Socialismo, corrupción y alcahuetería

Las ideas falsas deben confrontarse con ideas verdaderas, y las manipulaciones emocionales tras las que se ocultan deben ser develadas

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Quien defiende el socialismo hoy lo hace con pleno conocimiento de la destrucción que traerá. (Foto: Flickr)

Afirma acertadamente el escritor Arturo Pérez-Reverte que “eso de que todas las ideas son respetables es una imbecilidad, lo respetable es el derecho a expresarlas”. La libertad de expresión protege lo acertado y lo equivocado, lo excelso y lo soez, y no por ello legitima el error o la falsedad. Hay ideas que al generalizarse ocasionan miseria, muerte y destrucción, pero prohibirlas sería elevarlas indirectamente al poder. Al decidir los gobernantes que es digno de ser expresado y que de ser censurado, tarde o temprano, decretarían verdad toda mentira que les favorezca, y mentira censurable la verdad que le ponga en evidencia.

Incluso las ideas criminales, de comprobada capacidad antisocial, defendidas por tirios y troyanos con profundo resentimiento envidioso, no han de ser censuradas un el poder gobernante, sino combatidas con la verdad en libertad por todos y cada uno de quienes tengan conciencia. Las malas ideas no son respetables. Debemos estudiarlas, demostrar su falsedad, revelar las capas de manipulación emocional en las que se enmascara su mendacidad, y poner en evidencia las intimas y vergonzosas motivaciones de sus ardientes defensores. Ni todas las ideas son respetables, ni lo son todas las personas. Quienes expresan ideas falsas no son dignos del mismo respeto que quienes expresan ideas verdaderas. Quienes, por otro lado, se empeñan en la defensa permanente de las peores ideas, contra toda evidencia, únicamente son dignos de desprecio.

Las ideas falsas deben confrontarse con ideas verdaderas. Las manipulaciones emocionales tras las que se ocultan deben ser develadas. Y el socialismo en sentido amplio debe verse como lo que es: la mayor suma de falsedad, manipulación y potencial destructivo de un conjunto de ideas a las que hace demasiado tiempo la evidencia de sus efectos destructivos impide calificar de error de buena fe. Quien defiende el socialismo hoy lo hace con pleno conocimiento de la destrucción que traerá. La destrucción material y moral del orden social civilizado, para el finalmente vano pero siempre prolongado intento criminal de establecer el totalitarismo es su objetivo. No otro.

Entre tanto, el socialismo blando, que se autodenomina democrático para avanzar en su labor destructiva con paciente lentitud, preparando el camino al totalitarismo futuro, intenta –y en la mayor parte del mundo logra– posicionarse como única alternativa al socialismo revolucionario abiertamente totalitario. Al que sin embargo, en mayor o menor grado, encumbre, legitima y abre camino. Es patético que sirven tan bien a quienes al tener el poder para hacerlo, les destruirán. No deja de ser curioso cómo esa profunda alcahuetería ideológica es tan intensamente practicada como ardientemente negada por intelectuales y políticos que afirman –e incluso creen– oponerse al socialismo revolucionario.

La corrupción es un buen ejemplo. Porque la corrupción es producto de la regulación, la imposición arbitraria de normas de imposible cumplimiento, de la interferencia arbitraria sobre la realidad del mercado, de la pretensión constructivista de imponer sobre usos y costumbres voluntarios ampliamente aceptados el capricho del poder. Es resultado ineludible del exceso de gobierno. Mientras más limitado el gobierno, menor la corrupción. Con gobierno limitado, el funcionario tiene pocas posibilidades de extorsionar y muchas de sufrir las consecuencias. La corrupción, antes que un problema, moral es un problema económico de incentivos. Es directamente proporcional al tamaño relativo del Estado. Y de su extensión a todas las aéreas de la vida. Así, las sociedades totalitarias resultan ser, para asombro de los necios, las más corruptas.

El socialismo, incluso limitado y democrático, extiende la corrupción porque eleva el intervencionismo a nuevas alturas. Y con ello difunde el desprecio por la ley, la moral y la autoridad pública. Crea condiciones en las que el cumplimiento de las normas no solo es siempre excesivamente oneroso –y absurdo– sino que con abrumadora frecuencia es materialmente imposible. Así se debilita poco a poco el rechazo social por las prácticas corruptas, por las figuras que pública y notoriamente alcanzan por esa vía la riqueza mercantil y el poder político. Todo tipo y grado de socialismo lleva a más y peor corrupción, la que a su vez manipularan los socialistas para profundizar lo que la causa, como falsa solución. A más socialismo, más corrupción, y a más corrupción más socialismo, en una espiral de destrucción material y moral que abre camino al totalitarismo socialista.

Por ello los intelectuales y políticos socialistas “blandos” tienen la imperiosa necesidad de posicionarse, a cualquier coste y por cualquier medio, como la única alternativa –intelectual y política– al socialismo “duro” al que sirven de trampolín, les guste o no. En Venezuela, tras cuatro décadas de socialismo democrático “blando” en las que crearon las condiciones para una caída sostenida del producto de más de dos décadas, empobreciendo material y moralmente al país hasta el punto en que finalmente la alternativa socialista totalitaria, ante la que se vendían “urbi et orbi” como el único posible muro de contención les desbordó, alcanzó el poder por medios electorales, e inició el camino al totalitarismo socialista, y la profundización del empobrecimiento material y moral. Pero tenemos dos décadas escuchando que ese mismo socialismo (el que ocasionó la crisis económica, política y moral que elevó al poder a los que todavía lo retienen) sería la única alternativa al socialismo revolucionario en el poder.

“Con estos bueyes tenemos que arar” nos han dicho dos décadas. ¿Qué logró tanta alcahuetería complaciente con la ideología destructiva, corruptelas y pulsiones autoritarias de “sus bueyes”? «Señalar mi corrupción es apoyar al enemigo», dicen. Lo mismo dicen los otros socialistas a sus idiotizadas bases. Y si a manos de los menos malos de entre los socialistas llegase el poder de hecho, hoy en manos de los peores, del actual grado de destrucción material de Venezuela no saldremos sin un giro rápido y completo a una economía de libre mercado, con todo lo que implica. Será eso o la recaída en el socialismo totalitario, más pronto que tarde. Caímos ya tan profundamente que sin librarnos del peso muerto de la alcahuetería disfrazada de realismo no saldremos del foso.

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