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La legitimidad del Gobierno de Venezuela se hunde con su oro negro

Por: Helena Ball - Mar 10, 2015, 12:42 pm

English Intelectuales, “lumbreras” y oportunistas por igual estuvieron fascinados con el expresidente Hugo Chávez y su carismático mensaje: derribar a las élites corruptas y erradicar la pobreza. Fallaron en darse cuenta de que mientras parapetaba al país, gracias a las ganancias inesperadas por los ingresos petroleros —por una suma de 1 billón de dólares desde 1999— escondía las profundas heridas que generaron sus políticas, las mismas que ahora sangran demasiado como para poder ocultarlas.

Nicolás Maduro, un exconductor de autobuses y relativamente desconocido canciller de Venezuela, heredó el maltratado país. Pero a diferencia del período de Chávez, la caída de los precios del petróleo ha eliminado la capacidad del Gobierno para parchar sus errores con regalos y decretos de emergencia. Con las arcas agotadas, la represión se ha convertido en la única opción para mantener el poder, mientras la economía colapsa tras años de duros controles y regulaciones estrictas.

Venezuela está al borde del impago, mientras la inflación está en una espiral sin control, la moneda continúa en caída libre, y el número de muertes violentas sigue en ascenso. En la medida en que cualquier apariencia de legitimidad desaparece, los ambiciosos miembros del Gobierno tienen la oportunidad de aspirar a la presidencia.

Aún así, a pesar de las obvias fallas de Maduro y su mano draconiana, será difícil de derribar. La decisión de que optara a la presidencia fue calculada por Chávez y sus aliados de muchos años en Cuba, con la finalidad de mantener en marcha la creación de una utopía socialista conjunta.

El ascenso al poder del propio Chávez fue catalizado por sus conexiones con Fidel Castro, quien lo ayudó a ensamblar su plan a largo plazo para perpetuar su posición en el poder e imponer su ideologizado sistema de Gobierno. Su fatal enfermedad fue un inesperado obstáculo en el camino del plan cubano-venezolano de penetrar en el continente y eventualmente el mundo, con un estilo socialista de Gobierno, que destruyó estratégicamente las cincuentenarias instituciones democráticas en Venezuela.

Este testigo fue pasado a Maduro, un chavista leal, entrenado para sonar en apariciones públicas como su mentor y lo suficientemente manejable como para mantenerlo bajo el pulgar de Cuba. Otros miembros más relevantes del “chavismo” fueron evaluados, pero sus mentalidades independientes y sus ambiciones de poder, representaban una amenaza para la alianza cubana.

Hoy, Venezuela es un satélite de Cuba, y su líder, una marioneta del régimen de Castro. Quien intente reemplazar a Maduro tendrá que lidiar con el liderazgo de La Habana, lo que complica aún más la resolución de la crisis política.

La isla y nación caribeña y antigua aliada soviética durante la Guerra Fría ha dirigido la política venezolana durante años. La amistad de Chávez y Fidel ha sido ampliamente documentada desde 1998, y no es ninguna coincidencia que, como Cuba, Venezuela realice elecciones frecuentes para mantener la semblanza de legitimidad por sus acciones políticas. Y por supuesto, los regímenes nunca han resultado sorprendidos por los resultados. Pruebas de intimidación a los votantes y votos asistidos, junto con manipulación al censo electoral durante la presidencia de Chávez, fueron recientemente reafirmados por un estudio realizado por investigadores de la Universidad Carlos III en Madrid.

Tras el fallecimiento de Chávez, se realizaron elecciones para mantener la simulación de democracia. Se le permitió a Maduro disputar la presidencia y ganarlo, aún después de alegatos sobre que su candidatura era inconstitucional debido a su puesto como vicepresidente. Medios internacionales e instituciones diplomáticas le otorgaron rápidamente a Maduro el título de presidente de Venezuela, a pesar de que se cometió el fraude más conspicuo de la historia del país: listas “hinchadas” de votantes, irregularidades en las papeletas, y constante intimidación a los votantes. Un Gobierno ilegítimo se las arregló para obtener legitimidad interna por la fuerza, y el resto del mundo se mostró conforme.

Los teóricos describen las crísis políticas como una declinación de la legitimidad de las instituciones públicas y las élites políticas. Siendo así, Venezuela ha estado en crisis por más de una década y ha llegado ahora a un Apocalipsis político. El politólogo Robert Dahl denota la necesidad de criterios para que un país sea considerado como democrático: elecciones libres y justas, derecho al voto, derecho a postularse para los cargos políticos, libertad de expresión, fuentes alternativas de información, y libertad para unirse a organizaciones. Venezuela falla en alcanzar no uno, sino todos los criterios; y  por muchos años, ha privado a sus ciudadanos de esos derechos.

Las elecciones mantienen las esperanzas de los ciudadanos para que crean que puede haber una resolución pacífica a la crisis política, cuando está en evidencia que las instituciones democráticas venezolanas son solo una fachada. Así, no hay una definición académica de las palabras legítimidad y democracia por las que este Gobierno pueda ser considerado ninguna de las dos cosas; y por lo tanto, no se le debe dar ninguna de las ventajas de la legalidad internacional en el escenario diplomático.

La única manera de que el cambio pueda venir desde adentro es que el resto del mundo condene cada acción del gobierno y elimine su capacidad para camuflarse en la falsa legitimidad.

El método cubano-venezolano de infiltrar las instituciones democráticas, corroyéndolas desde su interior para crear un estado totalitario neosocialista, ha llegado mucho más allá de las costas del Caribe; los casos más notables son la presidencia de Argentina y el partido izquierdista Podemos de España. El país también tiene relaciones económicas con Siria, Irán y Rusia.

Académicos como Samuel Huntington consideran a la democracia como la única fuente de legitimidad de gobierno; así que ¿cuál debe ser la respuesta del mundo a un régimen despótico, totalitario, que arbitrariamente asesina y apresa a sus ciudadanos cotidianamente?

Negarle las visas a ciertos oficiales corruptos del Gobierno es un comienzo, pero no es en absoluto una acción lo suficientemente fuerte como para enviar el mensaje de que Venezuela es un país secuestrado por un grupo ilegítimo de maleantes, con el respaldo internacional de los déspotas de ideas afines.

Traducido por Johanna Villasmil.

Editado por Pedro García Otero.

Helena Ball Helena Ball

Venezolana, graduada de la London School of Economics y exejecutiva financiera actualmente completando un postgrado de periodismo en Nueva York. Síguela en @heleMball.