Una intervención militar neogranadina en Venezuela debería limitarse a liberar el occidente del país

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Ejército colombiano
Lo que sucede en Venezuela es fundamental para la seguridad en Colombia. (Youtube)

Las advertencias que hacía el escritor venezolano Carlos Rangel sobre la mentalidad estatista de la mayoría de sus compatriotas, especialmente sus élites, y las consecuencias que de ella aparecerían siguen vigentes. Desde Colombia, valdría la pena que las estudiáramos a la hora de pensar el tema de una posible intervención militar en Venezuela tal como la que propone el economista de Harvard Ricardo Hausmann.

La primera reflexión debería apuntar a resolver la siguiente pregunta: ¿vamos a mandar a los soldados y oficiales colombianos a arriesgar sus vidas para que los Henry Ramos Allup venezolanos se hagan con el poder? Es muy fácil decir que se necesita una intervención militar para derrocar la dictadura de Maduro, pero el problema de defensa nacional para Colombia no termina en el derrocamiento, empieza precisamente en la transición. ¿Para qué, por qué y por quién arriesgarían sus vidas las tropas colombianas en una intervención militar en Venezuela?

Las operaciones militares claramente tienen costos y exigen sacrificios. Promover operaciones militares sin valorar esos costos, esos sacrificios y los potenciales beneficios de los involucrados es insuficiente. En este caso, ¿cuáles serían los costos de una intervención en Venezuela? ¿Quién tendría que pagarlos? Y, no menos importante, ¿por qué sería necesaria una intervención en primer lugar?

También es necesario tener claridad frente a lo que sucedería después de la intervención, porque es en ese escenario que se puede pensar del por qué y de las formas de pago. El respaldo geopolítico, incluidos los diferentes niveles de asesoría militar, que le han dado a los Castro países como Irán, China y Rusia para mantener la ocupación cubana en Venezuela han ido de la mano de la articulación de intereses económicos mientras dura dicha relación. Así que la pregunta de la intervención militar en Venezuela tiene que ir de la mano también de la pregunta sobre los intereses posteriores a la intervención por parte de los que intervendrían militarmente.

Es hora de que la opinión pública colombiana salga de la ingenuidad y de la comodidad referente a la previsión de los diferentes escenarios. De la ingenuidad al creer que la crisis en Venezuela la resolverán exclusivamente los venezolanos. Primero porque la crisis en Venezuela es un proceso de sustitución de soberanía, donde el Gobierno real es el cubano operando a través de un modelo virreinal con algunos actores locales y otros internacionales. Para decirlo claro, la cortina de hierro obedecía a Moscú porque así funciona el comunismo; en Caracas, manda La Habana. Por otro lado, ni en la oposición colaboracionista venezolana ni en el aparato militar corrupto no hay actores de real amenaza a ese régimen virreinal. Desde el punto de vista colombiano, la comodidad tiene que ver con la percepción de que el cambio de régimen será como una película hollywoodesca relatada por CNN, como si Venezuela quedara en otro continente o en otro planeta.

Lo que sucede en Venezuela es fundamental para la seguridad en Colombia; las autoridades pueden perseguir a ladrones venezolanos que delinquen en las calles colombianas, pero si aquí llegaron es porque un gobierno negligente ha permitido la impunidad con la banda criminal que tiene sede en Miraflores… al árbol por la raíz.

Es necesario que, en términos de defensa nacional, se piense con seriedad y profundidad la intervención “neogranadina”, es decir, que Colombia por sus intereses nacionales asuma el liderazgo militar del cambio de régimen en Venezuela: que repitamos lo de hace 200 años cuando para que la tiranía imperial española no volviera a nuestras tierras tocó batallar en aquellas. Para empezar, el objetivo militar de Colombia no debería ser el cambio de régimen ni el derrocamiento de Maduro, con todo y lo manipuladas que han sido las elecciones en Venezuela, despreciar que hay un respaldo popular en muchas regiones sería un error político que conduciría a desastres de seguridad a largo plazo.

En Colombia simplemente se tendría que reconocer que bajo el comunismo emergen dos territorios, Alemania Oriental y Alemania Occidental, Corea del Norte y Corea del Sur. El objetivo político-militar de una intervención neogranadina sería facilitar la liberación de Táchira, Mérida y Zulia de la opresión cubana y sus colaboradores, además de facilitar la creación de una Venezuela Occidental como un Estado aparte. Dependerá de los habitantes de esa Venezuela Occidental si asumen a largo plazo una política de reunificación, sus estrategias y procesos. Colombia debería siempre apoyar esa opción.

