Lacalle Pou y Mujica le dieron visibilidad a Uruguay

Luis Lacalle Pou y José Mujica posicionaron a Uruguay como “marca país”, aunque por motivos y personalidades muy diferentes

 

Uruguay
Uruguay ha trascendido en el mundo los últimos 15 años. (Foto: Flickr)

Uruguay es un pequeño país sudamericano que tiene menos de 3 millones y medio de habitantes. Además, como es una nación pacífica, no llama la atención de los medios internacionales. En consecuencia, suele ser “invisible” a nivel global.

Dentro de ese contexto, los presidentes Luis Lacalle Pou y José  Mujica posicionaron a Uruguay como “marca país”, aunque por motivos y personalidades muy diferentes.

Lacalle Pou tiene 47 años, es abogado e hijo de un expresidente. Se viste y comporta como se espera que lo haga un mandatario. Además, se dirige hacia los demás con el debido respeto.

Por su parte Mujica es un exguerrillero, que desprecia a los profesionales. Hace gala de modales toscos y de hablar incorrectamente e incluso, en forma despectiva. Aunque cuando quiere, sabe cómo comportarse y hablar adecuadamente. Asumió la presidencia teniendo 75 años de edad.

Tanto Mujica como Lacalle Pou han llamado la atención de medios de Argentina, Estados Unidos, España y otros países.

De Mujica se admira principalmente, que siendo presidente haya seguido viviendo en una casa sencilla ubicada en su chacra. Luego, por las leyes “revolucionarias” que se aprobaron durante su mandato como por ejemplo la estatización de la marihuana o el matrimonio igualitario.

Por su parte Lacalle Pou -que hace tan solo cinco meses que asumió- es elogiado por la forma en que exitosamente (por lo menos hasta el momento) está afrontando la pandemia del COVID-19 dentro de Uruguay.

Juzgando rectamente, lo que se debe valorar de un presidente, es el bien que les haga a sus conciudadanos. Esa debería ser la regla para medir su actuación. Es decir, ir a la médula de la política en vez de quedarse en lo accesorio, que poco aportan al bienestar general y a veces, hasta lo perjudican.

Mujica siendo presidente vivía con pocos lujos, de manera rústica (aunque él y su esposa tienen suculentos ingresos mensuales). Tal situación causaba admiración esencialmente por dos motivos.

Por un lado, porque cuando tantos jefes de Estado y/o gobierno – del mundo en vías de desarrollo pero también de los desarrollados- están envueltos en escándalos de corrupción, esa frugalidad era asumida como signo de honestidad.

Pero por el otro, porque vivimos en la sociedad del espectáculo donde todo aquello que sea “raro”, atrae la atención de los medios y de las masas populares. Es una cultura light, donde la gente no quiere profundizar mucho y se queda en la superficie de las cosas. Como señala Guy Debord, la vida social auténtica ha sido sustituida por su imagen representada. En la sociedad del espectáculo, la relación social entre la gente es mediada por imágenes, sin importar que tan fieles sean a la realidad. Y Mujica se ha revelado como un auténtico showman, perfil que ha acentuado al descubrir la fama que le acarrea.

¿Pero cómo gobernante, cómo resultó Mujica? ¿En qué medida les dejó a los uruguayos una mejor calidad de vida?

Repasemos los hechos:

La estatización de la marihuana no surgió como una medida liberal -ampliar la libertad responsable de los ciudadanos- sino de modo improvisado. Durante la presidencia de Mujica la situación estaba caldeada, debido al inédito aumento de la delincuencia y la inoperancia estatal para controlarla. Había frecuentes manifestaciones callejeras por ese asunto.

En ese contexto, la prensa le pidió a Mujica su opinión. Y fiel a su estilo, declaró lo primero que le vino a la mente para desviar la atención popular hacia otro lado. Fue así que comenzó el tema de la “liberalización” de la marihuana, que propuso como “solución” a la inseguridad porque le iba quitar mercado a los narcotraficantes. Tan sorprendente fue su anuncio, que hasta los legisladores de su propio partido le pidieron que lo explicara porque nunca lo había mencionado.

