Guaidó: legítimo, pero nunca transparente

Juan Guaidó ha salido a dar la cara. A veces con mayor o menor tino, pero siempre aconsejado por un deficiente equipo comunicativo

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Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela. (Foto: Twitter Juan Guaidó)

Cuando Juan Guaidó cruzó la frontera el 22 de febrero pensó que se dirigía al capítulo final de su gesta libertadora. Así lo pensamos todos. En medio de la euforia, ese gobierno interino no fue capaz de prever que al día siguiente fracasaría su estrategia de bluff  internacional y camiones con comida. Nunca creyeron necesitar un plan B y por eso cuando se requirió una alternativa, no la hubo.

La esperanza estaba en niveles tan altos que resultaba difícil imaginar que los militares permanecerían leales al régimen. Nadie intuyó que dos funcionarios harían un manejo irregular del dinero enviado para ayudar a los soldados que se animaron a cruzar aquellos puentes y trochas después de servir sanguinariamente a una tiranía.

Mi intuición dice que en aquellos días se procedió a partir de una premisa entusiasta: «lo que pase entre el 23 de enero y el 23 de febrero no requiere una estructura institucional real o mecanismos de transparencia. Liberaremos a Venezuela y después nadie hará preguntas. Nadie podrá reclamar nada tras la victoria».

¡Oh, sorpresa! Fracasaron.

Uno pensaría que tras el hundimiento de una lógica tan pobre se aprendería la lección, sin embargo, esa misma premisa reinó durante las negociaciones para el alzamiento militar del 30 de abril. «Pactemos. Cuando hayamos ganado, nadie dirá nada».

¡Oh, sorpresa! Fracasaron.

La siguiente jugada fue magistral. Un ejemplo de estulticia que quedará para los anales de la historia: negociar después de nueve diálogos previos que no llegaron a nada. Dieron todo por esa mesa. Todo lo que apostaron lo perdieron.

¡Oh, sorpresa! Fracasaron.

Guaidó ha salido a dar la cara. A veces con mayor o menor tino, pero siempre aconsejado por un deficiente equipo comunicativo y un jefe de prensa (Edward Rodríguez) que intenta preservarlo de periodistas críticos sin darse cuenta de que le hace un daño mayúsculo con cada entrevista complaciente que le agenda.

No sé si el presidente sabe que he pedido una entrevista con él en cinco ocasiones y que en esas cinco me ha sido negada. Desconozco si es una decisión de su equipo o una directriz suya. Cualquiera que sea, resulta decepcionante.

Tras los escándalos de Cúcuta, Juan Guaidó hizo una promesa que quedó en el olvido: el nombramiento de un contralor anticorrupción.

Durante semanas se escudaron en el argumento de que el dinero presuntamente malversado no era de las arcas estatales, ignorando así el Artículo 5 de la Reforma a la Ley Contra la Corrupción de 2014, donde se especifica que «todo recurso asignado a un funcionario adscrito a un órgano o entidad pública, para el desempeño de una función de interés para la nación, es dinero público que debe ser sometido a registro, verificación, evaluación y seguridad en las operaciones» (Transparencia Internacional, 2019). Pero esto en el gobierno interino parece no importar, pues se han vuelto expertos en interpretar las leyes a conveniencia.

Viene a mi mente ese curioso episodio en el que la Asamblea Nacional decidió nombrar un Tribunal Supremo de Justicia en el Exilio que ha sido ignorado magistralmente después de que éste propusiera investigar a Henrique Capriles por sus presuntos vínculos con Odebrecht. Las leyes se ejercen a conveniencia.

En la Asamblea Nacional se han articulado esfuerzos y comisiones para preparar un proceso electoral una vez que cese la usurpación, pero nueve meses han pasado sin que nadie haya movido un dedo para fomentar ese principio que habría podido distinguir a este gobierno interino de la tiranía narco-chavista: la transparencia.

Nadie ha tenido posibilidad de revisar las cuentas de los viajes de Carlos Vecchio, Julio Borges y sus equipos. La procedencia de los fondos es un misterio.

Si yo pregunto, nadie contesta. Si Orlando Avendaño investiga, todos se enfadan. Nadie puede siquiera desear transparencia en esta estructura pluripartidista que hoy llamamos gobierno. Nadie puede anhelar que esos sujetos promotores de esperanza libren sus batallas con cuentas claras y alianzas justas.

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