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Raúl Castro y el Culto a la Carga

Por: José Azel - Abr 14, 2015, 1:43 pm
La Ley de Inversiones de Cuba no permite, en la práctica, la llegada de capitales extranjeros (KWContinente)
La Ley de Inversiones de Cuba no permite, en la práctica, la llegada de capitales extranjeros (KWContinente)

EnglishEn marzo del 2014, esperando atraer nuevas inversiones, Cuba adoptó una nueva ley de inversión extranjera calificada de “estratégica y trascendental”. Ahora —un año después— solamente una nueva inversión se ha reportado aprobada. La ley, parte de las reformas económicas del cacique Castro, se basa en la idea de que algo puede ser influenciado en base a su parecido con otra cosa —una ilusión que los científicos sociales llaman Culto a la Carga (cargo cult).

Un Culto a la Carga implica rituales que quienes los practican creen que conducirán a una apariencia de abundancia material (cargamento). Los cultos a la carga a menudo surgen y se desarrollan en condiciones de estrés social y generalmente suponen un liderazgo con un nuevo mito-sueño.

Los “cultos a la carga” en la Melanesia del Pacífico ofrecen los ejemplos más conocidos de la vida real. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nativos melanesios —muchos de los cuales nunca habían visto extranjeros—, veían las enormes cantidades de material de guerra, comida enlatada, ropa y otros bienes que eran lanzados desde el aire o llevados en avión para abastecer las bases militares de EE.UU.

Estaban estupefactos por los numerosos recursos de los que los americanos disfrutaban sin tener que fabricarlos por sí mismos. Los bienes simplemente llegaban en paracaídas y aviones que descendían del cielo. Ningún americano fue visto nunca fabricándolos. Esa percepción confirmó a los nativos la naturaleza metafísica de los bienes. Supieron que la abundancia que llegaba del cielo era conocida por los americanos como “carga”.

Cuando finalizó la guerra las bases militares fueron abandonadas, terminando entonces el milagroso y aparentemente espontáneo flujo de recursos desde el cielo. Para que la carga volviera, los nativos imitaban los rituales que utilizaban los militares americanos. Despejaron pistas de aterrizaje y levantaron torres de control con sogas y bambú, tallaron auriculares de madera, encendieron antorchas para iluminar las pistas, e incluso repetían las señales manuales cuando se paraban en la pista.

El destacado físico Richard Feynman popularizó el uso metafórico de “culto a la carga” para describir los intentos de recrear resultados exitosos repitiendo circunstancias asociadas a esos resultados cuando las circunstancias no tenían relación con las causas de los resultados o eran insuficientes para lograrlo.

En la caribeña isla de Cuba, utilizando imágenes relacionadas —imitando la magia empática, la hechicería, de los nativos melanesios— el cacique Raúl Castro espera atraer, con su versión de metafóricas pistas de aterrizaje y torres de control, bienes materiales que fluyan de las inversiones americanas. El general, simulando pésimamente algunas características aleatorias de un mercado libre, busca el aterrizaje de la carga americana. Fracasará igual que los nativos melanesios.

Los inversionistas se intrigarán con los cuentos cubanos, pero después de mirar de cerca rechazarán las pistas simuladas del cacique. En el papel, la nueva ley cubana de inversiones permite el 100% de propiedad extranjera de un proyecto. Pero eso nunca se ha permitido, y los inversionistas extranjeros han sido reducidos a accionistas minoritarios en sociedad con los militares cubanos como mayoritarios.

La ley también estipula que los activos de los inversionistas extranjeros pueden ser expropiados por razones de utilidad pública o valor social. Todo esto en un entorno de corrupción sistemática, donde no hay poder judicial independiente que falle a favor de cualquier reclamación de un inversionista extranjero.

La ley cubana de inversión extranjera también impone un proceso orwelliano para contratar trabajadores, violando protocolos internacionales de trabajo. Las compañías extranjeras no están autorizadas a reclutar sus propios empleados. En vez de eso, deben solicitar los trabajadores que necesiten a una agencia del Gobierno cubano que proporcionará los empleados y facturará a la compañía extranjera por el salario de los trabajadores, que se pagará a la agencia gubernamental en divisas convertibles. En ese “paraíso proletario” la agencia del Gobierno pagará a los trabajadores con pesos cubanos, reteniendo para el Estado aproximadamente el 92% del salario de cada uno.

Esta práctica explotadora es “esclavitud bajo otro nombre”, tomando el título del libro de Douglas A. Blackmon que recuenta el trabajo forzado de prisioneros negros, a través del sistema de alquiler de presos utilizado por Gobiernos estatales y granjeros blancos en el sur de Estados Unidos después de la Guerra de Secesión.

Ninguna compañía americana responsable —particularmente las que cotizan en Bolsa y son supervisadas por el Gobierno y los inversionistas— será persuadida de invertir en esas condiciones para servir a un relativamente pequeño y empobrecido mercado de once millones de personas con un ingreso promedio mensual de veinte dólares.

El cacique cubano puede creer que ha recreado las condiciones requeridas para atraer inversiones extranjeras con su muñeca vudú reproduciendo reformas económicas. Sin embargo, aunque la pinche, pellizque o apriete como quiera, la carga americana no llegará.

Publicado originalmente en Nuevo Herald.

José Azel José Azel

Destacado académico en el Institute for Cuban and Cuban-American Studies de la Universidad de Miami. Azel sufrió el exilio político de Cuba a los 13 años, en 1961, y es autor de Mañana en Cuba. Sigue @JoseAzel.