Dirigentes de la izquierda uruguaya son hipócritas

Las medidas que Luis Lacalle Pou ha propuesto para paliar la crisis del coronavirus han sido duramente criticadas por una izquierda negligente

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¿Son algunos representantes de la izquierda uruguaya literalmente hipócritas? (Foto: Flickr)

El término “hipócrita” proviene de la palabra griega hypokritḗs. Con ella se designaba a los actores de teatro que, como se recordará, escondían bajo una máscara su auténtico rostro. Una representación teatral solo es posible si hay más de un personaje sobre la escena. Asimismo, es necesario que haya espectadores porque lo que el hypokritḗs busca es “ser visto” mientras ejecuta su papel.

Un componente esencial de la actuación es el manejo de la voz, porque debe adaptarse al espacio escénico para ser escuchado por toda la audiencia. Asimismo, el hypokritḗs debe ser lo suficientemente versátil como para adaptarse a los diferentes personajes que debe interpretar en cada ocasión. Ergo, las voces se deforman y acompasan con la gestualidad corporal conveniente para involucrar en esa artificiosa atmósfera emocional al público.

Por tanto, son hypokritḗs aquellos que expresaban sentimientos y emociones fingidas.

Por consiguiente, hay un vínculo entre los hypokritḗs y los sofistas. Estos últimos enseñaban a los políticos el arte de ganar cualquier discusión en una asamblea. Proporcionaban a sus clientes las técnicas retóricas para convencer al pueblo de ciertas cosas, con total independencia de si eran verdad o si realmente creían en ellas. Procedían así porque su objetivo no era defender un principio sino obtener poder político.

De acuerdo a lo anteriormente dicho, advertimos que el concepto contemporáneo de “hipócrita”, proviene de la amalgama de los rasgos de actores y sofistas. Es decir, de aquellos cuya conducta externa no coincide necesariamente con lo que sienten en su interior.

De acuerdo a la definición que hemos brindado, es posible describir como “hipócrita” a la conducta de varios dirigentes —políticos y sindicales— de la izquierda uruguaya desde que el coronavirus se detectó en estas tierras.

El gobierno de Luis Lacalle Pou está tomando las medidas que considera más adecuadas para paliar la situación. Lo hace desde una mirada global de la situación, teniendo en cuenta las diferentes variables que están en juego en esta coyuntura: proteger la salud de los habitantes, no “apagar los motores” de la economía nacional (pensando en el día después) y buscar soluciones concretas para los más vulnerables (informales, pequeñas y medianas empresas, gente que duerme en la calle, indigentes y familias pobres). Por esa razón no ha decretado una cuarentena compulsiva sino voluntaria. Eso sí, lo ha hecho informando diariamente la evolución de la enfermedad en el país y apelando al sentido de responsabilidad (“no contagies a otra persona”) y solidaridad  de los ciudadanos.

Por ahora, los resultados están siendo auspiciosos dado que la curva de contagios se mantiene plana. El accionar de Lacalle Pou ha derivado en que su popularidad esté altísima (65 % de aprobación) según las encuestas de opinión pública.

Es en este contexto que debemos analizar la conducta de varios dirigentes izquierdistas.

Empecemos por el expresidente Tabaré Vázquez, médico de profesión. Hace unos días declaró en la radio que, ante esta emergencia sanitaria, «inevitablemente tenemos que ir a una cuarentena total si queremos cortar este círculo vicioso […] Es un tema que nos debe preocupar a todos. Es una pandemia que afecta al planeta (…) No quiero dramatizar ni asustar a la gente, pero hay que tomar conciencia del problema que tenemos».

Vázquez terminó su presidencia el 1 de marzo de 2020. Se sabía de la gravedad del coronavirus desde enero de este año. ¿Qué medidas tomó su gobierno para proteger a los uruguayos? ¡Ninguna! Y no solo eso, sino que incluso minimizó el tema. A fines de enero su viceministro de Salud Pública declaró en conferencia de prensa, que “el coronavirus continúa propagándose en el mundo, pero para Uruguay no representa un problema importante”. Además aseguró, que las autoridades estaban preparadas para enfrentarlo.

