso del imperio soviético su gran influencia sobre la religiosidad marxista persistió.

La función material de una religión –que es lo que explica el éxito y fracaso cultural, a largo plazo, de grandes religiones– es la transmisión intergeneracional de valores morales que aseguren el éxito del grupo que los adopta, en la competencia económica y sociocultural del orden espontáneo. Su utilidad psicológica es que otorga sentido de trascendencia, en un marco internamente coherente de creencias y prácticas. Lo segundo explica su eficacia para lo primero. Creamos o no una u otra religión, todas compiten dentro de su cultura por llegar a definirla, y en la medida que lo logran, son determinantes para la competencia evolutiva entre culturas y civilizaciones.

Una religión que no dote a los grupos sociales en los que prevalezca de ventajas en la competencia evolutiva es una religión materialmente inconsistente. Y eso es el marxismo, porque aunque dota a sus creyentes de la torcida moral y la criminales prácticas que les capacitan para tomar el poder por cualquier medio y mantenerlo imponiendo el totalitarismo, hunde a los sociedades sobre las que se impone en el atraso material y moral, inhabilitándolas para competir con la productividad, innovación y diversidad de las sociedades libres.

El asunto, sin embargo, es que estamos en el terreno de las creencias, y como dejó claro Shafarevich, los marxistas son creyentes dogmáticos, fanáticos y adoradores de la muerte. Sus dogmas, más o menos diluidos y simplificados, se extendieron como creencias del socialismo en sentido amplio que prevalece en Occidente actualmente. No nos equivoquemos, la evolución cultural –como la biológica– puede llevar a callejones sin salida, no solo a una cultura, sino a la civilización global misma, e incluso a la especie. El socialismo siempre es un camino a la miseria material y moral, y elevado a religión totalitaria puede ser incluso el camino a la extinción.

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