¿Por qué el mundo entero no está desarrollado económicamente?

Las tecnologías de producción moderna empleadas por los países ricos requieren trabajadores disciplinados y comprometidos, y esa disciplina y compromiso a menudo falta en los trabajadores de los países más pobres

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El Profesor Clark argumenta que la cultura es el determinante fundamental de la riqueza o pobreza de las naciones. (Archivo)

¿Algunas culturas son más conducentes al desarrollo que otras? Es la incómoda y políticamente incorrecta pregunta planteada por el economista Gregory Clark en su nuevo libro “Adiós a las limosnas”, subtitulado “Una breve historia económica del mundo”.

¿Por qué tenemos un mundo donde algunos países disfrutan riquezas sin precedentes mientras otros languidecen muy atrás?

Cuando yo estudié Economía Internacional en la década de 1960, las explicaciones ofrecidas para el desarrollo se enfocaban en geografía, clima, fertilidad del suelo, dotaciones de recursos, religión, ética laboral, ignorancia de principios económicos, y más.

El Profesor Clark argumenta provocativamente que la cultura es el determinante fundamental de la riqueza o pobreza de las naciones. Y pregunta: ¿Por qué la industrialización no ha hecho más rico al mundo entero?

En definitiva, las innovaciones tecnológicas, organizacionales y políticas propulsadas por la Revolución Industrial son bien conocidas en todas las sociedades y todas pueden utilizarlas. Entonces, ¿por qué todo el mundo no está económicamente desarrollado?

La tesis del Dr. Clark para este rompecabezas intelectual es que algunas sociedades “no pueden adoptar instantáneamente las instituciones y tecnologías de las economías más avanzadas porque todavía no se han adaptado culturalmente a las demandas del capitalismo productivo”.

Las tecnologías de producción moderna empleadas por los países ricos requieren trabajadores disciplinados y comprometidos, y esa disciplina y compromiso a menudo falta en los trabajadores de los países más pobres.

Dicho de manera diferente, mientras las tecnologías de producción pueden replicarse no es fácil replicar el entorno social que apoya la cooperación productiva y la innovación. Para muchos países pobres su entorno social constituye una trampa cultural de ineficiencia. Son capaces de replicar tecnologías de producción, pero no el ambiente social requerido para utilizarlas eficientemente.

Intercambio, comercio y negocios estimulan la innovación, y a la vez son estimulados por ella. Además, la aplicación de innovaciones puede ser obstaculizada por una cultura reluctante. Por ejemplo, en Europa medieval las demandas del comercio propulsaban la sustitución de los engorrosos números romanos con los arábigos.

Pero en esa misma Europa el Estado y las organizaciones religiosas, blindados ante las demandas del mercado, actuaban muy lentamente para adoptar esa innovación matemática. Los números arábigos eran ampliamente utilizados en los negocios desde el siglo trece, pero el Tesoro Inglés en el siglo dieciséis continuaba asentando sus cuentas en números romanos. El lector podría mostrarnos ejemplos actuales de pequeños empresarios llevando su contabilidad en papeles y libros.

En términos económicos, los países pobres se caracterizan principalmente por ineficiencia, tanto en producción como en innovación. Pero el problema no es de acceso a tecnologías; más bien, ha sido por utilizar las nuevas tecnologías inefectivamente.

Resulta que cuando los países pobres utilizan la misma tecnología productiva que los países ricos terminan utilizando mucha más fuerza laboral por unidad de resultados. Las investigaciones demuestran que los países pobres añaden tanto trabajo extra al proceso productivo que terminan perdiendo las ventajas inherentes a costos laborales reducidos.

Sin embargo, el problema puede no deberse solamente a falta de disciplina y compromiso en la fuerza laboral. Los países más pobres tienen menos capacidad gerencial. En tales sociedades, una suerte de letargo socialmente inducido parece generalizarse por todas partes con referencia al trabajo.

No está claro lo que fomenta las características culturales que posibilitan el crecimiento económico. Como señala el Dr. Clark, no hay una teoría que explique satisfactoriamente las causas subyacentes en las diferencias de productividad del trabajo entre sociedades.

Dicho esto, las interacciones sociales que rigen las actitudes de las personas hacia el trabajo y la cooperación son magnificadas por el sistema económico vigente.

Es evidente en las diferencias de productividad entre sociedades eficientes de libre mercado y economías ineficientes controladas por gobiernos, y entre pueblos que piensan libremente y aquellos donde las autoridades buscan implantar falaces dogmas sobre desarrollo económico.

Igualmente importante, esta tesis cultural desafía la idea de que las sociedades pobres pueden desarrollarse económicamente mediante intervención externa.

Entonces, corresponde a cada nación promover no solamente la aplicación de tecnologías modernas, sino la cultura capitalista de una población libre, cumplidora, disciplinada y comprometida. Solo entonces podremos aspirar a un mundo desarrollado.

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