Cuando la realidad no importa: creencias sobre la llegada masiva de venezolanos a Colombia

Las quejas son recurrentes sobre la llegada, pero no lógicas

693
No es un maratón: Es una avalancha de venezolanos queriendo comprar en Cúcuta el día que el Gobierno de su país abrió las fronteras. (Twitter)

Después de meses de entrada masiva de ciudadanos venezolanos a Colombia, el gobierno colombiano parece haber reconocido la gravedad que ha alcanzado la situación.

Entre medio millón y un millón de personas han llegado en pocos años.  Ante esto, el gobierno anunció una serie de medidas, que no pueden ser descritas sino como paños de agua tibia, cortoplacistas y, aunque parezca difícil de creer, improvisadas.

Precisamente, por estas características es que, de un lado, tomaron por sorpresa a todos los implicados.

Dejándole la bomba social al que sigue

Es comprensible que el gobierno actual haya decidido ignorar el asunto por tanto tiempo y que ante la imposibilidad de mantener la inacción sus decisiones sean parciales, por decir lo menos. Como es reconocido, este tipo de fenómenos no se manifiestan de manera inmediata, ni sus efectos – positivos o negativos– se presentan en su total magnitud desde el primer momento.

Por ello, existe un poderoso incentivo para dejar de lado lo que está sucediendo y hacer como si nada. Por otro lado, las mediocres decisiones adoptadas la semana pasada demuestran que el gobierno ya está de salida.

El problema recaerá, en toda su gravedad, sobre el siguiente gobernante quien, además, lo más seguro es que no tomará decisiones inmediatas, sino que primero tendrá que adaptarse al cargo, solucionar otros asuntos (como la creciente polarización) y luego sí podrá concentrarse en esta creciente bomba social.

Pero, además de lo anterior, existe una profunda dificultad para plantear soluciones efectivas. Desde una perspectiva de libertad de fronteras, se podría pensar que no existe ningún problema. Los migrantes son una contribución para el país al que llegan y tenderán a adaptarse, ocupando diversos cargos que antes no eran ocupados por los ciudadanos locales y ayudarán a crear riqueza, ya sea como empresarios o empleados.

Esta idea es cierta en todos los casos documentados: los países o regiones que reciben un mayor número de inmigrantes se ven beneficiados en mayores tasas de crecimiento, en diversidad cultural y en tamaño y calidad del mercado laboral, entre otros.

Demasiada gente, demasiado rápido

No obstante, una cosa es lo que se espera genere la llegada masiva de venezolanos a Colombia y otra el desajuste inicial. De un lado, ya sea la cifra de quinientas mil personas o la de un millón, estamos diciendo que en cuestión de dos años la población colombiana creció entre un 10 % y un 20 %.

Absorber semejante número de personas es muy difícil, en particular un país con los problemas de Colombia: niveles de pobreza que, aunque han caído sostenidamente en los años recientes, aún se mantienen en altos niveles, en particular, en zonas cercanas a la zona de frontera; dificultades para la creación de empresas, como resultado de, entre otros, los altos niveles de tributación; altos niveles de desempleo estructural, entre otros.

Por otro lado, Colombia, por muchas razones, nunca fue destino de inmigrantes, mucho menos en masa. Años de conflicto, por ejemplo, hicieron que, en lugar de recibir personas, Colombia fuera un país expulsor. Entre muchos fenómenos, este –casi– aislamiento hizo que la sociedad colombiana sea desconfiada frente a la diferencia y poco entusiasta ante el asentamiento de personas de otras nacionalidades.

Por las anteriores y otras razones ya se está reconociendo un creciente problema de xenofobia en diversas regiones del país.

En conversaciones que he tenido con personas que viven en regiones de frontera o en otras ciudades con una presencia importante de ciudadanos venezolanos, las quejas son recurrentes:

  • Se asocia el incremento de la inseguridad (incluso los asesinatos) con la llegada masiva de venezolanos.
  • Se afirma que estos ciudadanos han invadido espacios públicos, los han dañado, ensuciado.
  • Me han contado que, al ser muchos venezolanos vendedores en las calles, cuando alguien no les compra o los ignora, estos tienden a tener reacciones agresivas.
  • Se dice que los precios de los salarios, por ejemplo, de los jornales por el trabajo en el campo, han caído de manera drástica por la mano de obra más barata de los venezolanos.
  • Otros afirman que estos individuos han reemplazado a la mano de obra local en diversos sectores, incluso en algunos profesionales.

¿Son ciertas estas y otras afirmaciones? No es fácil comprobarlo. Pero, como muchas verdades socialmente compartidas, poco importa qué tanta evidencia de ellas existe: lo que las hace existir es que las personas creen en ellas y utilizan todos los mecanismos posibles para dejar de hacerlo.

Por ello, es poco lo que sirve mostrar, con argumentos, que es difícil que los precios de la mano de obra hayan caído solo como resultado de la llegada de venezolanos, o que puede ser mejor para todos si así ha sucedido.

Tampoco sirve decir que las tasas de criminalidad no pueden reflejar solo los delitos cometidos por algunos venezolanos. Mucho menos sirve tratar de apelar a la humanidad: el cuento de que muchos colombianos llegaron a Venezuela durante lo peor del conflicto y que ahora es momento de retribuir esa generosidad no solo no es escuchado, sino descartado con cinismo y hasta burla.

¿Cómo hacer para mostrar los beneficios de la llegada de venezolanos a Colombia? ¿Cómo hacer entender que la cuestión es de humanidad? La respuesta a estas preguntas es urgente. De lo contrario, podemos estar presenciando una fuente de conflicto futuro en Colombia cuyas consecuencias no conocemos, pero que pueden ser desastrosas.

Comentarios