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Progresistas reunidos en América Latina, incapaces de salir de la paranoia

Por: Javier Garay - @Crittiko - Oct 7, 2014, 10:54 am
progresistas elap
La reunión el pasado 29 y 30 de septiembre en Quito congregó a los referentes “progresistas” de América Latina. (ELAP2014)

EnglishLa semana pasada, se llevó a cabo en Quito, Ecuador, el Encuentro Latinoamericano Progresista (ELAP 2014). Representantes de Cuba, Nicaragua, Guatemala, Honduras, Venezuela, Grecia y España se hicieron presentes. De igual manera, asistieron el expresidente hondureño Manuel Zelaya, la exsenadora colombiana Piedad Córdoba, el eurodiputado español Pablo Iglesias y el sociólogo argentino Atilio Borón.

Es decir, el marxismo en pleno. Esta podría ser una reunión estratégica más, natural en organizaciones creadas para llegar al poder. De hecho, el objetivo planteado fue el de enfrentar lo que los progresistas latinoamericanos perciben como un fortalecimiento de la “derecha”.

Pero la reunión alcanza relevancia cuando se la entiende como un reflejo de las deficiencias de las que adolece el progresismo latinoamericano, así como de la ausencia de una alternativa real para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Los resultados de la reunión no sorprenden. Antes de su inicio, anunciaron que abordarían los intentos de “desestabilizar” a los Gobiernos progresistas a través de lo que denominan “golpes blandos”, de los que culpan a la “derecha”. De igual manera se reunirían para denunciar las supuestas agresiones por parte de Estados Unidos.

Y eso fue lo que hicieron. En la declaración de Quito, resultado de dos días de pura demagogia, respaldaron a los Gobiernos populistas de Bolivia, Ecuador y Venezuela. Apoyaron el proceso de paz en Colombia; se pronunciaron en contra de lo que consideran colonialismo en Puerto Rico, del incumplimiento del pago de la indemnización que las nada independiente cortes ecuatorianas le impusieron a Chevron y de los supuestos “fondos buitre” en Argentina.

Una vez más, el progresismo populista latinoamericano dejó al descubierto sus peores características. Primero, que es una forma de entender el mundo desde la paranoia. Todos los problemas que aquejan a sus Gobiernos no se deben a la ineptitud de sus líderes ni a las pésimas ideas en las que creen, sino a la mano oscura de Estados Unidos, de las multinacionales o de la oposición local.

Por lo anterior, en lugar de analizar cuál fue la situación real que desencadenó la revuelta policial de hace tres años en Ecuador, todo se redujo a una teoría de la conspiración que los progresistas solucionan con mitines, arengas y autoproclamándose víctimas —no de alguien definible, sino del “sistema” o de la “derecha”.

Además, es un progresismo superficial. Los líderes no ven más allá de sus narices ni comprenden la compleja situación que ha resultado en los casos de Puerto Rico, de la Chevron o de la cesación de pagos de Argentina. Un ejemplo patente es el proceso de paz en Colombia. Los superficiales líderes “progresistas” —o, mejor, retardatarios— de América Latina confunden un proceso de paz con la paz misma.

Así, los progresistas latinoamericanos solo tiene un punto de encuentro: la búsqueda de enemigos que les permiten externalizar las responsabilidades y asignar culpas a entidades, Gobiernos o fenómenos externos. Estos supuestos enemigos nunca responderán (porque no son los culpables), pero esta estrategia mantiene en los seguidores la ilusión de que el problema está en los demás y no en la naturaleza misma de su proyecto político.

En este sentido, la reunión de Quito también demostró la carencia de una alternativa viable para el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos latinoamericanos.

No solo los Gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador o Argentina han demostrado que lo único que saben hacer es eliminar la libertad. No solo han llevado a las economías de sus países al borde de la quiebra. No solo han perseguido a sus opositores. No solo han eliminado cualquier conato de independencia entre los poderes públicos. No solo han eliminado la libertad de expresión.

Dicen que está en contra del supuesto neocolonialismo, pero solo plantean las mismas estrategias que ya se han implementado en el actual sistema. Rechazan el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, pero proponen la creación del Banco del Sur y los fondos de reserva del sur. No les interesa profundizar en las deficiencias de lo ya existente. Por ello, proponen medidas que tendrán los mismos problemas.

También está el hecho de que, por esa pereza de analizar los problemas de manera compleja, y de preferir la facilidad de las teorías de la conspiración, la única propuesta que hacen es la de cambiar las sociedades basadas en la cooperación voluntaria, por unas basadas en el odio y la envidia por el extranjero y por el que tiene éxito económico. Es decir, lo único que plantean es sociedades autoritarias como las que dicen odiar, como las del nacionalsocialismo de los 40 en Alemania.

Ojalá vengan más reuniones de la izquierda latinoamericana. Con sus propias acciones y declaraciones se evidencian todas sus deficiencias y su incapacidad para cumplir con los fines que dicen buscar. Lo único que se debe hacer es resaltarlas.

Javier Garay Javier Garay

Javier Garay es profesor en la Universidad Externado de Colombia. Escribió dos libros sobre temas internacionales, uno de ellos sobre el desarrollo económico, tema sobre el que está realizando su tesis doctoral. Síguelo en Twitter en @crittiko, y visita su blog personal: Crittiko.