Por qué desigualdad no es pobreza

Menos pobreza, más desigualdad

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El crecimiento económico y la mayor riqueza de los ricos es, entonces, la mejor vía para ayudar a los pobres. (Fotomontaje PanAm Post)

Recientemente en Argentina, el Instituto oficial de estadísticas divulgó un nuevo registro de la tasa de pobreza. De acuerdo con el INDEC; la pobreza en el país, que alcanzaba al 30,3 % de la población en el segundo semestre de 2016, cayó al 25,7 % a fines del año pasado.

Luego de presentados los datos, el presidente de la nación dio su punto de vista en una conferencia de prensa.

Macri afirmó:

“Estamos en el buen camino. Desde que tenemos estadísticas confiables hay 2,7 millones de personas que lograron salir de la pobreza y cerca de 610 mil que dejaron de vivir en la indigencia (…) Pero ningún dato económico positivo tiene sentido si detrás no se refleja una vida mejor para los argentinos. Aunque la argentina crezca como está pasando, si no trabajamos juntos, no se va a reducir la brecha entre los que más tienen, y los que menos tienen”.

En una entrevista posterior, el presidente insistió con ese punto:

“Este es un proceso en el cual el principal objetivo que yo he asumido como gobierno y como presidente es reducir la pobreza. Y otra cosa en que tenemos que trabajar mucho es en que la diferencia entre los que más tienen y los que menos tienen sea cada vez menor”.

Por si no se percibe, aparece un problema en las declaraciones oficiales. Y es que se mezclan, como si fuesen conceptos similares, la pobreza y la desigualdad. En el discurso oficial parecería que reducir una cosa va de la mano de reducir la otra.

¿Es esto así? La respuesta es negativa.

Menos pobreza, más desigualdad

Imaginemos que estamos viendo la siguiente foto. En la imagen se observa una persona muy rica, que  vive con todas las comodidades, y también una persona pobre, que lucha todos los meses para poder conseguir  las cosas más básicas.

A priori el problema que uno observa está en la segunda parte de la imagen. Lo que debería preocuparnos es la carencia de quien no tiene, más que la opulencia de quien sí tiene.

Pero, claro, alguno podrá proponer que, si al que tiene le sacamos parte de sus ingresos y se la damos al que no tiene, entonces la persona pobre abandonará su precaria situación.

De hacer eso, es obvio, terminaremos con una menor pobreza (el pobre ahora tiene más bienes y servicios a disposición, gracias a la transferencia del rico), y una menor desigualdad. El pobre es más rico,  el rico es más pobre.

Ahora bien, aun cuando esta sea una posibilidad —en teoría— para reducir la pobreza, no es la única.

Piénsese en Juan, que ingresa USD $260 por mes (la línea de la pobreza según las estadísticas argentinas) y Josefina, que ingresa USD $5.000.

Si ambos individuos mejoraran sus ingresos, es seguro que se reducirá la pobreza, pero podría también crecer la desigualdad. Por ejemplo, si luego de 5 años Juan ingresa USD $1.000 al mes, mientras que Josefina ahora tiene un salario de USD $50.000, ambos estarán mejor y ya no habrá pobreza, pero la “brecha de ingresos” entre ricos y pobres habrá aumentado.

En este segundo escenario, la pobreza se redujo, pero la desigualdad aumentó.

Queda claro, entonces, que pobreza y desigualdad son dos temas separados, y que no es necesario, para reducir la pobreza, que caiga la desigualdad.

Redistribución versus crecimiento

En el apartado anterior  describimos las dos grandes bibliotecas que existen para abordar el tema de la pobreza. La primera sostiene que para reducirla es necesaria la redistribución, que al mismo tiempo que mejora a “los de abajo”, empeora a “los de arriba”.

La segunda teoría, por su parte, sostiene que lo importante es que los de abajo mejoren, pero sin que por ello haya que empeorar a los de arriba. Dentro de ese pensamiento, la clave para superar las carencias materiales no es la redistribución impuesta por el Estado, sino el crecimiento económico, que permite a todos acceder a mayor cantidad de bienes y servicios.

La historia se inclina por el segundo abordaje. Según las estadísticas recopiladas por Our World In Data, en la medida que un país crece en términos económicos, la pobreza se reduce en todos los casos.

La relación entre crecimiento y caída de la pobreza también explica por qué no hay que atacar a los ricos para ayudar a los pobres.

Es que en una economía de mercado, para enriquecerse no queda otra que producir un bien o un servicio que sea valorado por los demás. Así, el éxito empresarial es una señal de que la sociedad valora lo que la empresa hace. Como cuestión adicional, el país ahora tiene más y mejores bienes y servicios, pero también más demanda de mano de obra y mejores salarios.

El crecimiento económico y la mayor riqueza de los ricos es, entonces, la mejor vía para ayudar a los pobres.

En conclusión, desigualdad no es sinónimo de pobreza. Y pensar que son lo mismo puede llevarnos a pensar que para ayudar a los pobres hay que castigar a los ricos.

La realidad nos muestra que es todo lo contrario. Debemos promover el crecimiento económico y permitir que algunos se hagan muy, muy, ricos, de manera que funcionen los incentivos, haya más inversión, producción, y mejoras en las condiciones de vida para todos.

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