Vestidos y alborotados

Ante la debilidad del gobierno de Guaidó, Estados Unidos recrudeció las sanciones contra la mafia de Maduro

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Juan Guaidó, presidente encargado de Venezuela. (Foto: EFE)

Empiezo a escribir y respiro. No quiero que la rabia salga por mis dedos y se estrelle en el teclado de forma infantil. Después de inhalar y exhalar un par de veces, lo decido. Lo diré. Lo diré y sufriré al decirlo: “Os lo dije”.

De verdad, lo digo con dolor. Me duele tener razón porque en el fondo imaginaba que ese aparente suicidio político podía tener algo distinto. Tal vez las sanciones de verdad ejercían una presión que en el pasado no existió.

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Me forcé a pensar eso para mantener una lánguida esperanza, aunque la razón me lo decía: «no te engañes, aquí va a pasar lo que ya sabes».

Después de haber ignorado todas las voces que desde Nueva York, Madrid o Altamira decían que este diálogo serviría solo para oxigenar al régimen, hoy el presidente encargado, su séquito y sus guías han presenciado cómo los humillaron una vez más.

Maduro decidió pararse antes que el gobierno interino de esa mesa noruega que solo sirvió para minar el capital político del hombre que encarnó la última esperanza seria de un pueblo desesperado.

El motivo: no puede aceptar las sanciones impuestas por Estados Unidos.

Hagamos un recuento, porque cuando esta columna se lea en 20 años será importante que se sepa lo que pasó.

Juan Guaidó dijo en enero que no habría diálogo con el régimen, pues sabía bien que esa era solo una táctica dilatoria por parte de unos criminales ilegítimos que querían seguir saqueando al país.

Ese talante firme enamoró al continente. Venezuela salió a la calle, el mundo se puso a su lado – cuando menos en la retórica –.

El 23 de febrero se materializó un novelesco intento para hacer pasar ayuda humanitaria desde Colombia, Curazao y Brasil a Venezuela. Fracasó. Con él, murió el plan A: la revolución democrática.

Se pasó al plan B: la cohabitación sin Maduro. Fracasó el 30 de abril, después de que los criminales con los que el gobierno interino decidió pactar la salida del dictador dieron un paso atrás.

Ello dio paso al plan C: la negociación. No importaba que ello enterrara la palabra empeñada en enero. El gobierno legítimo afirmaba que el «mecanismo de Oslo» (nombre técnico dado a la mesa de negociación propuesta por el Reino de Noruega) sería solo uno de los tableros en los que trabajaría. Mientras tanto, dilataban cualquier alternativa de fuerza.

Del 15 de mayo al 7 de agosto estuvieron negociando. La comunidad internacional asistía desconcertada al suicidio político de Juan Guaidó. Todos se preguntaban si sería posible lograr un acuerdo con quienes nunca han honrado su palabra en 20 años.

Ante la debilidad del gobierno de Guaidó, Estados Unidos recrudeció las sanciones. El embargo finalmente impuesto sobre los bienes venezolanos en territorio estadounidense y las sanciones personales a todos los vinculados al régimen, fueron la gota que derramó el vaso.

John Bolton, asesor de seguridad del presidente Trump, desestimó los esfuerzos de diálogo al considerar que carecían de seriedad.

Poco después salió Iván Duque a decir que ese camino no solamente era «inviable, sino que sería un pésimo precedente para la humanidad».

«Yo lo que creo es que esos espacios de diálogo en Barbados son simplemente una estrategia dilatoria del dictador, como lo han empleado en distintas ocasiones, para ganar tiempo y quitar presión sobre su conducta por parte de la comunidad internacional», afirmó.

El 7 de agosto ocurrió lo que faltaba: Maduro se levantó de la mesa.

Antes de terminar esta columna, vuelvo a respirar. Me siento orgulloso. Siento que, contrario a otras ocasiones, hoy no he sido tan visceral. No obstante, una gota de sarcasmo reclama contacto con el teclado.

Esta fue la triste historia de un bandido que dejó al gobierno interino como a la novia de rancho: vestida y alborotada.

Lo peor de todo es que esto no se ha acabado. Seguramente volverán.

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