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Bogotá quiere dignificar a los más pobres por decreto

Por: Javier Garay - @Crittiko - Nov 14, 2014, 2:38 pm
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El  alcalde de Bogotá Gustavo Petro piensa tener la potestad de cambiar las relaciones entre los ciudadanos. (Flickr)

English¿Cómo se reducen al mínimo los niveles de violencia en una sociedad y, a su vez, los individuos son libres de perseguir sus diversos fines personales? ¿Es suficiente la existencia de unas normas generales de convivencia, como planteó Friedrich Hayek, o se requieren valores adicionales codificados en reglas específicas?

En la sociedad actual, cada vez más presa del pensamiento políticamente correcto, la respuesta a la segunda pregunta pareciera estar del lado de la supuesta necesidad de valores adicionales.

Un ejemplo de ello se encuentra en Bogotá, Colombia. Desde la semana pasada, el alcalde Gustavo Petro anunció su intención de construir casas para las víctimas de la violencia en situación de pobreza, en las zonas más costosas de la capital, donde viven los individuos de mayores ingresos.

La justificación del alcalde se encuentra en la supuesta necesidad de reducir la “segregación” que los más pobres han sufrido en la ciudad al vivir en zonas apartadas (que en el caso bogotano se encuentran al sur). Es decir, Petro está decidido a obligar a los más ricos a aceptar y a “incluir” a los más pobres.

Las respuestas no se han hecho esperar. La mayoría de los expertos comparte el objetivo del alcalde pero critican que el programa es improvisado, que no está garantizada su financiación, que su anuncio se enmarcó en una supuesta lucha de clases, y que la ejecución del proyecto, en caso de realizarse, no solucionaría el problema —entre otras cosas, porque el número de casas no sería suficiente y porque esas familias tendrían dificultades para acceder a bienes y servicios en las zonas donde se piensa construir.

En todo tienen razón, menos en que el espíritu o la justificación del proyecto sea loable. Porque no lo es.

Si en una sociedad existe segregación forzosa, siendo rigurosos con la definición del término, esta es resultado de la acción directa del Estado, pues requiere de la existencia y aplicación de una o más políticas para mantenerla.

En consecuencia, a lo sumo podríamos hablar en Bogotá de la inexistencia de relaciones cercanas, cordiales, entre personas “ricas” y personas “pobres”. Así, llamando las cosas por su nombre, lo que pretende Petro es solucionar la forma como esas relaciones se han dado. Y pretende hacerlo por medio del cambio de la ubicación geográfica de algunos individuos.

La pregunta en este caso sería si cambiar la forma como se relacionan los individuos en la ciudad es algo que podría hacer el alcalde Petro y su equipo de Gobierno, autoproclamados ángeles llenos de virtudes.

El hecho de llevar a vivir a personas de bajos recursos, víctimas de la violencia, a sectores acaudalados, ¿cambiaría la forma como se relacionan aquellos que tienen menos con los que tienen más ingresos? La respuesta es no, o por lo menos no de manera automática. De hecho, lo que podría generar la medida es —al contrario— mayores fricciones, incluso violentas. En efecto, ya se anuncian demandas en contra de la decisión, pero Petro, protegido por su puesto al parecer omnipotente, ha dicho que seguirá adelante.

Pero la cosa no queda allí. Para que una sociedad sea la “adecuada” para los individuos, ¿debe alcanzarse un nivel en el que todos se aprecien entre sí? Es de esperar que la mayoría considere que la respuesta sea no.

Así, en el fondo, para Petro y sus seguidores, el problema se encuentra en la forma de ser de los “ricos”. Ante esto, habría que recordarles que la categoría “los ricos” se compone de cientos o miles de individuos que son diferentes entre sí y que no comparten, en muchos casos, ni siquiera intereses. Si algunos de ellos son malas personas y sienten desprecio por los más pobres, ¿cómo se afecta la sociedad?

Por su parte, la propuesta demuestra una visión de la pobreza como algo idílico. La visión presupone que “los pobres” son incapaces y que, a diferencia de los más ricos, están llenos de virtudes y buenos sentimientos. Pero esto, algo que el alcalde ignora, es falso. Además, fíjense en la paradoja: lo que está haciendo Petro, tanto por las fricciones que pueden suceder como por la visión de lástima detrás del proyecto, es volver a victimizar a estas personas que ya han sufrido mucho.

Esta idea del Gobierno bogotano es otra expresión de la ingeniería social basada en presupuestos equivocados sobre el deber ser de la vida en sociedad. En lugar de querer convertirnos en individuos virtuosos, como supuestamente lo son el alcalde y sus seguidores, este debería cumplir su labor de reducir las trabas para que la pobreza disminuya. El alcalde debería respetar la dignidad de los individuos, así estos sean pobres o ricos. El tema de la pobreza es económico, y no se soluciona imponiendo valores —mucho menos llevando a personas, como si fueran ganado, del sur al norte.

Javier Garay Javier Garay

Javier Garay es profesor en la Universidad Externado de Colombia. Escribió dos libros sobre temas internacionales, uno de ellos sobre el desarrollo económico, tema sobre el que está realizando su tesis doctoral. Síguelo en Twitter en @crittiko, y visita su blog personal: Crittiko.