El modelo venezolano, ¿reflejo de un mal común de la región?

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El modelo venezolano de 1958-1998 no crearon riqueza, más bien la heredaron. (Aipop.org)
Los gobiernos socialdemócratas venezolanos de 1958-1998 no crearon riqueza, más bien la heredaron. (Aipop.org)

EnglishHoy en día en América Latina, y sobre todo en Venezuela, hay una moda de denunciar la corrupción y la “mala administración” del dinero público. Ese modelo venezolano si bien estos reclamos son justos y tienen algo de razón, estas críticas pasan por alto el elefante blanco que es necesario abordar para resolver este dilema: la corriente ideológica del socialismo y sus derivaciones del populismo y el socialismo del siglo XXI que han azotado la región durante largo tiempo.

En vez de enfrentar la verdadera causa del malestar que afecta la mayor parte de la región, muchos en la academia, la prensa popular, y los políticos recurren a discursos que tratan de echarle la culpa a la “corrupción” y la “mala administración” de recursos. Es lo que ha hecho el modelo venezolano y tienden a replicar los países vecinos.

El debate actual debería centrarse más en las políticas de libre mercado que respetan los derechos individuales en vez de las políticas intervencionistas.

Estas consignas equivocadas se desmentirán a continuación:

La mala administración

En cierto modo, el uso de la “mala administración” como explicación del estancamiento de los países latinoamericanos tiene sentido. Sin embargo, se basa en una premisa errada: que un Estado administrado por tecnócratas “listos” o seres iluminados puedan ser capaces de llevar a un país al desarrollo. Esa suposición implica que un gobierno tiene la capacidad de administrar recursos y crear riqueza de manera eficiente para un país.

Sin un libre mercado en el que los precios funcionan como señales de la asignación de recursos una economía no puede funcionar eficazmente.

En Venezuela se suele recurrir a la época socialdemócrata (1958-1998) como un modelo ejemplar de cómo funciona un “gobierno bien administrado” o de un “socialismo bueno”. Teniendo en cuenta, que esa época fue considerablemente más estable a lo que Venezuela está enfrentando hoy en día, los gérmenes de su propia destrucción se sembraron en ese período.

La estabilidad del modelo económico venezolano se estableció en los años 1930 hasta 1960 cuando el país mantuvo responsabilidad fiscal, apertura comercial, bajos impuestos y pocos controles de precios. Gracias al capital acumulado en dicha época, Venezuela pudo gozar de una estabilidad sin precedentes en su historia. El detalle clave es que los gobiernos socialdemócratas de 1958-1998 no crearon esa riqueza, más bien la heredaron.

Por desgracia, esos gobiernos despilfarraron esos ingresos en proyectos públicos y prestaciones sociales ineficientes. Para colmo, el Gobierno venezolano decidió nacionalizar la industria petrolera en 1975, lo cual creó un aparato estatal que ha sido una fuente poco efectiva y un recaudador de fondos para gobiernos populistas.Como resultado, de 1958 a 1998, Venezuela tuvo un crecimiento económico de apenas  -0.13 %. En el fondo, la población venezolana creció más que la riqueza que producía, por lo tanto, el país se empobreció durante ese período.

La corrupción

La corrupción galopante que caracteriza a América Latina es el resultado de políticas intervencionistas que aumentan el poder y el tamaño del Estado en la economía y la vida cotidiana de las personas. Sin embargo, muchos analistas y expertos creen equivocadamente que la corrupción es la causa del malestar de la región.

Es fácil hablar de la corrupción, que es meramente un síntoma de la verdadera enfermedad ­—un Estado sobredimensionado— sin proporcionar una alternativa que aborde el problema existente. En el caso de que ofrezcan una solución, estos suelen recurrir a un Estado dirigido por expertos o funcionarios iluminados.

El capitalismo de amigotes y la búsqueda de rentas a través de los privilegios otorgados por el Gobierno son los resultados nefastos de una administración que opera fuera de su papel legítimo en la sociedad.  Cuando un Estado sobrepasa sus limitaciones surgen incentivos para que empresas y otros elementos los utilicen con fines corruptos que jamás existirían en un Estado de Derecho.

En vez de crear comisiones o burocracias bizantinas para investigar la corrupción, basta con crear un estado de derecho que derogue leyes malas para que la igualdad ante la ley y la libre competencia de empresas florezcan en la sociedad.

El socialismo bueno

Por último, pero no menos importante, el socialismo bueno es aquel mito que ha perdurado por mucho tiempo y que ha recibido apoyo amplio en la región. El deseo de un socialismo bueno se basa en el supuesto de que un Estado benevolente puede llevar a un país a la prosperidad.

El socialismo bueno que muchos proponen, como bien señala el periodista Carlos Alberto Montaner, es nada más que un “socialismo vegetariano” que tarde o temprano se transforma en un socialismo malo, lo cual se ve en el régimen chavista que impera en Venezuela actualmente.

En su obra magna El socialismo, el ilustre economista Ludwig von Mises demostró la imposibilidad de esa doctrina debido a la carencia de un mecanismo de precios que pueda asignar recursos de forma eficiente. Sin un sistema de ganancias y pérdidas, el mercado no puede señalar que bienes y servicios deberían ser asignados. En un mercado libre, las ganancias y pérdidas tienen una función social que muestra si las empresas están haciendo bien su trabajo en satisfacer las necesidades de los consumidores.

[adrotate group=”8″]Por lo descrito, la socialdemocracia se ve tentadora por su respeto a los valores democráticos y su organización económica, la cual cuenta con algunos mecanismos de libre mercado. Dichos mecanismos permiten cierto grado de crecimiento y desarrollo económico. No obstante, la falla de este “socialismo bueno” reside en el intervencionismo que perdura en dicho sistema. Como un tumor canceroso, la social democracia se convierte en un socialismo carnívoro que termina devorando la economía y todo el sector productivo.

El mercado libre es un concepto integral, no se aplica a medias.

No hay que recurrir a sistemas fracasados que se centran en la coacción estatal y planificación central del Estado, tal como el mercantilismo o el socialismo, los cuales tienen un historial de llevar a los países a la miseria y subdesarrollo. Lo que Venezuela y el resto de la región necesitan son sistemas basados en un Estado de Derecho, en el que se protegen los derechos individuales, la propiedad privada, el libre comercio e igualdad ante la ley.

Si no se establece esta libertad económica, América Latina seguirá siendo la región del “mañana”, una región con mucho potencial pero con demasiados defectos que no permiten el progreso. Para lograr el desarrollo, primero hay que descartar estos mitos y cambiar el discurso económico y político.

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