Nada más lejos de la verdad. Cuando aparecieron los primeros casos el 13 de marzo, las autoridades que recién habían asumido descubrieron que la administración Vázquez no había establecido ningún protocolo para prevenir la entrada y posterior expansión del virus en el país. Y como si eso fuera poco, ¡solo habían 100 kits para detectar a los potenciales infectados porque Vázquez en un gesto “altruista” (por supuesto muy publicitado) había donado material médico vital a China.

Una vez que el coronavirus había entrado en Uruguay, empezaron a escasear los tapabocas, guantes desechables, alcohol en gel y otros elementos para protegerse del coronavirus. Entonces, se reveló otro hecho insólito: las anteriores autoridades de Salud Pública habían ordenado destruir el contenido de un container que había llegado en setiembre de 2019. Por suerte, aún no se había realizado. Era una donación de Canadá. Allí había 8 400 tapabocas barbijo, 4.036 tapabocas del tipo N95, 3.024 pares de guantes de látex, 2 000 máscaras de oxígeno, batas, sábanas y jeringas; elementos que fueron recuperados.

A pesar de estos bochornos, el Frente Amplio pretende actuar como si fueran los “salvadores” de los uruguayos. En consecuencia, encomendaron a Tabaré Vázquez que encabezara un equipo que elabore un “Plan Nacional Estratégico” para enfrentar la propagación del coronavirus.

La gente reaccionó indignada ante tanta petulancia. Gerardo Sotelo señala con acierto: “¿Cómo puede el Frente Amplio crear un equipo para elaborar un ‘plan estratégico’ con ‘políticas de Estado’, un mes después de dejar el gobierno, si no lo hizo dos meses antes, cuando la OMS ya advertía sobre el riesgo de propagación mundial de virus? ¿Cómo pueden reclamarle al presidente que gaste trescientos millones de dólares que no tiene, habiendo dejado un déficit fiscal de 5 puntos y sin que se les mueva un músculo de la cara?”

Dada la precaria situación fiscal que dejó la administración Vázquez al país, los nuevos gobernantes enfrentan restricciones económicas para atender a la emergencia social, que afecta en diversos planos como ya hemos dicho.

Por eso, el Ejecutivo decidió crear el Fondo Coronavirus. Se financiará con diversos aportes. Entre ellos -más que nada como señal de que el poder político comprende la angustia de tantas familias- Lacalle Pou resolvió rebajarles en forma proporcional, por dos meses, los sueldos de los funcionarios públicos que ganen más de 80 mil pesos uruguayos líquidos. La medida también alcanza a los cargos políticos de confianza como ministros, directores de entes y servicios descentralizados e incluso, al presidente de la República. Para ellos, el descuento será de 20 % (el más grande de todos).

La ministra de Economía, Azucena Arbeleche, aclaró que por ahora esta medida está pensada exclusivamente para los públicos. “En este momento nos parece que el sector privado está teniendo su aporte a través de lo que están sufriendo los trabajadores”, sostuvo. La prueba es el brutal incremento de la cantidad de personas que fueron enviadas al seguro de desempleo en las últimas tres semanas. Explicó que “entendíamos que era el momento de que quienes están en el sector público teníamos que solidariamente contribuir a los costos”.

Por su parte Lacalle Pou manifestó que decidieron tomar esta medida porque “vamos a gastar, se necesita gastar”. “Sabemos que Uruguay está pasando mal, hay un sinnúmero de uruguayos sin trabajo y sin alimentación”, agregó.

Los dirigentes sindicales de los empleados públicos no pudieron ocultar su malestar con esa medida. Con lo cual quedó en evidencia que ellos se encuentran en ese sector privilegiado de la sociedad que ganan más de 120 000 pesos uruguayos nominales (USD 2 800) mensuales. Vale aclarar que son los sueldos más altos en el país.

Uno de ellos, Gabriel Molina, refiriéndose a Lacalle Pou, manifestó que «fue muy inteligente lo que este hijo de mil putas hizo». Dijo que esta situación dejó a los funcionarios públicos que están abarcados en la medida muy «expuestos» y explicó: «salir a decir públicamente que no queremos que se nos descuente  para darles a los que necesitan nos deja muy mal parados como trabajadores ante un sector grande de la sociedad”.

En consecuencia, vemos que la solidaridad (a menos que sea con recursos ajenos) y la prudencia de los dirigentes de izquierda, es de la boca para afuera. Por tanto, la calificación de “hipócritas” les cabe como anillo al dedo.

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