Cómo combatir las preocupantes encuestas presidenciales en Colombia

Las encuestas publicadas la semana pasada en Colombia deben ser una señal de alarma

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La tercera y ultima parte de la serie por Javier Garay sobre las ecnuastes presidenciales en Colombia

En una situación de polarización política como en la que se encuentra Colombia, es necesario alejar las emociones y racionalizar los análisis. Es muy fácil que la polarización lleve a la violencia porque las personas tienden a olvidar que detrás de las preferencias políticas hay seres humanos como uno. Yo creo, profundamente, que los estatistas de todas las tendencias (socialistas, comunistas, fascistas, o como se llamen) están absolutamente equivocados. En los debates, puedo perder la calma en algunas ocasiones. Pero lo que nunca se puede perder de vista, es la humanidad del contrario. Por ello, me rehúso a pensar que, aunque equivocados, la mayoría de los estatistas tienen malas intenciones o que sus preocupaciones no son legítimas.

Los estrategas políticos de las campañas contrarias a las posturas de un personaje como Petro deberían tener lo anterior como su máxima. Debo aclarar: cuando pienso en las posturas contrarias, no pienso necesariamente en las de la derecha colombiana. Como señalé antes, aunque sin demostrarlo, posiciones como las de Alejandro Ordóñez me parecen igual de peligrosas (demostraría este punto si fuera este personaje el que estuviera liderando las encuestas). De igual manera, debemos recordar que, como mostramos rápidamente en la parte II de este escrito, no tenemos una opción política que defienda la libertad en estas elecciones.

Así, la sugerencia está encaminada más bien a los demás candidatos, cualquiera que, sin defender la libertad, tiene una posición estatista menos extrema. Ellos deben arrebatarle el discurso políticamente correcto a la izquierda radical de Petro y mostrar que, al contrario de lo que piensan algunos jóvenes, citadinos, sin partido e individuos con menos recursos, sus objetivos se alcanzarán sin necesidad de recurrir a la alternativa estatal. De hecho, esta no solo no logra los objetivos deseados, sino que los aleja y genera nuevos problemas.

No es suficiente con mostrar que esa opción es contraproducente. La izquierda ha sido tan hábil que ya hay una burla constante cuando se plantea que en Colombia puede pasar algo similar a lo que sucede en Venezuela. De poco sirve señalar que nunca, en ningún país, en ningún periodo, algo semejante es imposible. Mucho menos lo es en un país como Colombia en el que, como ya señalé, el Estado no tiene restricciones reales en su actuación ni los ciudadanos, en general, quieren que las tenga. La derecha estatista, debido a su afán por lograr un discurso efectivo, aunque exageradamente simplista, tiene parte de la culpa al haber creado el absurdo neologismo de castrochavismo, pero esto es otra historia…

Teniendo en cuenta las características de aquéllos que se están decantando por la opción estatista, la propuesta debe ser positiva. Esta debería contener, por lo menos, los siguientes puntos:

Primero, se debe señalar que los logros sociales solo se pueden obtener por medio de la libertad. No es cierto que exista una diferencia entre “la economía” y “lo social”. Si lo primero va mejor, también lo hará lo segundo. La pobreza solo se elimina si hay más riqueza generada en una sociedad.

Segundo, se debe mostrar que sentir empatía por las personas que padecen pobreza y exclusión no es igual a quitarles su dignidad e individualidad. Las personas con escasos recursos son seres humanos con sueños, aspiraciones, deseos. Y deben tener posibilidad de elegir. Es más, en un país como Colombia, muchos de ellos los dicen abiertamente: no quieren pesar, quieren tener la oportunidad. Lo mismo sucede con las personas que han sido discriminadas, como las minorías sexuales, los indígenas o las mujeres. No por identificarse con alguna de estas características, se debe eliminar la individualidad: la persona es ser humano antes que homosexual, lesbiana, mujer, indígena, afrocolombiano o lo que sea.

Tercero, la pobreza y exclusión son, la mayoría de las veces, resultado de andamiajes institucionales. Esto quiere decir que, muchas veces, es la acción estatal la que las genera. Las instituciones no tienen vigencia ni legitimidad si no son aceptadas socialmente. Pero esta aceptación, la mayoría de las veces, no se puede imponer. Aquí puede haber una gran limitación a lo que el Estado puede hacer para abordar ciertos temas.

Cuarto, es necesario contar con más información verídica sobre el desastre en Venezuela y su relación con el régimen del socialismo del siglo XXI, así como de las equivocadas decisiones que tomó Gustavo Petro en Bogotá durante su alcaldía. Pero esta información debe ser presentada, no solo de manera clara a los ciudadanos, sino mostrando la relación con sus preocupaciones.

Las encuestas publicadas la semana pasada en Colombia deben ser una señal de alarma. Es responsabilidad de todos evitar que las próximas sean unas elecciones de las que nos arrepintamos en algunos años.

 

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