Hay que destacar que este proyecto fue rechazado por la amplia mayoría de los uruguayos pero Mujica igual lo impuso, porque la popularidad que este tema le otorgaba en el extranjero, alimentaba su ego.

¿Y cuál fue el resultado para los uruguayos?

No atenuó la inseguridad sino que la intensificó. En adición, trajo un problema que antes no existía: el narcotráfico a gran escala. La situación ha llegado hasta tal punto, que en agosto de 2019 la Deutsche Welle publicó un artículo al que tituló «Uruguay: el nuevo centro mundial de narcotráfico».

Además, con Mujica gobernando (2010-2015), bajó la calidad de la educación y dejó las cuentas públicas muy deterioradas (3,5% de déficit fiscal), a pesar de haberse beneficiado de un período excepcional de bonanza, gracias a los inusuales altos precios internacionales de nuestros productos de exportación. Calamidad que sufrieron los uruguayos mediante un aumento sostenido de la presión impositiva.

Por si eso fuera poco, Mujica confesó que la agenda de derechos -por la cual es admirado en el exterior- no es de su autoría y que incluso está en desacuerdo con ella, tal como admitió en una entrevista: “La agenda de derechos es una expresión de la estupidez humana”.

Mujica se apropió de la gloria atribuida a la imposición de la señalada agenda de derechos, pero lo cierto es que la presión para su aprobación provino de los movimientos feministas y LGBTI.

En consecuencia, vemos que la buena fama internacional de Mujica no se condice con lo que su gobierno dejó para los uruguayos. Ni tampoco con su honestidad intelectual.

Con respecto a Lacalle Pou, a pesar del poco tiempo que gobierna, ha podido exhibir cuáles son los principios que rigen su accionar como gobernante. No hacía ni quince días que había asumido, cuando tuvo que afrontar el arribo del covid-19 a nuestro país.

Actúa ante esa emergencia sanitaria en una forma que lo distingue de otros mandatarios. Lacalle Pou soportó una fuerte presión para que decretara la cuarentena obligatoria pero no lo hizo porque “Iba contra todo lo que yo creo, que es la libertad del individuo, libertad del relacionamiento, libertad de una nación”.

Ergo, aunque no minimizó la gravedad de la situación, apeló a la responsabilidad individual de los uruguayos. Se rodeó de un grupo de científicos que le aconsejan qué medidas tomar. No actúa de modo improvisado.

Reaccionó rápidamente frente a los primeros casos prohibiendo los espectáculos públicos, suspendiendo las clases presenciales y cerrando las fronteras. Se realizan test masivos. Cuando se descubre a un infectado, se rastrea la cadena de contactos que tuvo, se los hisopa, se los pone en cuarentena y se vigila que la cumplan. Si se trata de un brote en un edificio, las autoridades lo cierran y se le hace una limpieza sanitaria profunda.

Informa diariamente del avance de la epidemia en el país, controla el entorno de los contagiados para que la enfermedad no se dispare y establece protocolos sanitarios para las diferentes actividades.

En adición, hubo especial preocupación por mantener “los motores de la economía encendidos” en la medida de lo posible. Se tiene claro que en esta crisis sanitaria -salud y economía no son aspectos incompatibles- sino dos caras de la misma moneda.

Los resultados hasta ahora han sido muy auspiciosos: hubo tan solo 1.309 contagiados y 37 fallecimientos derivados de esa causa y la situación está bajo control. Esto ha provocado el interés de otros países que buscan el modo de afrontar esta pandemia.

El manejo prudente de la situación ha permitido que paulatinamente se vayan reiniciando actividades como la construcción y las clases presenciales. Hay señales de que ya comenzó el rebote económico; los indicios de recuperación que se observan son generalizados.

En consecuencia, vemos que aunque tanto Mujica como Lacalle Pou pusieron a Uruguay en el tablero internacional, las consecuencias del accionar de cada uno fueron muy diferentes. Mujica usufructuó individualmente los dividendos de la fama obtenida, mientras que Lacalle Pou benefició a los uruguayos en su conjunto.

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