Colombia: ¿es posible que se repita lo que sucedió en Venezuela?

Los colombianos han comenzado a valorar la figura del “hombre fuerte”. No solo se ven en el gobernante la posibilidad de solucionar todos los problemas, sino que se le atribuyen características paternalistas.

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En Colombia tenemos condiciones que favorecerían la implementación de un modelo de corte socialista. (Fotomontaje PanAm Post)

Muchos dan por descontado que tal cosa es imposible. Cierran la discusión. Se burlan de quién la plantee. Esto puede reflejar o que en realidad creen que es imposible la implantación del socialismo en Colombia o que, en el fondo, no crean que es tan malo que tal cosa suceda.

Existen varios argumentos que pueden sustentar la hipótesis de la imposibilidad. Primero, está la historia. Colombia es uno de los países –por no decir el único– que en América Latina ha experimentado menos regímenes autocráticos y ha disfrutado por más tiempo la democracia, con una alternancia de líderes políticos que, en general, y con todas las críticas que se les puedan hacer, han tratado de ser responsables en la administración estatal y respetuosos de una tradición relativamente liberal. Segundo, está lo que mal denominan los politólogos, las instituciones. Colombia tiene un pasado de división de poderes, con una independencia del legislativo y del judicial. Además, hay algún tipo de autonomía regional. Tercero, la cultura política. Los colombianos no tienden a favorecer las opciones de izquierda radical, por ejemplo.

No obstante, los anteriores no son argumentos lo suficientemente sólidos como para descartar tajantemente la implantación del socialismo. La historia, no hay que olvidarlo, nos muestra los hechos del pasado, pero no hay ninguna evidencia que nos permita anticipar el futuro. Los seres humanos son artífices, constantemente, de su presente. Y no hay nada que demuestre que lo que más privilegian para hacerlo, sea su pasado.

Además, las instituciones colombianas no son necesariamente un seguro para evitar el socialismo en dos sentidos. Primero, ha existido un deterioro creciente en la imagen y percepción de las diversas ramas del poder público: la corrupción, la incapacidad de enfrentar los problemas sociales y la politización de las decisiones judiciales son algunas de las causas. Segundo, las instituciones entendidas como las reglas del juego no limitan, desde ningún punto de vista, la acción estatal: podríamos señalar que si el Estado no es más intervencionista y limitador de libertades ha sido porque los gobernantes de turno no han querido.

Junto a esto, los colombianos han comenzado a valorar la figura del “hombre fuerte”. No solo se ven en el gobernante la posibilidad de solucionar todos los problemas, sino que se le atribuyen características cercanas a una visión paternalista del poder.

Como resultado de lo anterior, la cultura política también está cambiando. Los ciudadanos parecen exigir, cada vez, más Estado. Perciben, así no sea cierto, que las cosas están cada vez peor y que atravesamos una crisis sin precedentes. Creen que es necesario un líder que responda a todas las expectativas y que, sin importar cómo, solucione todos los problemas.

Estas son todas, no cabe duda, condiciones para la implantación de un modelo socialista. No debe olvidarse que socialismo es estatismo y que el estatismo no solo se encuentra en la izquierda. Así las cosas, para volver seria la discusión, lo primero que tendríamos que hacer es abandonar el desafortunado término (porque no concepto) de “castrochavismo”.

Sin embargo, más allá del término, la discusión no se da por varias razones. La primera es la de la incertidumbre: tenemos condiciones que favorecerían la implementación de un modelo de corte socialista, pero eso no quiere decir que sea 100 % seguro que va a pasar. No sabemos.

La segunda es el paso que les dan las personas al discurso. Nos dicen que no es posible la llegada de un Gobierno socialista al poder porque ninguno dice, en su programa, que va a ser socialista ni que quiere un modelo como el venezolano. El relacionar discurso –propuestas– con formas de hacerlo –implicaciones– debería ser tarea de los analistas (que son los primeros que no quieren dar la discusión).

La tercera es que sigue creyéndose que los problemas de los modelos abiertamente socialistas se deben a las personas y no a los modelos. ¿La Unión Soviética? No, eso fue “desviacionismo” de Stalin o de Kruschov o de quién sea. ¿Cuba? No, el problema está en el embargo. ¿Venezuela? No, es que Nicolás Maduro no sabe gobernar. Y así. Muy pocos han decidido trascender el tema de las personas y concentrarse en las ideas en las que creen esas personas.

La cuarta es una suerte de asimetría. En los últimos tiempos, como resultado del trabajo de “mercadeo” de unos y de reconocimiento del peligro de los otros, se considera –tal vez en el imaginario colectivo– que es más indeseable, y por ello mismo posible, un socialismo de derecha que uno de izquierda. Por ello, se cree que es necesario evitar a toda costa el primero mientras que el segundo se ve, como menos malo o, incluso en algunos casos, con buenos ojos.

Por último, porque es muy fácil rehacer la historia, entre otras, porque los países socialistas tienden a ser muy cerrados y a ser hábiles en el manejo de las comunicaciones. Está pasando hoy, pero aún no sabemos a ciencia cierta qué tan grave es la situación en Venezuela, por ejemplo. Por ello, ya están comenzando, poco a poco, a vendernos la idea según la cual la escasez comenzó por las sanciones de Estados Unidos o por el contrabando a Colombia. Si permitimos esa reconstrucción, a la vuelta de unos pocos años, esa será la historia que se contará.

La hipótesis de imposibilidad no solo está mal justificada. Es un error porque nos evita discutir asuntos que son importantes para una sociedad (como el grado de libertad que está dispuesta a sacrificar) y porque adormece a los ciudadanos. La hipótesis de la imposibilidad no es sino pereza de concentrarse en lo importante.

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