Los cadáveres vivientes que engendra el paternalismo argentino

La humanidad acumula amplia experiencia sobre lo nefastos que son los paternalismos para la vida de los individuos

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Alberto Fernández, presidente de Argentina. (Foto: EFE)

El más hipócrita de los autoritarismos es el paternalismo gubernamental. ¿Por qué? Porque sostiene que debemos someternos a sus medidas despóticas porque están pensadas para “cuidarnos”. De ese modo, implícitamente, las autoridades dividen a las personas en dos clases: adultos (los gobernantes) y los menores de edad (el resto de la población). Ergo, ellos son los que deben tomar las decisiones que afectan a los demás porque los otros son “incapaces”.

La humanidad acumula amplia experiencia sobre lo nefastos que son los paternalismos para la vida de los individuos; cuánta miseria e injusticias provocan.

Sin embargo, algunos pensadores los han promovido. Uno de los más célebres fue Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1704), promotor de la monarquía absoluta. Él sostiene que es la mejor forma de gobierno. Subraya que aunque el rey sea injusto, los súbditos deben obedecerle porque no existe el “derecho de rebelión”, como proclamaban autores de la Escuela de Salamanca (Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Hugo Grocio, Francisco Suárez y otros). Bousset señala que un rasgo esencial de poder absoluto es el “paternalismo”. Es decir, que el monarca debía tratar a sus súbditos como “hijos suyos”.

Los zares de Rusia también eran “paternalistas”. A los habitantes se les inculcaba la idea que el zar era como un “padre” para todos, que los cuidaba y se preocupaba por su bienestar. Incluso, está presente en la expresión rusa «царь-батюшка», que significa literalmente, el «zar-padrecito». Stalin, fue otro a quien las masas soviéticas denominaban “padrecito”.

Esos ejemplos dan una cabal idea sobre el auténtico significado del “paternalismo gubernamental”. ¡Si habrá que cuidarse de ese tipo de autoridad!

Afortunadamente, también hay pensadores -del pasado y del presente- que combaten ese sofisma. No es casualidad, que sean los mismos que defienden la libertad individual y el derecho a que cada quien decida qué es lo mejor para sí mismo -siempre y cuando no sea a costa de dañar a otro.

Por ejemplo Suárez, quien en su Discurso de leyes (1612), reconoce la posibilidad de desobedecer y derrocar a quien detenta la autoridad cuando incumple y vulnera sus funciones. Y Grocio, en Las leyes de la guerra y de la paz (1625), recalca que todo ser humano posee la facultad de defender su vida y rechazar aquello que puede amenazarle.

A lo anteriormente dicho, hay que agregarle lo que hacen observar varios economistas acerca de la asimetría de la información. Ellos lo hacen con respecto al funcionamiento de los mercados pero puede aplicarse a la vida personal de cada individuo. Autores como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek enseñan que los socialismos siempre fracasan, porque centralizan la toma de decisiones. Las autoridades actúan como si fueran omnisapientes. Pero no es así, el conocimiento está disperso entre innumerables agentes. Por eso los estatismos siempre desembocan en descalabros económicos y carestía.

En forma análoga, los mandatarios “paternalistas” actúan como si tuvieran la información perfecta acerca de qué es lo que más le conviene a cada sujeto. Al comportarse así, no solo son petulantes sino que también causan daños irreparables a otras personas. Eso sin mencionar que suelen provocar -consciente o inconscientemente- grandes injusticias. Y, como todo estatismo, conduce a un autoritarismo cada vez más pronunciado. Desde ese punto de vista, no hay mayor diferencia entre políticos de “derecha” o de “izquierda”.

Una muestra de ello lo estamos presenciando en Argentina, de la mano del presidente Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Fernández decretó una cuarentena total que impuso con brutalidad. En el discurso donde anunció la medida (19 de marzo), expresó: “Mi propia responsabilidad es garantizar que el Estado cuide la salud y la vida de los argentinos. Por eso, las fuerzas de seguridad harán cumplir estrictamente toda la normativa vigente para proteger a toda la población argentina”.