La creación de Venezuela Occidental se podría hacer de diversas maneras, pero el elemento base sería recuperar la confianza monetaria para facilitar la reconstrucción económica, y para eso el que se pueda pensar en un país con libertad de divisas facilitaría lo que hoy sucede con el uso del dólar, el bitcoin y el peso colombiano. La recuperación económica no solamente disminuiría la migración humanitaria, sino que, también, sería fuente de oportunidades de inversión y empleo en toda la región fronteriza, mitigando incluso los potenciales problemas de seguridad ocasionados por el colapso económico. Se puede pensar en modelos del tipo Charter Cities para atraer inversionistas internacionales que logren en Venezuela Occidental los “milagros” capitalistas que se dieron en Alemania Occidental y Corea del Sur.

 

Además de las razones económicas para apoyar el surgimiento de una Venezuela Occidental existe también una consideración importante para Colombia: el hecho de que en esa zona fronteriza viven muchísimos colombianos, algunos de ellos expulsados en el pasado y atropellados por la Guardia Nacional Bolivariana. En estricto sentido, la intervención militar neogranadina en Venezuela Occidental es también un asunto de defensa nacional, en tanto permite desarrollar precedentes sobre lo que implica para un Gobierno sobrepasarse con los connacionales. Por culpa del narcotráfico ya hemos tenido que padecer la estigmatización y la arbitrariedad, ¡basta!

Pero es claro que uno de los detonantes a corto plazo más importantes es la intensa presencia del ELN en esa zona fronteriza, que con complicidad del Gobierno cubano, que fue quien le dio origen, goza de un estatus de retaguardia en Venezuela que le permite mantener un conflicto de baja intensidad en el lado colombiano. El comienzo de la intervención neogranadina no será con helicópteros descendiendo en Miraflores o con bombardeos de Patriot en los aeropuertos militares de Venezuela; comienza con la intensificación persecutoria de los frentes guerrilleros en esa región. El apoyo cómplice al ELN es, con toda razón, justificación militar suficiente.

En cuanto al aspecto militar de esa intervención neogranadina que el próximo Gobierno colombiano, cualquiera que sea, debe asumir, es obvio que algún país con mayor capacidad aérea debería incluirse como aliado, y puede ser EE. UU. Pero Washington no es necesariamente el único aliado que puede brindar ese apoyo. Dado el entrenamiento militar de las fuerzas colombianas, la toma de instalaciones militares venezolanas no debería ser mayor problema, especialmente con el apoyo de los ciudadanos de esa región. No obstante, los desafíos estratégicos no provienen de lo específicamente castrense.

La mayor debilidad estratégica que tiene Colombia para asumir este reto es el nivel del gasto estatal; antes de preparar una intervención “neogranadina” para permitir la liberación parcial de Venezuela, el Estado colombiano debe pasar por un recorte extremo en sus finanzas, de tal forma que pueda afrontar los potenciales desafíos económicos que algo así exigiría. Sin recorte de gasto no se puede asumir ese costo; y es un costo que de manera proactiva y no reactiva debería ser asimilado.

Claramente, un tema geopolítico no menor es la activación de las alianzas que, desde Cuba, se integran para mantener la ocupación en Venezuela. Militarmente hay que prever la reacción de Nicaragua de cara a San Andrés y Providencia. Sin embargo, al ser una liberación parcial se pueden mitigar los temores de China y Rusia frente a las inversiones que tengan o los compromisos que con ellos se hayan adquirido. La situación de Irán es diferente, pero ahora justamente Irán empieza a sentir presión interna y externa; su respaldo debería ser más complejo de materializar por parte de La Habana. Además, los precios del petróleo y las sanciones no le ayudan.

En términos estratégicos no militares, la internacionalización de la economía colombiana es la mejor estrategia ofensiva que puede realizar Colombia para crear respaldo a una intervención neogranadina y el surgimiento de una Venezuela Occidental. Obviamente el intercambio comercial genera también mayores lazos geopolíticos con otros países y, por lo tanto, un apoyo diplomático más cercano. Adicionalmente, esa mayor internacionalización serviría en el contexto de la Alianza del Pacifico, por ejemplo, para incorporar a Venezuela Occidental en la misma clase de acuerdos que permiten el apoyo en inteligencia de mercados e integración de cadenas productivas entre los países que hacen parte de esta.

La mejor forma de crear en la zona fronteriza la prosperidad que se requiere para solucionar los problemas actuales y lograr un mayor potencial en el futuro, sin depender de las finanzas estatales colombianas o de otros países, pasa por acompañar la inserción de esa región a los mercados globales. Sin embargo, eso no puede suceder si la misma Colombia no ha sido lo suficientemente audaz y competente para posicionarse en ellos.

Los venezolanos que, como Hausmann, tienen un lugar predominante en la diáspora deben asumir que esta tarea también es de ellos. Solamente con una Colombia más globalizada es posible intervenir en Venezuela, así sea solamente para liberar por el momento la región occidental.

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