Los errores de los seguidores de Gustavo Petro

La preocupación se incrementa como se incrementan sus resultados en las encuestas presidenciales.

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Petro
(Gustavo Petro/Flickr)

No debería insistir. Escribir sobre el mismo tema puede agotar al lector. Pareciera que no existieran más temas. Incluso, darle tanta importancia a una misma persona puede ser contraproducente.

Esos son algunos de los riesgos.

Sin embargo, hay otros riesgos y sus efectos pueden ser peores: comenzando por que el candidato Petro llegase al poder. La preocupación se incrementa como se incrementan sus resultados en las encuestas presidenciales.

En Bogotá, los más jóvenes y en algunas regiones del país están apoyando a la opción populista, a pesar de que el candidato no haya siquiera evitado demostrar su preferencia por un modelo económico muy centralizado, por unas relaciones poco amables con los medios de comunicación y por un fortalecimiento del Estado en casi todos los ámbitos, justificándose en una retórica revanchista, que divide la sociedad en “los ricos” y “el resto”.

¿Por qué tanta gente parece apoyar esa opción? Es posible que todo se base en la ingenuidad de los votantes.

Ingenuidad en tanto se dejan llevar por cantos de sirena en torno a la posibilidad de la gratuidad de los bienes y servicios. He visto cómo muchos de sus seguidores plantean la cuestión en torno a la pregunta: ¿quiere un país con educación gratuita para todos? Pues vote por…No puede haber mayor ingenuidad. No solo porque nada es gratis, sino porque no existe claridad alguna, sobre de dónde saldrían los recursos para financiar tal promesa. Es más, los votantes, tan ingenuos, parecen creer que, incluso si se implementara esa medida, no habría consecuencias no anticipadas o no habría que sacrificar otros objetivos: los recursos son escasos y las decisiones que se toman no siempre obtienen los resultados que se esperan.

Son ingenuos porque confunden provisión del servicio de educación con calidad del mismo. Son ingenuos porque creen que la educación es la causa del desarrollo y no contemplan, siquiera, que puede ser la consecuencia del mismo. Son ingenuos porque asumen que la implementación de esa medida solo depende de la decisión de un autócrata.

Ingenuidad porque se quedaron con el mito marxista según el cual la sociedad se puede entender como un espacio de eterno conflicto entre clases sociales. Creen que la desigualdad es la expresión de ese conflicto. No pueden entender que este fenómeno es inaceptable cuando es resultado de decisiones deliberadas de autoridades específicas, pero no cuando surge de la (inter)acción de (entre) individuos, caracterizada porque nadie es responsable por los resultados, sino que éstos son siempre inciertos, aleatorios y, por lo tanto, la máxima expresión de la justicia y de la democracia.

Son ingenuos porque creen que un dictador bienhablado, que se crece en los debates (como buen demagogo), representa a los que supuestamente pertenecen a la clase desposeída. Asumen que los cambios solo se pueden dar por la intervención directa de un gobernante. Se imaginan un mundo sin desigualdad, como si eso fuera no solo posible sino deseable. ¿Cómo puede ser atractivo, además de para ingenuos, un mundo en el que no importa qué haga usted ni cómo actúa ni qué decisiones tome si siempre sabe lo que va a obtener? Son ingenuos porque dicen defender la diversidad, pero en la realidad la desprecian al odiar los resultados desiguales en la sociedad.

Ingenuidad porque, sin saberse cómo, asumen que Gustavo Petro hizo una desastrosa alcaldía en Bogotá, pero por alguna razón metafísica, esta vez sí va a cumplir todo lo que prometen.

Son ingenuos porque les gusta que les prometan, así sean proyectos indeseables y peligrosos, y luego se preguntan por qué no les cumplen. Para evadir su responsabilidad prefieren creer en teorías de la conspiración: si su dictador en ciernes no llega al poder, ya andan diciendo que va a haber fraude; si no puede adelantar sus proyectos, dirán que es culpa del “establecimiento” y de los políticos tradicionales; si los implementa y comienzan las ineludibles consecuencias negativas, dirán que eso es culpa del “imperio estadounidense”, de la “elite empresarial”, de los “enemigos internos”, de las “corporaciones transnacionales” (nótese el dramatismo en la expresión), del “capitalismo transnacional”.  Así como han hecho todos los dictadores socialistas de países como Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia…

Precisamente, estos ejemplos son la expresión de la última fuente de ingenuidad: es incomprensible por qué consideran que el fracaso de estos modelos no será igual en el caso colombiano.

Son ingenuos porque creen que el desastre venezolano se debe al petróleo y no al modelo mismo. Se engañan al decir, sin mirar la evidencia, porque no la entienden o no la quieren entender, que Ecuador de Rafael Correa es un ejemplo de buenos resultados. No les cabe en la cabeza que una política pueda parecer ser positiva en el corto plazo, pero que se agota o que resulta siendo negativa en el largo. Admiran a Evo Morales porque se atornilló en el poder, a pesar de que el bienestar real haya mejorado solo marginalmente para los mismos indígenas. Como creen que se gobierna con retórica e ideas, dicen que la situación de Uruguay es resultado del “presidente más pobre del mundo” y no de las instituciones existentes, que ni ese presidente puede acabar.

El problema en este caso es que la ingenuidad no tiene efectos solo para los viven en ella. Por eso, vuelvo sobre el mismo tema, hablando del mismo personaje: ojalá con argumentos, algunos se den cuenta de los errores a los que la ingenuidad los lleva. Lo que sí es nuestra responsabilidad es evitar, por medio del avance de ideas, que la ingenuidad acabe lo poco que hemos logrado en Colombia. Ojalá.

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