Desde entonces se han venido produciendo, a nivel individual, una serie de consecuencias nefastas para los afectados. Uno de esos casos lo constituyó Sara, una mujer de 85 años, que se sentó con su reposera en medio de una plaza desierta. Estaba alejada a varios metros del resto de las personas, salió con guantes y barbijo. Reivindicó su derecho de estar una hora bajo el sol, respetando el “distanciamiento social”. Al instante se presentó la policía y le solicitaron que se retirara. Pero la mujer se negó. Les dijo que pensaba permanecer en ese lugar una hora y que luego volvería a su departamento. “Tengo problemas de salud y necesito tomar sol y aire”- explicó. Cuando quiso retornar a su domicilio, los oficiales la cercaron y le pidieron que se quede quieta, que no podía volver, ya que se iniciarían acciones en su contra.

El caso de Sara es un magnífico ejemplo de lo que significa en los hechos, el “paternalismo” gubernamental.

Otro que no se quedó atrás en cuanto a autoritarismo, fue Rodríguez Larreta. Movido por el afán de “cuidar a los viejitos”, dispuso que las personas mayores de 70 años debían tramitar una habilitación especial para salir a la calle. El permiso sólo tendría validez para un día determinado, aunque hay excepciones: no será exigible si salen para el cobro de la jubilación, hacer tratamientos médicos o vacunarse.

Rodríguez Larreta justificó la medida argumentando, que “de las muertes por coronavirus, 8 de cada 10 son adultos mayores. No podemos ponerlos en riesgo. Insisto: tenemos que cuidarlos”. La medida fue respaldada por el presidente Fernández.

Dicha imposición despertó airadas protestas de la población. Además, prestigiosos pensadores desenmascararon cuestiones esenciales que derivan de dicho “paternalismo”.

Un grupo de intelectuales argentinos mayores de 70 años le enviaron una dura carta a Rodríguez Larreta. Subrayan, que «No pensamos que la manera de proteger a nuestra comunidad pase por elegir un grupo que, si bien se ve en situación de riesgo, no es el único […] y por lo tanto se convierte, bajo la excusa de una pseudo protección, en objeto de discriminación y mal trato».

«Los adultos mayores de 70 años sabremos cuidarnos, y de hecho lo hemos estado haciendo desde hace más de treinta días, y aquellos que necesiten de la ayuda del estado de la ciudad, sin duda sabrán cómo pedirla. […] y además aportaremos nuestra experiencia de vida para atenuar los efectos de esta crisis mundial».

Por su parte, Beatriz Sarlo manifestó, que la iniciativa de la Ciudad de Buenos Aires le pareció «insultante y de carácter discriminatorio», ya que es muy complicado para aquellos que trabajan. «En la imaginación de Rodríguez Larreta las personas mayores de 70 años somos todos rentistas, jubilados o lo que fuera, pero no hay trabajadores». Sostuvo que hay una «infantilización del adulto mayor».

Agregó, que «A Larreta me gustaría llevarlo a pasear por mi barrio, Caballito, para ver la alegría moderada que tenían los mayores de 65 cuando salían a hacer sus compras. Era como una interrupción de la cuarentena sin ningún peligro. Ellos deberían ocuparse de qué pasa en los barrios más pobres de esta ciudad. No sé en qué tipo de robot sobreviviente quieren convertir a los adultos mayores. Quienes trabajamos no nos convertiremos en cadáveres vivientes, pero los otros sí», recalcó.

Con respecto al apoyo del presidente Fernández a Larreta, resaltó que por ser un hombre de leyes, le preguntaría «si puede caracterizar esto como un estado de sitio selectivo por edad». «Un estado de sitio impide la movilidad de los habitantes de una ciudad, provincia o toda una Nación por el territorio. Esta mañana se ha hecho uno selectivo, que yo sepa sin aprobación de la Legislatura. La Constitución debe estar volatilizada o le agarró coronavirus», remató con ironía.

La imagen que utiliza Sarlo es perfecta. El “paternalismo gubernamental” transforma a las personas -no solo a los adultos mayores- en “cadáveres vivientes”.

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