¿Va mejor la vida?

El nivel de felicidad en un país se correlaciona con la libertad de decidir y el control que las personas tienen de sus propias vidas

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“La libertad y las otras cosas buenas de la vida van juntas” (DC)

De acuerdo a la Ley de Titulares de Betteridge, cualquier titular terminando con  signo de interrogación puede responderse con un “no”. La “ley”, llamada así por el periodista británico Ian Betteridge, pretende ser más humorística que verdad literal.

Con mi título “¿Va mejor la vida?” una respuesta negativa sería definitivamente errónea. Porque indudablemente va mejor. Este es el tema central del libro de Steven Pinker “Ilustración ahora”, y particularmente de su análisis de calidad de vida y felicidad en los capítulos 17 y 18, de los que tomo para esta columna. “Piénselo así: el americano promedio ahora se retira a la edad de 62. Hace cien años, el americano promedio moría a los 51”.

Eso demuestra que la vida es más larga; ¿pero va mejor? Considere una medida que los cientistas sociales utilizan para evaluar calidad de vida, el tiempo que debemos utilizar ganándonos la vida versus el que dedicamos a actividades de esparcimiento. La semana laboral de 60 horas, típica años atrás, es historia ahora y, mientras en 1929 los americanos gastaban más del 60 % de sus ingresos en necesidades, esa cifra es ahora el 33 %, Tenemos tiempo e ingreso para disfrutar más esparcimiento, ¿pero somos más felices?

Puede sorprender al lector saber que hay una rama de economía dedicada al estudio de la felicidad. En economía, los estudios de felicidad se definen como  “estudio cuantitativo y teórico de la felicidad, afectos positivos y negativos, bienestar, calidad de vida, satisfacción en la vida, y conceptos relacionados, típicamente combinando economía con otros campos como psicología, salud y sociología”.

Históricamente, los economistas han sostenido que, en un determinado país, personas con mayores ingresos eran más felices. Es decir, el bienestar era visto como función del ingreso. Extrapolando, medidas financieras nacionales como producto interno bruto (PIB) se consideraba que correlacionaban positivamente con la felicidad de una nación. Ciudadanos de naciones más ricas eran considerados más felices que aquellos de naciones más pobres.

Pero en 1974 el profesor de Economía Richard Easterlin reportó datos mostrando que la felicidad no se asociaba significativamente con el PIB per cápita entre naciones desarrolladas.  Su trabajo fue conocido como Paradoja de Easterlin: comparaciones dentro de un país mostraban que personas ricas eran más felices. Pero internacionalmente naciones más ricas no parecían más felices que naciones más pobres. La controversia de la Paradoja de Easterlin continúa hasta la actualidad.

Sin embargo, datos recientes más detallados parecen mostrar que Easterlin estaba equivocado. Personas en países más ricos eran en efecto más felices, y eran más felices cuando sus países enriquecían. Economistas de la felicidad esperan proveer percepciones que influencien la manera en que los gobiernos ven el bienestar de sus ciudadanos y la asignación nacional de recursos.

Naturalmente, hay más factores además de ingreso que influencian la felicidad. El Reporte de Felicidad Mundial 2016 identificó otras consideraciones de felicidad nacional, como apoyo social o de familiares y amigos con que se puede contar en tiempos de dificultades, nuestra generosidad, y nuestra percepción de la corrupción en nuestras comunidades. Globalmente, los datos muestran que mientras los países se hacen más ricos la vida se vive mejor por más y más personas.

Pero más importante, somos más felices cuando somos libres para decidir qué hacer con nuestras vidas. Como señala Pinker, teóricamente libertad y felicidad son independientes una de otra. Sin embargo, prácticamente, “la libertad y las otras cosas buenas de la vida van juntas”.

El nivel de felicidad en un país se correlaciona con la libertad de decidir y el control que las personas tienen de sus propias vidas. La libertad, como la buena salud, es un prerrequisito de una vida significativa. La incertidumbre sobre libertad aumenta nuestras ansiedades.

El Profesor Angus Deaton, Premio Nobel de Economía en 2015 por su trabajo sobre pobreza, bienestar y desarrollo económico, ha identificado también un “efecto de edad” en la felicidad. Cuando envejecemos tendemos a volvernos más felices. Aparentemente, con la edad, una vez superada la crisis de la madurez, resultamos más sabios y más capaces de colocar nuestras vidas en perspectiva.

Concuerdo. Y ciertamente que la vida va mejor mientras celebro el vigésimo aniversario de mis 50 cumpleaños.

 

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