El curioso caso del presidente irrelevante

La administración de Carlos Alvarado va encaminada hacia un mediocre fracaso y un rotundo olvido

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Carlos Alvarado, presidente de Costa Rica. (Foto: redes Carlos Alvarado)

Hoy quiero escribir sobre el curioso caso de nuestro presidente irrelevante. Ese torpe mandatario que crea una «unidad para análisis de datos» con el fin de recabar información confidencial de los costarricenses y cuando lo descubren corre a derogar su misterioso decreto.

Carlos Alvarado Quesada – hoy investigado por la Fiscalía General de la República — es producto de una coyuntura clara: el pobre y – en muchos casos – corrupto manejo del país por parte de Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana. El hastío por los partidos tradicionales hizo que la ciudadanía volviera su mirada a la que parecía ser una opción buena que todavía podía ser explorada.

El Partido Acción Ciudadana fue lo más parecido a un salvavidas para quienes se oponían a la idea de prorrogar el bipartidismo en la presidencia de la república. Nadie pensó que el remedio podía resultar igual o peor que la enfermedad.

Luis Guillermo Solís fue el peor presidente en lo que llevamos de siglo. Muy a su pesar, será recordado como el presidente del “cementazo” (un emblemático caso de corrupción que envolvió a los tres poderes de la república en un guiso multimillonario).

Para el momento de los comicios era claro que el PAC no merecía la reelección, pero el asco por los antiguos partidos hizo que en segunda vuelta resultara inevitable que el inexperto Carlos Alvarado llegara a la Casa presidencial.

Todo empezó bien – como de costumbre –. El presidente logró que el plan fiscal fuese aprobado, pidiendo más impuestos a los ciudadanos y comprometiéndose a reducir el gasto público con el fin de acabar con el déficit fiscal que su predecesor (y exjefe) agudizó.

Obviamente la segunda parte del compromiso la olvidó, y hace apenas unos días se quejaba ante las cámaras por la percepción existente de que ha resultado un presidente “Gastón”. El mandatario insiste en que recibió un país hipotecado y le echa la culpa a quienes ocasionaron el crecimiento del Estado a los niveles actuales.

En otras palabras: “yo no puedo arreglar lo que yo no hice”.

 

 

A pesar de que mi trabajo periodístico me hace encargarme de temas distintos a la política de mi país, cada vez que veo una noticia sobre Carlos Alvarado me detengo a pensar cómo es que un político tan mediocre pudo llegar a la presidencia.

Alvarado ha sido un presidente blandengue cuando se trata de aplicar con firmeza su emblemático Plan Fiscal. La Caja Costarricense del Seguro Social y la Junta de Protección Social intentaron bailárselo para evadir las medidas que en teoría debían aplicar para todos por igual, sin que el presidente tuviese la firmeza para hacer cumplir la nueva norma de inmediato.

El desempleo en Costa Rica es alarmante. El crecimiento económico corresponde a lo que llamaríamos “una minucia” y el déficit fiscal que prometieron recortar sigue siendo mayor al esperado.

Las reformas a la Ley de empleo público, que debían regular los regímenes salariales existentes y sus escandalosos beneficios, fueron desplazadas para hacernos pensar que el propósito de vida de Costa Rica como nación es la descarbonización.

En política exterior hemos tenido tropiezos tan significativos como la objeción interpuesta por sus representantes ante el pleno de los países del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), con la que Alvarado buscaba descartar cualquier uso de fuerza para acabar con las mafias que gobiernan en Venezuela. La incoherencia histórica fue rampante si consideramos que Costa Rica abolió su ejército justamente porque confió en que el TIAR la protegería si se enfrentaba a una amenaza como la que hoy padecen los venezolanos.

Alvarado abogaba por opciones democráticas en un conflicto de índole criminal, donde un conglomerado de mafiosos se aferra al poder hasta las últimas consecuencias. Son esas las posturas internacionales que terminan favoreciendo a Nicolás Maduro e impidiendo acciones efectivas para lograr su salida.

Hoy, ante los señalamientos por su atípica movida de crear la Unidad para análisis de datos en total silencio, el presidente ha tenido que pedir disculpas. Este caso denota más torpeza que otra cosa.

Yo no creo que Carlos Alvarado deba renunciar por este traspié. Por el contrario, considero que tiene una oportunidad para rectificar y esforzarse por culminar un mandato que a la fecha lo haría quedar como el presidente más irrelevante de nuestra historia.

La administración de Carlos Alvarado va encaminada hacia un mediocre fracaso y un rotundo olvido. Este tropiezo es una llamada de atención para que este presidente de juguete rectifique en todas las áreas y cumpla con la palabra empeñada.

Ya está bueno de excusas y quejas mediáticas. Póngase serio, presidente.

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