Colombia y Venezuela: la opresión a las minorías en nombre de la sagrada democracia

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(Política Exterior)
Muchos le asignan a la democracia funciones sociales, de eliminación de las desigualdades. (Política Exterior)

La democracia es considerada como el mejor régimen político. Todos, incluso los dictadores, quieren parecer demócratas. Eso da estatus; genera admiración. Muchos le asignan a la democracia funciones sociales, de eliminación de las desigualdades. Otros la consideran como la forma para alcanzar la – tan esperada como elusiva – lucha de clases marxista. Otros más creen que es la máxima expresión de la libertad.

Muy pocos la ven como lo que es: un mecanismo para la toma de decisiones colectivas. Las decisiones de este tipo puede tomarlas una persona (el dirigente), varias personas (los representantes, por ejemplo) o los ciudadanos. Desde este punto de vista, ni fines económicos, ni lucha de clases y, mucho menos, libertad.

Pero el concepto se ha romantizado porque existe una grave confusión en torno a esas decisiones colectivas. Muchos de los entusiastas de la democracia (aquéllos que esperan la lucha de clases o el fin de la desigualdad) tienden a olvidar que no todas las decisiones pueden – ni deben – ser tomadas de manera colectiva. Podemos estar de acuerdo en que colectivamente decidamos quién nos gobernará pero la cosa deja de ser consensuada si el objeto de decisión es lo que podemos consumir o en qué debemos creer.

A su vez, los que confunden democracia con libertad caen en uno de dos errores. O consideran que la democracia es, siempre, democracia liberal, lo que es falso. O creen que la libertad solo es política. Lo primero es falso porque, como muestra la evidencia, los mecanismos democráticos pueden utilizarse para eliminar las restricciones al poder, para legitimar gobiernos autoritarios, para aplastar a las minorías o para todo lo anterior y mucho más. Ahí está el caso de Venezuela.

Lo de si la clase de libertad más importante es la política ha sido debatido y claramente no se compenetra con el concepto individual de libertad. Para ello, tendría que demostrarse que el ámbito más importante del individuo es el político y eso, a menos que uno sea un colectivista convencido, no tiene sustento ni en la realidad, ni en la complejidad humana.

Pero, como decía, la democracia sigue romantizándose. El problema es que esto lleva, cada vez más, a que estos mecanismos no solo se utilicen como en Venezuela, sino para que diversas facciones avancen en sus descarados intentos por imponer sus intereses a costa de los de los demás.

En Colombia, hay tres casos en curso: esta semana se votará en el Congreso si se acepta la realización de un referendo para que unas personas – seguramente la mayoría – decidan si les imponen a los demás su concepto de familia. Por su parte, la Corte Constitucional le ordenó al actual alcalde de Bogotá reactivar la convocatoria de una consulta popular para que unos ciudadanos  – seguramente la mayoría – decidan si se prohíben las corridas de toros. Por último, en estos días las autoridades electorales (Consejo Nacional Electoral y la Registraduría) están analizando la posibilidad de adelantar una revocatoria por parte de los ciudadanos – seguramente la mayoría – al mandato del alcalde bogotano, Enrique Peñalosa.

En los tres casos se usan los mecanismos democráticos. En los tres casos se trata de decisiones ya cantadas: las mayorías son claras en estos escenarios. En los tres casos se considera la democracia como la mejor opción sin pensar si los asuntos que se piensa resolver deben ser dirimidos de manera colectiva (en particular, los primeros dos).

Pero lo más grave es que, en los tres casos, se trata de cómo unas facciones avanzan sus intereses a costa de los de los demás. Seamos claros: es positivo que existan diversas posiciones sobre lo que debe ser una familia y cómo debe estar compuesta. Pero eso debe tratarse en las discusiones entre individuos o en escenarios académicos y religiosos. Un grupo, por más grande que sea, no puede imponer su visión a los demás.

 

Lo mismo sucede con la protección a los animales y lo salvajes que, para algunos, son las corridas de toros. La victoria se logra en el mercado (acabando el negocio) y con argumentos, no prohibiéndoles a unos pocos lo que la mayoría consideramos inhumano o cruel.

Por último, es claro que las mayorías están decepcionadas con el actual alcalde. Los ciudadanos pretendían soluciones mágicas e inmediatas a más de una década de malas decisiones, improvisaciones y errores. Pero la revocatoria no se trata sino de cómo unos grupos específicos buscan impedir que cualquier otro gobierne la ciudad, más si ese otro tiene posiciones políticas contrarias.

Así, la democracia pierde su pertinencia y utilidad. No solo es el tipo de decisiones, sino la extralimitación del poder, la politización de todos los asuntos, la dependencia del ánimo de las mayorías y la opresión a las minorías. No traten de disfrazarlo: la democracia en contra de la libertad no es sino tiranía.

 

 

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