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Ni los hermanos Castro siguen creyendo en el comunismo

Por: José Azel - Sep 9, 2014, 8:58 am

English Historia de Cuba, libro de Murat Halstead publicado en 1896, comienza con una frase profética: “La historia de Cuba es una tragedia”.

Los hermanos Fidel y Raúl Castro gobiernan la isla de Cuba con puño de hierro desde 1959.
Los hermanos Fidel y Raúl Castro gobiernan la isla de Cuba con puño de hierro desde 1959. (Flickr)

Las tragedias clásicas a menudo tienen un momento crucial de revelación cuando un personaje hace un descubrimiento crítico; un cambio de la ignorancia al conocimiento. Aristóteles llamaba esos momentos, cuando se descubren las cosas como son, “anagnórisis”. Edipo, el héroe trágico de la mitología griega, tuvo su anagnórisis cuando supo que, ignorándolo, había matado a su padre y se había casado con su madre. Luke Skywalker tuvo la suya cuando se da cuenta que Darth Vader es su padre.

La anagnórisis pública de Fidel Castro salió a la superficie en el 2010, cuando respondiendo una pregunta del periodista Jeffrey Goldberg sobre hasta qué punto el modelo cubano tenía algún valor exportable, Castro respondió: “El modelo cubano ya no funciona ni para nosotros”.

Por su parte, Raúl Castro, dirigiéndose al Parlamento cubano en el “año 50 de la Revolución”, renegó de cinco décadas anteriores proclamando que “igualdad no es igualitarismo”, y añadiendo que el igualitarismo es una forma de explotación de los que trabajan duro, por parte de los perezosos.

En la tragedia que hoy es Cuba, está claro que la ilusión de ver al país comprometido en un trascendental e histórico empeño de construir una sociedad comunista, ya no constituye la identidad nacional. Los Castro y su nomenclatura gobernante carecen de una identidad socioeconómica cohesiva y parecen no tener una idea nacional de qué son, o a dónde desean ir. Su objetivo es, simplemente, permanecer en el poder.

Algunos regímenes totalitarios, como Cuba y antes la Unión Soviética, han dependido del marxismo-leninismo como ideología presumiblemente imbuida de un supremo concepto de la verdad para crear entornos herméticamente cerrados a la información externa. Esos regímenes, presentándose como expresión de la verdad absoluta, han dependido, para alcanzar sus objetivos políticos, del fanatismo disfrazado de ciencia social, repudiando las libertades personales.

En la Cuba de las primeras décadas de Fidel Castro la ideología comunista expresó un sentido de propósito que de alguna manera ofrecía contexto y sentido a vidas carentes de libertad.

Historia de Cuba
Historia de Cuba. (Amazon)

En esa Cuba no era la tradición, el éxito económico, o la grandeza científica, lo que actuaba como sostén de la identidad del país; eso lo hacía la creencia en una ideología que ofrecía sentido a la vida. La fe en un credo, y la severa represión, produjeron aquiescencia o resignación en la fórmula platónica de que “el silencio otorga consentimiento”. La lealtad política era tanto un asunto de temor como de fe ideológica.

En décadas recientes, el colapso de la Unión Soviética, los avances en las tecnologías de las comunicaciones, y otros factores, han conspirado para quebrar el aislamiento intelectual requerido para mantener la mística del marxismo-leninismo como la ineludible ciencia de la historia. La magnitud de la distopia comunista se ha hecho evidente.

En la Cuba de hoy la ideología que sirvió de identidad y cemento sociopolítico del país ha sido abandonada incluso por el Partido Comunista. Con el tiempo, el comunismo cubano ha producido profunda decepción tanto en la población como en la élite gobernante.

Además, los dogmas centrales de la ideología marxista, como la abolición de la propiedad privada y el igualitarismo, no se prestan fácilmente a la renovación doctrinal del régimen de Raúl Castro y sus ideas de “perfeccionar el socialismo”.

Como vimos con la desintegración de la Unión Soviética, la preservación de un Estado basado en la ideología deviene en muy poco convincente cuando la ideología se desacredita. El declinar de las convicciones ideológicas de la élite dominante disminuye a la vez su legitimidad gobernante y su voluntad política.

Nada de esto sugiere que la defunción de un régimen totalitario es inminente una vez que pierde su ideología. Otros resultados son posibles, pero al final los cubanos compartirán una anagnórisis y comprenderán que la cura de sus enfermedades no es externa sino interna. Demandarán un cambio de régimen y el reemplazo de la planificación centralizada y las reglas totalitarias por una economía de mercado y participación democrática.

Un futuro próspero requiere una identidad nacional basada en el Estado de derecho y no en un liderazgo ideológico mesiánico. Sólo entonces, con una nueva identidad enraizada en las libertades, vendrá una nueva era de cambios en la isla trágica.

Artículo publicado originalmente en El Nuevo Herald.

José Azel José Azel

Destacado académico en el Institute for Cuban and Cuban-American Studies de la Universidad de Miami. Azel sufrió el exilio político de Cuba a los 13 años, en 1961, y es autor de Mañana en Cuba. Sigue @JoseAzel.