Derechos económicos: una aldea Potemkin

La historia y la realidad enseñan que las sociedades que atesoran derechos políticos son también las sociedades que ofrecen las mejores posibilidades económicas y sociales para la ciudadanía

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Las escaleras de Potemkin. (Foto: Flickr)

En política y economía una aldea Potemkin significa una falsa construcción que se presenta para ocultar un desastroso estado real. Literal o figurativamente, es algo creado para engañar a las personas haciéndoles creer que una situación es mejor que lo que realmente es. El término se origina en cuentos de que el jefe militar ruso Grigory Potemkin, que había sido amante de la emperatriz Catalina II, construía falsas aldeas portátiles que se desarmaban tras pasar Catalina, para armarse nuevamente en el camino que ella seguiría bordeando el río Dniéper.

Abundan ejemplos modernos, por ejemplo, cuando a visitantes a países comunistas se les muestra solamente lo que los regímenes quieren que vean. En Corea del Norte, el poblado de Kijong-dong, también conocido como Villa Paz, es una aldea Potemkin propagandística diseñada para estimular deserciones hacia Corea del Norte desde Corea del Sur. Durante la Segunda Guerra Mundial Alemania nazi construyó un campo de concentración villa Potemkin que podría serle mostrado a la Cruz Roja (Theresienstast). Un elemento del infame escándalo Enron fue que la compañía mantenía un falso piso de operaciones bursátiles en su sede central para impresionar a analistas de Wall Street visitantes.

Etiquetando la idea de «derechos económicos» como una aldea Potemkin quiero mostrar que clasificar ciertas actividades como derechos económicos es una construcción falsa y peligrosa que disminuye nuestros derechos políticos.

Exploremos: los derechos pueden verse como libertades o como reclamaciones. Un derecho-libertad es la prerrogativa de hacer algo sin imponer ninguna obligación a alguien; por ejemplo, el derecho a la libre expresión. Los derechos-libertades no pueden ser violados por el Estado. En contraste, derechos-reclamaciones imponen una obligación a alguien más de hacer algo en beneficio del reclamante. Por ejemplo, si usted tiene derecho a recibir algún tipo de beneficio de bienestar social, eso requiere que alguien entregue una parte de sus ingresos para pagar por esos beneficios suyos.

Históricamente los derechos se veían como reclamaciones de individuos frente al Estado. Más recientemente, la noción de derechos se ha expandido para incluir beneficios demandados al Estado, como seguridad social y cuidados médicos. El problema es que esta definición ampliada de derechos socava nuestros derechos políticos básicos. Por encomiable que parezca la idea, los derechos económicos, como el derecho a la vivienda, o al trabajo, o a alimentos, son contrarios a la libertad, porque requieren intervención gubernamental.

Nótese que esos nuevos derechos económicos no están libres de interferencia estatal. Son lo opuesto: requieren interferencia estatal. Representan beneficios que solamente pueden ser otorgados por el Estado. Como explicó en 1993 el columnista Charles Krauthammer en The Washington Post: «Los derechos económicos no son reclamaciones del individuo frente al Estado. Son reclamaciones al Estado, demandas por cosas a garantizar por el Estado al individuo. Como tales, garantizan la dependencia del individuo al Estado para las necesidades de la vida, y consiguientemente son instrumentos para garantizar el poder del Estado sobre el individuo».

Por esta razón de control sobre el individuo es que los regímenes no democráticos promueven la idea de derechos económicos. Le dan justificación al gobierno para sacrificar derechos políticos en el altar de los derechos económicos. Así, China, Vietnam, Cuba y otros, deniegan la universalidad de los derechos políticos. Para esos regímenes, los derechos políticos deben subordinarse a los derechos económicos que el Estado promueve como su razón de ser.

El Estado no puede molestarse por esos restrictivos derechos políticos. Los regímenes no democráticos son una aldea Potemkin.

La historia y la realidad enseñan que las sociedades que atesoran derechos políticos son también las sociedades que ofrecen las mejores posibilidades económicas y sociales para la ciudadanía. Lamentablemente, algunas sociedades, o elementos sociales, embellecen a las organizaciones políticas que ofrecen asegurar el pan diario. Prefieren políticas que establecen objetivos de vida comunes, en vez de permitirnos enfrentar las pruebas, responsabilidades y riesgos de una vida libre. Esas sociedades rechazan la libertad que reconoce a cada individuo definir sus objetivos de vida. Engañan a las personas, haciéndoles creer que su situación es mejor que lo que realmente es, en su aldea Potemkin.

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