Organizaciones internacionales: espacios de auto-complacencia

A pesar de esos efectos negativos, existe un sesgo en el funcionamiento de las organizaciones que impide la inclusión de los críticos

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Organizaciones internacionales: espacios de auto-complacencia (Twitter)

Una de las razones por la que las organizaciones burocráticas funcionan de manera deficiente ante el cumplimiento de sus funciones es el aislamiento en el que se mantienen,característica inherente a ellas. Por lo tanto, no puede ser cambiada con algunas reformas, mucho menos si éstas son cosméticas. Este hecho debería llevarnos a reconocer los límites que tienen las burocracias y no en creer que podemos alterarlas según lo que deseamos que fuesen.

La semana pasada en Colombia se nombró a Alejandro Ordóñez como embajador ante la Organización de Estados Americanos (OEA). Este nombramiento generó muchas críticas: por sus posiciones políticas, por su reconocido estatismo (tanto económico como en libertades individuales), por su falta de experiencia como diplomático – y por su desinterés por aprender – y hasta por escándalos del pasado que, como mínimo, generan una duda sobre su probidad. Seguramente, será un mal embajador…pero no es de futurología de lo que quiero hablar en este caso.

De todos los argumentos esgrimidos para criticar el nombramiento, tal vez el más débil – pero el que menos resistencia generó – es el que sostiene que cómo se le ocurrió al presidente nombrar ante la OEA a una persona que, en el pasado, criticó a la organización, así como a sus órganos del sistema regional de derechos humanos, la Comisión y la Corte interamericanas.

Este argumento refleja una visión ante la que, aunque no explícitamente, todos parecemos estar de acuerdo: un crítico de una organización no debe formar parte de ésta. Aceptamos como normal que los gobiernos excluyan a sus críticos y solo se compongan por los aliados, por ejemplo. Al fin y al cabo, ¿cómo gobernar con los enemigos?

El razonamiento es correcto, pero esta visión puede explicar el fenómeno del que hablé al principio de este escrito y que puede estar íntimamente relacionado con la inefectividad de las organizaciones burocráticas para el cumplimiento de sus objetivos. Esto, claramente es más grave, si se hace referencias a entes con funciones públicas (como las estatales) y globales/regionales (como las internacionales).

Si alguien es crítico debe ser excluido, pareciera ser la consigna.

No obstante, es claro que esta forma de ver las cosas tiene, por lo menos, dos implicaciones negativas para las organizaciones. De un lado, está el proceso de aprendizaje. Los individuos que componen las organizaciones solo pueden saber qué están haciendo algo mal, qué están haciendo mal y por qué lo están haciendo mal si tienen retroalimentación sobre sus acciones.

Es difícil esperar que ésta provenga de cualquier individuo o de procesos de evaluación que muchas veces son pagados por las mismas organizaciones. En este sentido, permitir que sean personas críticas de la organización, de su razón de ser, de cómo hace las cosas, de los objetivos que persigue o de lo que sea, puede ser una forma de recibir, de manera rápida y efectiva este tipo de retroalimentación.

Del otro, impedir la crítica al interior de las organizaciones no solo impide la retroalimentación, sino que genera distorsiones en la percepción de la realidad. Mientras que los resultados pueden no ser los mejores, las organizaciones pueden percibir que todo va de maravilla y que, cuando existen voces disonantes, éstas solo buscan sabotear y afectar la reputación.

A pesar de esos efectos negativos, existe un sesgo en el funcionamiento de las organizaciones que impide la inclusión de los críticos. No se escucha al que se critica; al contrario, éstas están creadas para premiar al convencido, al que no cuestiona. Y muchos individuos prefieren adoptar esa posición, no solo por convencimiento (como que sin Naciones Unidas no habría paz o que sin la OEA no habría…¿qué ha hecho la OEA?), sino por interés, comenzando por el de avance en la carrera profesional.

En el pasado, generó muchas críticas el nombramiento de John Bolton como representante de Estados Unidos ante la ONU. En lugar de verse como una oportunidad para entender sus fuertes críticas, se prefirió considerar el nombramiento como una afrenta de Estados Unidos ante la bondad y el virtuosismo, encarnado en la organización.

Con esta visión, no obstante, no solo se impide el avance, el aprendizaje y la corrección de acciones equivocadas, sino que este tipo de entidades se convierte en espacios de auto-complacencia. Todos consideran, no solo que son necesarios para el resto del mundo, sino que son intachables, generosos, informados y mejor capacitados que cualquier otro. Una crítica es solo un ataque, incomprensible, de quiénes no quieren el avance social ni el mejoramiento global.

Por esto, tal vez, muchos de los que llenan estas organizaciones prefieren impedir el cambio o la experimentación y solo avanzan ideas ya sea de ingeniería social, ya sea de estatismo puro y duro, a pesar de sus comprobados efectos negativos.

Con lo anterior no quiero decir que el nombramiento de un personaje tan negativo como Ordóñez sea oportunidad de nada. No obstante, la oposición a su nombramiento por no tener una opinión positiva de la OEA demuestra mucho de cómo concebimos el poder y hasta las relaciones interpersonales: la adulación está bien vista, mientras que la crítica es considerada una ofensa, un ataque directo y algo intolerable. Sin embargo, la mejora nunca proviene de las adulaciones.

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