Pedro Sánchez y Alberto Fernández: dos astillas del mismo palo

Al igual que Sánchez, para convencer a los argentinos que lo votaran, Fernández recurrió a las mentiras más descaradas

Resulta claro que la tentación de ser presidentes de la república pudo más que cualquier escrúpulo que anteriormente hubieran podido tener. (YouTube)

La definición más exacta de Pedro Sánchez la acaba de dar Cayetana Álvarez de Toledo, exportavoz del Partido Popular (PP) en el Congreso. En un hábil parafraseo, caracterizó al presidente español como «el vanidoso útil de Podemos y los separatistas».

La expresión “idiota útil” es atribuida a Lenin. Se usaba para designar a aquellos que en los países occidentales simpatizaban con la ex Unión Soviética y la correspondiente actitud del régimen bolchevique hacia ellos —que era de desdén—, aunque los usufructuaba mientras les fueran rentables. Luego los descartaban sin ningún miramiento.

La genialidad de Cayetana ha sido darse cuenta que la conducta de Sánchez no se debe a la “inocencia” —cualidad poco probable en un político—, sino a la vanidad: su deseo de ser presidente a cualquier precio, aunque eso signifique el hundimiento institucional de su nación.

Para lograrlo, Sánchez apeló a las mentiras más descaradas. Prometió a los ciudadanos que no se iba a aliar con aquellos con los que finalmente lo hizo, una vez obtenidos los votos necesarios. O sea, con el partido de orientación chavista Podemos y los separatistas. Como dice Cayetana, la grave crisis política en la que está inmersa España, se debe a que Sánchez «hizo una coalición ultra con un partido rabiosamente radical, otro que participó en un golpe de Estado y los herederos impenitentes de una organización terrorista».

La exportavoz del PP considera que el gran obstáculo para un imprescindible Gobierno de concentración constitucionalista, es la “podemización” de Sánchez. Un presidente que «ha mentido de forma sistemática» y «ha manipulado sin pudor». Alerta que actualmente «los antisistema están dentro del propio Gobierno» y se pregunta «¿qué es hoy el PSOE? Un mero instrumento de poder del que se aprovechan fuerzas antidemocráticas para avanzar en sus objetivos».

Tiene muy claro —al igual que la mayoría de los españoles— quién es Pablo Iglesias, figura principal de Podemos. Expone que «Iglesias no promueve la república sino la erosión de la democracia. Es un republicano de hojalata, fake. El problema es que Podemos forma parte de un Gobierno presidido por un hombre cuyo tacticismo se proyecta incluso sobre el orden constitucional».

La analogía de Sánchez con Alberto Fernández, presidente de Argentina, es impresionante. Él también podría ser catalogado como el “vanidoso útil”, pero en este caso, de Cristina Kirchner. Algunos comentaristas creen que fue por ingenuidad que Fernández hizo el pacto con Cristina pensando que la iba a poder controlar, pero a nuestro juicio, los cándidos son ellos al considerar tal posibilidad.

Cristina conocía de cerca a Fernández y obviamente supo cómo seducirlo. Resulta claro que la tentación de ser presidente de la república pudo más que cualquier escrúpulo que anteriormente hubiera podido tener. A esta altura, es claro que el pacto fue la Presidencia a cambio de impunidad para Cristina y sus allegados.

Al igual que Sánchez, para convencer a los argentinos que lo votaran, Fernández recurrió a las mentiras más descaradas: esas que ahora circulan por las redes con sus declaraciones, por ejemplo, sobre la cantidad de miembros que a su juicio debería tener la Suprema Corte de Justicia de su país.

También él pactó con los kirchneristas, que por definición, son antisistema republicano. No les interesa la separación de poderes ni la existencia de un poder judicial independiente. O sea, quieren un régimen al estilo chavista, tal como proclamó Cristina abiertamente en 2012 diciendo «Vamos por todo, por todo». En consecuencia, la actual vicepresidente argentina —al igual que Iglesias en España— «no promueve la república sino la erosión de la democracia».

Los argentinos están empezando a darse cuenta de cómo son las cosas y lo que está en juego. Por eso, van siendo tres los “banderazos” contra el Gobierno de Fernández. El último fue el 17 de agosto, el mayor hasta el momento. A pesar de sus esfuerzos, el régimen ya no asusta a los ciudadanos con el asunto del contagio del coronavirus porque la gente se ha dado cuenta de que hay muchas formas de morir, incluso en vida.

Fueron multitudes las que salieron a las calles de Buenos Aires y otras importantes ciudades argentinas clamando por «libertad», «no a la reforma judicial», porque se dan cuenta perfectamente que está concebida para otorgarle impunidad a Cristina y allegados en asuntos relacionados con una corrupción escandalosa. Cuando los gobernantes y los políticos son incapaces de conectar con la gente común, de actuar éticamente, a los ciudadanos de a pie el recurso que les queda para salvar a la democracia, son las manifestaciones pacíficas.

Tal como señala Rogelio Alaniz, «defender las libertades es siempre una decisión ética y política. ¿Política? Por supuesto. Y lo es porque los ciudadanos en la calle discuten relaciones de poder y la legitimidad del discurso oficial».

Fernández y Sánchez —imbuidos de soberbia— hacen oídos sordos al clamor popular. El presidente argentino tras el “banderazo” del 19 de agosto expresó: «No nos van a doblegar […] Sabemos a qué vinimos».
El problema para esos dos presidentes es que a los ciudadanos de ambos países se les está cayendo la venda de los ojos. Se dan cuenta “a qué han venido” esos dos gobiernos y no les gusta nada. Perciben con claridad la importancia de defender la libertad y las instituciones liberales, primordialmente, porque están padeciendo en carne propia las crueldades que derivan de un uso del poder con tendencia autoritaria.

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